Un estudio del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), publicado en PLOS One, revela que la ciencia tarda en promedio 11,3 años en describir nuevas especies de anfibios desde su hallazgo en campo. El análisis de 900 especies de ranas descritas entre 2000 y 2023 muestra que, aunque la mitad se resolvió en unos 7,3 años, hubo casos extremos que demoraron hasta 124 años.
Mientras una especie no está formalmente descrita, no puede figurar en inventarios nacionales ni internacionales ni ser evaluada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). En consecuencia, permanece invisible para las políticas de conservación y vulnerable a la pérdida de hábitat.
Actualmente se conocen cerca de 9.000 especies de anfibios en el mundo, pero cada año se describen unas 150 nuevas y se detectan decenas de candidatas aún sin nombre. Los anfibios son, además, el grupo de vertebrados más amenazado del planeta, lo que hace urgente acelerar la taxonomía.
En Ecuador, el caso de la rana Pristimantis omeviridis, descubierta en la Amazonía y descrita recién en 2015, refleja cómo especies permanecen años sin reconocimiento oficial mientras sus hábitats sufren deforestación. En Perú, la selva central y Madre de Dios han revelado anfibios endémicos que aún esperan publicación científica. En Colombia, los bosques del Chocó y la Amazonía enfrentan minería ilegal y expansión agrícola que ponen en riesgo especies sin nombre. En Brasil, la Amazonía y la Mata Atlántica concentran una enorme diversidad, pero la pérdida de hábitat avanza más rápido que la ciencia.
En Bolivia, país megadiverso, los Yungas, la Amazonía y el Chaco han sido escenario de descubrimientos recientes en La Paz, Cochabamba y Pando. Sin embargo, la falta de recursos y especialistas retrasa la publicación, impidiendo que estas especies sean reconocidas en las políticas nacionales de conservación.
Las causas del retraso incluyen escasez de taxónomos, procesos burocráticos y editoriales lentos, falta de financiamiento y la complejidad de especies crípticas que requieren estudios moleculares. A ello se suma la crisis de la taxonomía como disciplina: cada vez hay menos profesionales y la ciencia actual penaliza este trabajo al priorizar métricas de impacto por encima de la descripción de especies.
Los investigadores proponen mayor inversión en ciencia básica, formación de nuevos especialistas, agilización de procesos editoriales y uso de tecnologías como la secuenciación genética rápida. También destacan el valor de las colecciones de historia natural como reservorios de biodiversidad aún por descubrir.
El retraso en la descripción científica no es un detalle académico: es una amenaza directa para la supervivencia de especies recién descubiertas. En un contexto de crisis climática y pérdida acelerada de biodiversidad, cada año cuenta. Para Bolivia y otros países megadiversos, reducir la brecha entre descubrimiento y publicación es clave para que las políticas de conservación actúen a tiempo y eviten que la riqueza natural desaparezca antes de ser reconocida.