“A quei che passa in strada la bora/se ghe intòrcola dispetosa/tra i pìe” “A los que transitan por la calle la bora/se les enreda traviesa/entre los pies” -Claudio Grisancich-
Maurizio Bagatin
La Bora es un viento, y es el viento de Trieste, sin él la ciudad perdería toda su personalidad. Clara y oscura, sopla casi todo el año y cambia de nombre solo por la estación. La ama su gente triestina, y lo poetas, los pintores, los artistas. El escritor triestino Pino Roveredo que nació en 1954, el año de la Bora a mas de 160 Km/horas, es “el hijo de la Bora” que escribió: “Trieste es la Bora, la Bora es Trieste, no se puede prescindir de ella. La Bora es bofetada, la Bora es caricia, apoyo del alma, momento aparentemente imposible. Músculos tirados, respiración en reserva, y dos alas para que te lleves donde el viento decida, es él quien marca el ritmo, conduce la carrera, dibuja momentáneamente tu historia. Terminado el poder del soplo, en un silencio absoluto, te sientes maravillosamente vivo, con encima un deseo de estar, hacer, decir, y con encima la convicción de una creencia popular que dice: pasada la Bora, pasadas todas las enfermedades y las melancolías”.
Su tremendo soplar tiene tantas historias para contar, rocambolescas e increíbles, legendarias y funambulescas. Como la historia de Fouché, “el genio tenebroso” que fue el policía de Napoleón Bonaparte, que en Trieste concluyó su existencia terrena y cuyo ataúd fue volcado con el carro por una ráfaga de Bora. O la del emperador romano de Oriente, Teodosio, que en 394 derrotó al usurpador de Occidente Flavio Eugenio y pudo reunificar durante unos meses el imperio, gracias al viento que venía de detrás y doblaba el alcance de sus jabalinas. Ganó el buen Teodosio y se regocijó, pero esa misma Bora lo mató unas semanas después, con una neumonía tomada en el campo de batalla, en el valle del Vipacco, en el histórico umbral de Gorizia donde desde hace milenios chocan los pueblos y los vientos. Carlo Wostry, pintor triestino y hombre de mundo, decía: “La Bora es lo único verdaderamente original que tenemos». Y en dialecto tergesteo, borezà, indica un sujeto simpáticamente agitado, un loco alegre, un loquillo”.
Gianpiero, mi amigo y compadre, hace años atrás decidió que había llegado la hora de hacer su tesis de laurea, una laurea en arquitectura en Venecia (IUAV, Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia) y creo que fue enamorándose “del viento de bora”, que decidió entregarse a una tesis de laurea, junto a Riccardo Marangoni, sobre el viento de Trieste y así presentaron en 2007 “del vento di bora”: un museo a Trieste. Transcurrieron los años y en 2025 La Biennale de Venecia “se acordó” de este trabajo, el cual fue expuesto en el Pabellón Italia, titulado Terrae Aquae, L’Italia e l’intelligenza del mare. Un proyecto deseoso que ha encontrado su merecido reconocimiento propio en la ciudad que de la arquitectura es la reina indiscutible.