La muerte como una lotería

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¿Ustedes no han pensado en estos meses en la muerte como una “lotería”? ¿Por qué se van los que se van? Así, además, de la forma inesperada como se están yendo, sin darnos tiempo siquiera para prepararnos. Es tiempo de elecciones, pero también de Covid-19 y, según nos lo recuerda Camus, nada más importante que la vida —y su contraparte— a partir del problema filosófico esencial: el de la existencia.

Yo sé que muchos de ustedes también han experimentado esa sensación de escalofrío en el cuerpo al “ver” la muerte en Facebook. La nueva normalidad, los obituarios estampados en metros y metros lineales de muros de los lamentos, de dolorosos recuerdos y cadenas diarias de oraciones y pésames. Nunca antes se habían escrito tantos homenajes póstumos.

Al fin de los finales me lo imagino como un secreto que se guarda entre la persona individual y —llamémosle— Dios. La religión lo denomina misterio. Un misterio que se revela, según fantaseo yo, un momento antes y solo al directo interesado.

Todos los que hemos perdido a alguien muy querido comprendemos, después de un tiempo de luto siempre amargo, que la muerte termina siendo una palabra inútil porque el ser profundamente amado no se aleja nunca de nuestro lado. Su ausencia física se transforma en una presencia que sentimos como un abrazo cálido de veinticuatro horas.

Pero antes de que se haga esa magia, cuesta los peores pensamientos aceptar los designios de —llamémosle— Dios. Hoy, tengo la turbadora impresión de que su develamiento se está adelantando, de que esto que de ser real debería por lo menos inquietarnos a todos, misteriosamente también, forma parte de la nueva normalidad.

Aunque no nos guste, desde hace un año que la nueva normalidad de la vida es la muerte. Todo un problema porque la muerte es un tema tabú: se la esconde, nadie quiere hablar de ella. Quizá porque asusta, quizá por superstición, hablamos poco y nada de ella; finalmente, hay tanto en qué distraer la mente…

Quizá también por eso el coronavirus nos agarró mal parados: con la piel erizándos por los necrológicos en Facebook (nótese el contraste de la frivolidad de esta red social frente al cuestionamiento interno sobre las últimas maneras, incluso ridículas, de la cesación del ser) pareciéramos estar hechos/preparados para la vida, mas no para (aceptar) la muerte (así).

Es probable que jamás nos hayamos sentido tan finitos, tan indefensos como ahora.

La vida —nuestra vida— últimamente está empeñada en volverse una carga cada vez más difícil de sobrellevar. En ciertos casos —¡cuánta pena!— es solo eso que se debe soportar. (A los optimistas no les gustará leer que la vida resulta a veces suficiente después de unos años —el peso de la vida, la vida pesa —;y a los apocalípticos pesimistas de nuevo cuño, reconocer que ahora se nota mucho pero la vida pesaba ya antes del Covid-19, no por nada el psicoanálisis influyó como lo hizo en millones de deprimidos en las últimas décadas).

Quién sabe a la humanidad le quepa este tormento por haber tensado la cuerda de la vida y ahora esté pagando su soberbia como Sísifo, el osado retador de la muerte, con el impenitente castigo de empujar la roca, cuesta arriba, en la montaña.

Sí, a poco de otras elecciones corre por dentro de cada uno un tiempo realmente trascendental y que consiste no en el dilema de tener que escoger por quién votar, sino en sufrir la muerte ajena —incluso sintiéndola  pavorosamente cerca— por causa de una pandemia. Luego, tal vez en especularpor qué se van los que se van.

¿Y si la muerte fuese una lotería? A cualquiera le podría toca. Llámele usted Dios, destino o casualidad, yo siento como si de un tiempo a esta parte nos vinieran obligando a comprar más billetes, a jugar impulsivamente este absurdo juego de apuestas a todo o nada, pleno a la vacuna salvadora, mientras no deja de chasquear en la oreja el antipático bolillero, gira que gira, gira que gira, sin parar un solo día.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.