La inspiración no existe

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Una amiga me pidió ayer algunos «consejitos» para escribir ficción. De inmediato le contesté tres cosas: «leer», «leer» y «leer».

Confieso que al decirle eso, repetí el viejo consejo que siempre nos daba el director de la secundaria antes de sus alumnos entremos a las aulas a pasar clases. Pero no la hacía con el objetivo de que todos los ahí reunidos en el patio del colegio se conviertan en escritores. No, su fin era que le lectura es una de las más poderosas armas de la inteligencia.

Entonces, mi amiga me dijo que se sentía muy «inspirada» porque había conocido a alguien especial.

—¡Ah, caramba! Para escribir no se necesita a la inspiración. Esa es una antigua forma romántica de creer que se debe escribir. Tampoco existe la musa que te prenderá las ideas para ti, mientras aguardas sentada al escritorio de tu estudio viendo cómo pasa el día.

—¡Malvado!, ¿qué es entonces escribir ficción?—me preguntó.

—Te contesto lo mismo que escribí hace tiempo: «escribir equivale a vivir: vives cuando lees, cuando reflexionas, cuando concibes en el alma un deseo obstinado de querer expresar lo que más te ha estado golpeando el pecho. Escribir es un delicioso dolor impulsado por demonios…

—¿Demonios? —se asustó.

—Sí, pero no en el sentido teológico del término. Los demonios literarios son seres que crean inconformidades en quienes escriben ficción. Sus historias no salen de la nada –es cierto– salen de aquellas experiencias que hombres y mujeres que han vivido o que han visto cosas que les gustó o no. Una de las misiones de estas personas es componer o descomponer ese mundo que les tocó vivir, para luego entenderlo mejor…

—¿Interesante! —me contestó. Me dio un beso y se fue…

Mucho temí que después de esa chorpatélica respuesta, mi amiga resultaría más confundida y menos inspirada de lo que en verdad creyó. Así que le llamé por teléfono hace un rato…

Le expliqué que –si bien «leer» es el acto de «pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados»–, hay algo más allá de esa definición que nos dice el diccionario gordo y caro de la Real Academia Española.

—¿Qué cosa será?

—¡Descubrir!

—¿Y eso por qué o para qué?

—Descubrir significa develar aquello que permanece oculto a nuestra simple vista. Y si queremos escribir ficción, tenemos que leer para develarlo. Tal vez no haya nada nuevo en ello… Tal vez la novedad estribe en que tú, cuando te enfrentes al papel en blanco o a la pantalla vacía de tu computadora, tendrás que destapar algo que antes estaba cubierto. ¿Qué estaba tapado? Ese es el secreto de motivación que te ayudará a escribir tu historia; una historia que no la tendrás resuelta ni siquiera el día en que termines de escribir lo que te habías propuesto.

—¡Por lo visto, escribir ficción es algo complicado!

—¡Pero no imposible y es apasionante! Si en verdad quieres escribir, las palabras que leas en cuanto libro encuentres a tu paso, se convertirán en ojos con manos que escarbarán de esa tierra desconocida el tesoro que estabas buscando. Que el polvo y el tiempo no te impidan para nada disfrutar de aquello que necesitas para escribir algo nuevo, que en verdad te llene y te dé el compromiso de seguir adelante.

»Pero ten en cuenta, que ese descubrimiento es único, personal, íntimo, cuyo resultado te ofrecerá una felicidad digna de asombro, digna de haber llenado un vacío.

»Por ese motivo, nadie puede aconsejar a nadie cómo se debe escribir ficción. ¿Quiere leer a los sabios?; ¡lea a los poetas!, le contestó Federico García Lorca a un turista boliviano que lo sorprendió en la estación de trenes de Atocha, en Madrid, cuando el poeta español estaba a punto de partir al fatal encuentro con la muerte de aquella madrugada en sombra del 19 agosto de 1936…

—Chau, precioso, ¡gracias!

—¡Uy…!


Poeta, escritor, periodista y editor de textos