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La guerra de Ucrania no va a cesar

Corro el riesgo de que pocos me lean en los medios bolivianos, porque mis connacionales están inmersos en la campaña electoral que culminará en octubre.

Antes de entrar de lleno en el tema ucraniano, me permito una digresión: por lo que leo, existe una Bolivia que no queremos reconocer como tal; incluso podría decirse que hay dos o tres. El verdadero desafío es transitar un camino difícil pero seguro: crear una identidad boliviana que no niegue a sus cholos indomestizos como Lara, ni a sus indígenas que seguramente lo apoyan.

Son cholos rebeldes que no saben de Erinias ni de Atenea, ni de los mitos fundacionales del derecho y la justicia. Bolivia está llena de “machos” que aún suelen resolver sus diferencias a bala (la insurrección) o a puños (violencia doméstica y callejera). Sin embargo, el resultado de las elecciones del 17-A demuestra que hemos aprendido a encarar nuestros problemas profundos a través de la democracia. Ese es un avance decisivo hacia la construcción de una Bolivia integrada.

Probablemente el MAS haya desaparecido como fuerza dominante, pero no así las razones de su existencia, que deben ser tomadas en cuenta. En este contexto, sería pertinente releer el ensayo Lenguaje y libertad del boliviano Waldo Peña, especialmente por lo que dice sobre el poder del lenguaje.

Ahora, a Ucrania

Debo confesar que no tengo esperanza de paz, pese a las conversaciones en Alaska y a las medias promesas de Putin, que poco o nada tienen que ver con Ucrania. Tampoco creí en los almibarados saludos al “éxito de la cumbre de Washington”. Trump, pocas horas después, comenzó a desdecirse.

El último ataque de Putin contra la capital ucraniana dejó un saldo de 20 muertos, dos de ellos niños. Según el Kremlin, los misiles apuntaban a objetivos militares, pero las imágenes transmitidas por la televisión sueca muestran edificios del British Council y de la Unión Europea seriamente dañados.

Mi lectura es que Putin quiso enviar un mensaje a Bruselas: “No se metan en esta guerra”. En Washington se habló de tropas de interposición como garantes de la seguridad de Ucrania en caso de alcanzarse una “paz justa”. Incluso Trump llegó a sugerir —y luego a retractarse— que EE. UU. podría participar con controles aéreos.

El feroz bombardeo con drones y misiles contra Kiev no generó reacción oficial alguna de Trump. En la rueda de prensa en la Casa Blanca, su secretaria de prensa evitó referirse al asunto hasta que un corresponsal planteó directamente a través de una pregunta.

Europa puede condenar y aplicar nuevas sanciones, pero Trump simpatiza más con “Vladimir”. Ha vuelto a culpar a Ucrania por el inicio de la guerra, afirmando esta semana que “Ucrania no debería haberse metido en una guerra que no tenía ninguna posibilidad de ganar”.

Esa es una perversión de la historia. Ucrania no tuvo otra opción que defenderse frente a una agresión no provocada. Y cada vez que el presidente estadounidense condenó ataques rusos de este tipo, nunca se tradujo en acciones concretas para castigarlos.

Con los datos disponibles, me atrevo a afirmar que la guerra seguirá al menos hasta fin de año, y probablemente un año más. Putin confía en que las ultraderechas europeas ganen elecciones y abandonen a Ucrania, para luego reincorporarla —según su narrativa imperial— al espacio de la Rus de Kiev del siglo IX.

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