La invención de la soledad, encontrar la memoria

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 De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Para Innmediaciones

(Coloca una hoja en blanco sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma. Fue. Nunca volverá a ser).

La memoria. La memoria como aquel espacio al que se regresa siempre que se puede. La memoria como aquel lugar del que se escapa siempre que se puede. La memoria como aquel infinito oxidable. La memoria como la patente de nuestros actos. De nuestros olvidos. La memoria. La memoria como un libro. El libro de la memoria.

Inventar la soledad. Crearla a partir de nuestros pasos. Del camino al que le hemos puesto nuestra señalización. Hacerla nuestra, inventarla en el fondo de nuestra piel, de nuestros pensamientos y reacciones. Inventar la soledad. Hacernos nada, una frontera entre lo material y lo subjetivo. Retratar al hombre invisible. Tú.

La literatura es memoria. Más memoria que imaginación. Más recuerdos que inventos.

Paul Auster (Estados Unidos, 1947) consigue crear la memoria, conceptualizarla, enraizarla en palabras para acercarse hacia ese espacio inmenso o diminuto donde caben las imágenes que hemos (creemos) haber vivido. Una forma, la suya, de encapsular en un texto – en un amasijo de letras – a las personas y lugares que ha conocido, querido y perdido. Al padre. Inmortalizar al padre que no se ha conocido más que por los bordes.

Auster obtuvo el respeto y la fama que hoy lo acompañan – más de diez libros después – con su debut: La invención de la soledad (1982). En él avizoraría, así como lo dice Vila-Matas – insólito escritor español con el cual comparte, aparte de una larga amistad, la afición de convertir sus ficciones en proyectos de ensayo – en el reverso del libro: “El germen de toda la obra austeriana, es decir, la influencia del destino en nuestras decisiones y el poder de las casualidades”. En el libro narra el proceso acontecido tras ser informado del fallecimiento de su padre.

Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en el sillón y muere. Sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad (…) Recibí la noticia de la muerte de mi padre hace tres semanas. Fue un domingo por la mañana mientras yo le preparaba el desayuno a Daniel, mi hijito (…)”.

Auster – o el personaje que hace de sí Auster en su libro – recibe la noticia cuando atiende a su hijo. El hijo que cuida al hijo. El padre que acepta la muerte del padre. Quizá en aquel párrafo se encuentre un esbozo del núcleo del libro.

La invención de la soledad está dividida en dos partes: Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria. En la primera explora su condición de hijo ante un padre siempre ausente a pesar de la poca distancia que los separa. Lo que – parecido a la Carta al padre de Kafka – no le pudo decir a su progenitor a la cara por razones obvias. Ahora, muerto, intenta revivirlo a través de las palabras y de la memoria para contarle/contarse los años transcurridos en su infancia y juventud cerca y lejos de él.

La segunda es una aproximación a su condición de padre, de hijo convertido en papá, de protegido a protector. Utiliza varias referencias filosóficas y literarias para acercar al lector – y a sí mismo – a su condición. Jonás, Pinocho, Pascal, Holderlin, Dickinson, entre otros, para explicar ciertas tentativas de la memoria. Al olvido.

A la vez es un elogio a la soledad, a la habitación, a la literatura como lazo comunicante.

Así como la casa de la que nunca salió Emily Dickinson y donde escribió toda su inmensa obra poética, Auster elogia la habitación, aquel espacio conocido y desde el cual hacemos mundo. Hace de ella un receptáculo de sensaciones, de la única capaz de albergar una soledad artística, por así decirlo. Auster refiere a que leer un libro es leer la soledad del que lo escribió, ser parte de esa misma soledad, contagiarnos. La lectura también es una especie de soledad.

O la escritura como la consecuencia de no olvidar la infancia, de aferrarla a nuestra carne con las fuerzas de la imaginación, de la representación.

Freud, citado por Auster: “No puede olvidarse que la importancia concedida a los recuerdos de la niñez del escritor, que tal vez parezcan muy extraños, se deriva al fin y al cabo de la hipótesis de que la imaginación creativa, al igual que las fantasías, es una continuación y un sustituto del juego de la infancia”.

En La invención de la soledad, Auster reflexiona también acerca de esa la lucha permanente contra el olvido. Pasa un segundo y ya forma parte del pasado, pasan estas letras y ya son el pasado, pasa este pasado y es parte de una pequeña historia, la mía y la tuya. Tiempo.

Pascal, citado por Auster: “Los pensamientos vienen y se van de forma caprichosa. No existe ningún sistema para contenerlos ni para poseerlos. Se ha escapado un pensamiento que yo estaba tratando de escribir; entonces escribo que se me ha escapado”

¿Es por eso que se escribe? ¿Para sobrevivir a los muertos, para dejar la tinta que alguna vez ha manchado tu mano y que pueda manchar a otro? ¿Perdurar? ¿O intentar que alguien o algo perdure?

Un testamento. Una historia que se transmite a alguien.

“Son más de las dos de la mañana. Un cenicero desbordante, una taza de café vacía y el frío de la primavera temprana. Ahora una imagen de Daniel dormido en su cama. Para terminar.

Me pregunto qué sacará en limpio de estas páginas cuando tenga edad para leerlas.

La imagen de su cuerpo pequeño y feroz, dormido en su cuna en la planta de arriba. Para terminar”.

El hijo que leerá la historia que escribiste y que te conocerá por allí. Que decodificará parte de su pasado en las palabras que transcribas al papel.     

Auster es un escritor imprescindible de la literatura moderna. La invención de la soledad es muestra de su capacidad reflexiva y narrativa. De la importancia de retener los nombres. De sobrevivir a los recuerdos. De perdurar en el papel. A través de él.

(Encuentra otra hoja de papel. La coloca ante sí sobre la mesa y escribe estas palabras con su lapicera.

Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo.)