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La ciudad es así

(Guardaré silencio)

Márcia Batista Ramos

Todos los días busco palabras, las mejores, para colocarlas en un orden comprensible para mí, con la esperanza de que los demás, también, entiendan.

Pienso que la ciudad, es un organismo vivo, así como nuestro cuerpo que abriga a millones de otras criaturas vivas, invisibles. Ni las vemos, no nos percatamos de su existencia, pero están todas ahí… en nuestra piel, en nuestro interior y, muchas, siguen vivas cuando nuestro cuerpo muere.

Es un tanto horrendo pensar que otros viven en tu cuerpo, pensar que se mueven y reproducen sobre tu piel, dentro de tu boca y en todos los lugares recónditos que significas como ser vivo. Y no te das cuenta. Te bañas y ellos son inmunes a tu jaboncillo o al agua. Otros están en tu cuero cabelludo y no quiero pensar en todos los organismos vivos que te pueblan. ¡Me da asco! Lo único que pienso es que, lo mejor es no pensar en ellos, para no sentir ningún escozor. Para que no se trasladen de la piel para debajo de las uñas y de ahí…

Pues, pienso que la ciudad es un organismo vivo, con millones de criaturas vivas, invisibles. Depende, en gran medida, del lugar social en que te encuentras para que seas invisibilizado en el paisaje. Depende, en gran medida, del lugar social que ocupas, para invisibilizar al otro.

No significa que seas un cretino o un tirano porque estás avalando la invisibilidad de otro ser humano o indiferente a tu propia invisibilidad ante los ojos del otro, del que pasa y no te ve.

De verdad, no debes sentir culpa. No debes preocuparte por eso. La verdad es que la culpa tiene el sistema. De verdad, cualquiera que sea el sistema, él tiene la culpa. La culpa siempre es del sistema. Para los individuos, ya no hay culpa. Ya no sobra nada. El sistema tiene los mecanismos sicológicos que llevan a una nación a abandonar sus ideales e incluso sus propios intereses, asimismo, posee rasgos afines con los tiranos de Shakespeare.

La ciudad, como organismo vivo, tiene una desmemoria notable. Se abstrae de cada transeúnte, antes mismo que él termine de pasar.

– ¿Y qué?

 -A nadie le importa.

Por eso nadie se salva de la amnesia de la ciudad. Por eso, la gente desaparece, como si fuera abducida.

            Nadie ve.

                   Nadie sabe nada.

                               Nadie es reconocible…

Pareciera que la ciudad quiere a todos con miedo, acobardados y con necesidad de amparo; por eso a todos nos hace solitarios, entre tantos que pasan invisibles y tienen el poder de invisibilizar. El ir y venir, es un ejercicio realizado en medio de una atmósfera de extrañeza, como si todos estuvieran a punto de sufrir un cambio o de descubrir algo que les puede aterrorizar o liberar. Lo primero es más probable, más que lo segundo, si bien a veces se dan las dos cosas…  Por todo ello, la precarización de las relaciones humanas es parte importante de la ciudad.

La ciudad es como un pozo del olvido, no siente una ausencia. Uno menos… Una menos… Parecen nombres inventados; especialmente los nombres de mujer; forman capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general, pero, representan un dolor para los sobrevivientes invisibles, que siguen poblando la ciudad, con su dolor invisible sobre su espalda invisible, con un corazón sangrante: in – vi- si- ble. Vagando sobre una ciudad desmemoriada.

La intuición de los peatones anodinos, es fundamental para la supervivencia de cada uno, en la ciudad sin memoria, que nunca está preparada para afrontar la ola de neofascismo que recorre el planeta mientras, la ciudad, se hace cada vez más grande, con menos sentido, fragmentada por las tristezas, basuras, luces y bocinas…

Son muchas las vidas que ha acumulado la ciudad. También las muertes. Falta más arte para que la ciudad pueda crear herramientas para pensarse a sí misma. No hay criba temporal que logre cambiar la ciudad, para que empiece a reflejar en lugar de invisibilizar, recordar en lugar de olvidar, proteger en lugar de abandonar.

El tiempo hace su trabajo. Yo hago el mío.

Recojo palabras esparcidas por las calles de la gran ciudad, que se mueve frenéticamente, día y noche y derrama, como quien suda, todo tipo de palabras y gemidos y gritos… Sin saber bien hacia dónde voy, solo recojo palabras para tratar de ordenarlas, muchas veces, antes de empezar a ordenarlas, en una esquina cualquiera escucho: -el texto o la vida.

Sé que no vas a entender, por eso, a partir de ahora, guardaré silencio. Incluso en el pensamiento.

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