Maurizio Bagatin

“El indio es aquel que habla como indio, que viste como indio” -Juan Rulfo-

La gran novela indígena que le falta a Bolivia tal vez la encontraremos en una realidad alterna…

¿Por qué no existe la gran novela indígena en la literatura boliviana? Daniel Averanga Montiel sigue preguntándoselo, la sigue buscando entre lecturas y lecturas que muchas veces no son narrativas, la va husmeando entre textos y textos que podrían inspirarla. ¡Caza la suya! Y si aún no la encontró ¿Será porque no hay el coraje para enfrentar la realidad, sacudir la Historia y obnubilarse? ¿Será que la literatura tiene un precio que pagar? Una condena histórica y moral para ese mundo, y para sí mismo el dolor de tener que describirlo. El arte lo exige, la belleza lo desea, la verdad lo nutre. Amar tanto a Manuel Scorza y encontrar el vacío, adorar a José María Arguedas y sentir el desierto, cuando con ellos lo fantástico y lo mágico se introdujeron con una minuciosa operación en lo real. Tradujeron un mundo.

Sus lecturas seguirán siendo Warisata de Elizardo Perez …una novela sin ser novela… El Jesús Lara de Yanakuna y Chajma, Altiplano de Raúl Botelho Gosálvez, los que logren ir más allá de Ciro Alegría, de Alcides Arguedas, de Jorge Icaza y de otros más, viendo el potencial que tienen Quya Reyna e Iván Apaza, sigue la búsqueda, la que no encuentre solamente una nación clandestina o la eterna cruz de aldea, el buen salvaje o un Sartre que escriba por los subalternos… sino también las manos de las mujeres: las llenas de callos de las mujeres quechuas, siempre sembrando y cosechando, levantando wawas, y las manos lisas de mujeres aymaras que van deslizando entre sus dedos fuertes billetes y otros billetes… el indio que no será Candelario José para volverse Candelario Lepe, dejando de ser indio.

¿Cuál será la novela indígena que tanto aspira ver escrita Daniel? ¿De dónde debería iniciar la gran novela indígena, donde inspirarse, donde respirar?

“El mundo mágico de los indígenas es incompatible con el mundo racionalista de los blancos y, por mucho que en los mestizos puedan encontrarse transferencia de ese mundo mítico, solo la mentalidad indígena es susceptible de una visión compleja en la que el sobrenatural pueda considerarse natural” -José Carlos González Boixo.

¿Cuándo el auténtico subalterno escribirá esta novela, con el lenguaje del momento histórico, fijando la época que desea describir? Más allá del realismo, del costumbrismo y de todos los ismos. Una novela que, nos dirá el escritor, logre rehacer la gente. El profundo mestizaje que, aunque lentamente, han ido proponiendo varios autores, el cambio de una sociedad colonial a republicana, hoy los nuevos mecanismos que el posmodernismo han permitido desvelarnos, una contemporaneidad dominada por el orden del caos, no una sola Bolivia, tantas Bolivias en un territorio devorado por angurrias de poder, por el eterno llegar tarde a todas la citas de la Historia. Olvidando, quizás, los “3 días de fuego y 50 años de humo” de la revolución de 1952, haciendo tabula rasa de toda contaminación; y sobre todo recordándonos que cholo, indígena, e incluso la raza, son conceptos que provienen de la lógica colonial de diferenciación. ¿Olvidar Zavaleta y Franz Tamayo y acordarse de Thajmara? Retomar al Juan de la Rosa y las voces de la choledad, reforzarse con las Claudinas y los narradores que son de otra clase social, el indígena urbano, el aparapita tan amado y estudiado, mitificado, el olvidado y toda esta sangre mestiza que aún no se reconoce.

Ir destilando los khipus y separar cabeza y cola, conservando solamente el corazón.

Nos sigue faltando la voz de los sin voz, de ahí la letra ausente.

Imagen: Cecilio Guzmán de Rojas, El mendigo