Blog Post

News > Etcétera > La matanza

La matanza

Márcia Batista Ramos

El invierno parecía que llegaría temprano aquel año. Las piedras de las casas parecían sudar por tanta humedad y los tejados goteaban un frío espeso, casi metálico. Dentro del patio, la familia se reunió para la matanza del cerdo. Era una costumbre antigua, heredada de los abuelos y de los abuelos de los abuelos, repetido antes de cada invierno, como quien reza una plegaria.

El animal, bien cebado en verano y otoño, parecía que presentía su destino. Sus ojos, grandes y oscuros, reflejaban la incomodidad de la espera. Los hombres lo sujetaron con firmeza, y las mujeres, desde la puerta de la cocina, se cubrieron el rostro con los delantales. Nadie lloraba: sabían que la carne significaba sobrevivencia, aprovechaban todo, hasta la sangre.  Era la garantía de otro año de vida.

El cuchillo entró rápido. La sangre corrió hacia el cuenco de barro, todavía humeante, lo poco que salpicó el patio tiñó de rojo las piedras. El aire se llenó de un olor denso, inconfundible: hierro, miedo y calor mezclados en un mismo respiro. Nadie hablaba; solo se escuchaban los chillidos del cerdo que se apagaba, mientras el viento gemía entre las tejas.

Cuando el silencio llegó, comenzó el trabajo. La carne fue cortada con manos duras y precisas. La grasa derretida se guardaba en vasijas, las tripas se lavaban en el arroyo helado, las costillas se separaban con destreza. Las mujeres, curtidas en paciencia, comenzaron a preparar los chorizos. Sus dedos conocían un idioma antiguo: mezclar la carne picada con sal, pimienta, ajo; rellenar, amarrar y colgar.

La cocina se volvió un escenario de humo y movimiento. Sobre la mesa, las manos amasaban pan, los niños correteaban a medio entender lo que pasaba, y el fuego del hogar crepitaba. Un olor fuerte a especias y a sangre fresca se mezclaba en el aire.

La matanza, además de ser un acto de carne, también era una forma de recordar que la vida se construye sobre sacrificios. Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabía que aquel cerdo no era solo un animal, era la esperanza del futuro.

Los vecinos se acercaron. En un pueblo, ningún rito se vive en soledad. Trajeron panes, odres de vino joven, quesos, hierbas, historias para intercambiar junto a la carne. El patio pequeño y empedrado, se convirtió en una feria improvisada.

Los chorizos, colgados en ristras, parecían collares. En la hoguera se asaba trozos de carne, mientras los hombres reían con los bigotes cubiertos de humo y vino. Las mujeres en grupos, conversaban compartiendo recetas, chismes y secretos domésticos. Los niños jugaban entre los mayores, aprendiendo sin percatarse, sobre la importancia del ciclo eterno de la vida.

El sacerdote llegó con su capa desgastada, bendijo el alimento y recordó que, en toda abundancia, se debía dar gracias a Dios. Su voz grave, creó un silencio solemne. Por un momento, la escena entera parecía congelada: las cabezas inclinadas, el humo ascendiendo, el gesto serio del cura, los ojos atentos de los niños. Una imagen que, si existiera la fotografía, sería grabada para siempre en tonos de sepia.

Después, la música rompió el recogimiento. Un juglar con su laúd improvisó versos sobre el invierno y la fertilidad de la primavera, sobre los amores que se ocultan en las sombras y los milagros que, a veces, se esperan en vano. Las notas se mezclaban con el crepitar de la leña y con el viento helado.

El trueque comenzó sin prisa. Un trozo de embutido por un talego de trigo; una piel curtida a cambio de especias. Cada intercambio reforzaba la certeza de que la vida era posible gracias a la unión. El mercado improvisado olía a humo, vino agrio, pan recio, queso fuerte y a humanidad.

El invierno fue largo. La familia sobrevivió gracias a lo que colgaba en el techo: chorizos secos, jamones salados, tarros de grasa, hogazas que se endurecían lentamente. La nieve cubrió el campo y apenas se podía salir. En las noches, alrededor del fuego, contaban historias. Había cuentos de aparecidos en los caminos, de santos que obraban milagros, de lobos que merodeaban cerca de las casas.

El humo ennegrecía las vigas de la cocina. El olor a leña impregnaba la ropa, la piel, los sueños. A veces, alguien recordaba los veranos pasados: los trigales dorados, las fiestas patronales con danzas y cintas de colores, el sabor de la miel recién sacada de los panales. Eran recuerdos que daban calor, como brasas que se guardan en el corazón.

Así pasaban los días, entre la esperanza y el conformismo, entre la certeza de que el invierno se iría y la resignación de soportar lo que no se puede cambiar. Cada generación había vivido lo mismo: matar, conservar, resistir, esperar. Era el ciclo inmutable de la vida, la música callada de la supervivencia.

Hoy, siglos después, si uno recorre aquellos pueblos de piedra, todavía puede oler la memoria. El humo en las chimeneas, el pan en los hornos, la sangre que manchó la nieve en inviernos olvidados. La historia humana se repite con otros nombres, otros ropajes, pero con la misma necesidad: vivir, aun a costa de la sangre, y en medio de todo, a alimentar la esperanza y a resistir.

Mientras haya manos que amasen el pan, hogueras que enciendan el frío, se repita el rito de la matanza, habrá voces que cuenten historias y así, se alimentará también el infinito.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights