Andrés Canedo/ Bolivia.
Le había prometido todo: ajuares, ropaje elegante, riqueza, casa esplendorosa, la mejor comida, una vida de reina, su amor todo, y hasta el cielo y las estrellas, el universo entero. Logró convencerla y ella, Juana, “malva negra” como la llamaban, por ser bella, pero sombría y feroz, le dijo que sí, así nomás, aunque él no era un hombre lindo, pero tenía pinta de macho. Ella, en cambio, era una mujer de hermosura callada como la noche. Se montó al caballo junto con él, delante de él, y se le adhirió como una sanguijuela. Se unieron como dos soldaditos de plomo, que por obra del calor, se funden y quedan pegados en uno solo. Al anochecer se detuvieron para descansar, y allí, al lado del arroyo, se hicieron el amor con verdadera hambre, como la de todo el pueblo de la nación que de hambre sabía desde hacía mucho tiempo. Ella, potranca de luz oscura; él relámpago de aire. En ese fantástico acoplamiento, él entendió que se había ganado la hembra más prodigiosa de la tierra; ella reconfirmó que su hombre, esta vez sí, era un macho de verdad.
Al llegar a la casa del hombre, ella comprobó que se trataba de un rancho más bien pobre, que la comida, el rancho sería mejor decir, era mala y deficiente, preparada por la madre del hombre, una vieja vigilante pero silenciosa; que la ropa era envejecida y pobretona, pues se trataba de lo que había quedado de la anterior mujer que murió; que faltaban ajuares por todos lados. Ella no dijo nada, aunque un atisbo de ira apareció en su espíritu, pero que lo sofocó, con el remanente ardor de su cuerpo debido a la pasión de la noche anterior, renovada sobre la ancha cama del cuarto matrimonial, apenas llegaron. Riqueza no había, más que unas cuantas vacas y cabras, esparcidas en el terreno escaso; el cielo y las estrellas eran los que veía desde la ventana en las pocas noches luminosas. Ese era el tratamiento de reina que le había ofrecido y las esperanzas de mejorar, se reducían a los pocos frutos del “cuatreraje” que su hombre ejercía en los pobres ranchos vecinos, con una banda de maleantes que lo acompañaban. Eso lo entendió al cabo de dos meses, de ir acumulando rabia, que ya, ni las cada vez más esporádicas sesiones de sexo que su hombre le brindaba, lograban aplacar en su cuerpo y su alma, el odio que se acumulaba. Podía haber aceptado, meditó, las ofertas de Maximiliano, o de Francisco, que ofrecían menos, pero posiblemente, con más honestidad. Sin embargo, no lo hizo, se dejó seducir por las palabras desaforadas del hombre. Ella no revelaba su resentimiento, se mantenía callada y aparentemente sumisa. Ella, piano de teclas muertas, pero con las cuerdas bien tensas, listas a ser pulsadas.
A los seis meses, la madre de él había muerto, y ella hermosa y en apariencia mansa, entendió que había llegado la hora de practicar la venganza. Lo que la decidió fue que él, en una noche de mal humor y de tragos, le dio un puñetazo en la cara y le dejó toda esa zona amoratada e hinchada por más de una semana. Siempre había sido mujer libre, no mansa. Entonces, pensó: ”Fui muy estúpida porque primero vi las cosas como desearía que fueran y vi también cosas que no existían. Ahora veo la realidad, las cosas como son, y eso es insoportable. Ya la pagarás, hijo de puta”. Esas palabras resonaron en su alma, pero evitó que nada revelara ese sentir profundo. Es que pensaba, que en su abandono, en su falta de reacción del último tiempo, había extraviado fragmentos de su alma. El hombre, para intentar borrar su mal, esa misma noche la había cogido en supuesta sesión de prodigio. Ella gimió, gritó, de verdad, aunque ese fue un mecanismo que alimentó su ira. Esa noche, entre jirones de luz, soñó que era un ave aprisionada que de pronto se lanzaba a la libertad.
A los pocos días él volvió de una faena de robo de ganado y desde los ojos le indicó que quería una sesión de coito duro, de acoplamiento feroz como los que solía brindarle. Ella lo esperó desnuda en la cama, bella y con el cuerpo blanqueado por la luz de la luna que entraba por la ventana. Era un vendaval de fuego aplacado, pero listo para desencadenarse en cualquier instante. Él se acercó y ella le agarró el pene con la mano izquierda, mientras que, velozmente, con la derecha armada de un cuchillo de cocina, le cercenó los testículos con un solo tajo, preciso. Él, se quedó un instante paralizado de asombro y dolor. En ese breve tiempo, ella le clavó dos veces el puñal en el vientre, y en el corazón, mientras le gritaba: “¡Tomá, hijo de puta!” y la sangre brotada de las heridas, la alcanzó. Ella se levantó. Se sintió súbitamente liberada. Sabía que lo realizado, de verdad, significaba el esfuerzo por reencontrar el lugar donde habitaban los pedazos de su alma extraviada. Se limpió la sangre, se vistió sin prisa, ensilló el caballo y partió, pensando, sin esperanzas, en Maximiliano y en Francisco, y se perdió por los rumbos inciertos de la noche.