La ciudad de Kerouac, de Fante, de Cassady

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Nueve meses después, como pariendo, camino downtown Denver buscando mi cueva. Lejos quedan los días de Aurora, el ron y las estrellas, Mozart en domingo, Purcell en sábado. Y Chico Buarque cuando entraba la nostalgia, los momentos de juventud que tan jóvenes no eran, pero cargaban pasiones y sexo como piedras de diamante.

Vida efímera, verdad muy pronto aprendida en tragedia. Por ello tomo el sol de las calles Emerson y 14, los viejos edificios donde habitaron Fante, Cassady y Kerouac, el Denver de las novelas y alcohol de calle. Busco entre esos ladrillos el resquicio en que he de meter lo poco que tengo, unas prendas más que Durruti cuando muerto, liviano de peso y libre de intrusión.

Me quedará un poco lejos del trabajo, allí en el inicio de la pradera que se hunde en Kansas, pero valdrá la pena, traerá el sábado por la noche en que me decoraré de vampiro y agotaré los colores de la cerveza entre soledad y compañía, entre mirar a David Lynch en el vacío, o hacer molinetes sobre los pezones de la acompañante de turno, que quizá se llame María llena eres de gracia.

El ordenador sobre la mesa. Un tinto a medio consumir, café pasado, etíope y oloroso. Un par de flores secas, algo de bourbon y Mayakovski. Nada de acumular posesiones. El tiempo capitalista pasó. Ahora viene el hedonismo que abre la muerte como piernas de mujer, que la posee en su mortaja negra, en los portaligas ingleses que juegan con la memoria y extinguen el futuro.

Sin fetiche literario. El gusto de saberse cercano a espectros creativos. Pasillos de los apartamentos Shambhala con murales mediocres y jeans de nalgas delgadas pero redondas. Olvidé la juventud en el ansia de pertenencia; la materia tuvo sus décadas de dominio pero no más. Hoy el tiempo es mío y ni siquiera susurraré a mis queridos idos y lejanos porque habré desaparecido de un mundo que me miraba sin interesarse. De la noche a la mañana, de la mañana a la noche, desvanecerse. Mis noticias no aparecerán en google y mis pasos no tendrán resuello de tambor. El tam tam de mis alegrías y desgracias no podrá correr libre por el llano, se estrellará en la piedra, el concreto, árboles de hoja caduca y cánticos protestantes de la iglesia anglicana.

Una pizza suele ser tan fascinante como un coito. En el olvido todo pesa con kilogramos de esencia. Mi silla será mi esposa y mi copa el ángelus que nunca escuché. Hablé de molinetes sobre las tetas de ellas. Interesante será destruir la tara de la monogamia, el poder del Estado sobre el amor, la disfunción del placer convicto, privado de libertad.

Me rebelo con manifiesto de solitud, yo que amé la esclavitud del sentimiento, que casi sucumbo ante el gregarismo siendo que nací solo, que mi madre no está y me iré también así, sin estar conmigo mi madre.
Jack Kerouac, John Fante, Neal Cassady, todos ellos, juntos y singulares, iluminando rincones, no con luces de neón sino con versos, con excesos que tenían nombre de mujer y forma de botella, esa quimera de cola femenina y boca de ajenjo que acecha los pasos del poema, águilas devoradoras de mitos y especies, que muchas veces son hembra pero también suelen ser macho, que mujeres fantasmas, poetas, también hay, y vagan como nosotros por los pasadizos del miedo que debemos vencer, la pesadilla de los abandonos y el aura del suicidio.

Arrinconarse, meterse en un convento de pretéritos, espacio donde caminaron los que escribían y los que escriben. Entrar como John Milton con ojos abiertos, y salir ciego para aguzar el ingenio y escuchar las voces silentes de la sombra. Contemplar la piel, el edificio mayor de la especie, que tiembla cuando la penetro y suda cuando la beso.