La Bolivia posible

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En las democracias inestables se vive visible ansiedad por encontrar héroes que conduzcan la nación. La ciudadanía desconfía de sus prójimos, los encuentra semejantes a ella misma. Piensa, en intimidad, que gobernar es cosa de dioses, no de hombrecitos. De semidioses, no de vecinos. Como nunca los encuentra, sufraga sin convicción. Por él, por ella, por nadie, repitiendo con hondo desánimo que se trata de una obligación. Descree de la entereza humana porque se conoce a sí misma. Sabe que su obra es imperfecta, que debe corregirla sin cesar. Pero a veces voltea para mirar hacia atrás y, con indisimulable orgullo, observa el camino recorrido. Ya no estamos donde la historia empezó. En palabras del poeta, se ha hecho camino al andar.        

Apenas faltan unos años para el bicentenario de Bolivia. Los libros nos dicen cómo se vivieron los tres siglos de Colonia, cómo se fundó esta patria y cuáles fueron las luces y sombras de la república. No sólo eso: nos dicen a quiénes de nosotros no tomamos en cuenta en principio, qué parte del territorio estuvo abandonado, lo difícil que es construir un Estado que proteja y sirva a todos. Nos dicen de nuestras contradicciones y también de las certezas. Los libros y el arte, porque muchas veces sucede que el bolero de caballería o el portal de San Lorenzo, la iglesia potosina, son capaces de expresar mejor nuestros sentimientos y esperanzas que las palabras. O la culinaria, porque la deshidratación de la papa nos llena de alegría, más aún cuando recordamos que tunta y chuño son tecnología aimara/quechua. No es poco: sabemos que el gran imperio no ha generado gastronomía, que no ha conservado la cultura indígena y que se sienten, los ciudadanos, nacidos del gajo el día de ayer.

No es nuestro caso. Los estudiosos indican que somos un país vital de matriz indígena, de raíz española/árabe/judía, que aún espera esenciales ideas políticas capaces de conducirnos, sencillamente, al bienestar común. Sontag diría: la continuación de la poesía por otros medios. No hace falta ocultar nuestros traumas. ¿Acaso se debe ocultar la propia vida? Tanto la Colonia, como la república, han golpeado a los pueblos indígenas. Importa saber el origen de la resistencia permanente de nuestros pueblos, y son los nombrados más la sociabilidad cotidiana. Importa para enfrentar la causa, para superarla. No es posible remar en barro. Importa para tomar decisiones en conjunto y alejarnos del provincianismo. Del lamento. No es necesario ser infeliz por siempre aunque se pueda estar completamente esclarecido en la historia nacional. Gertrude Stein nos ha dicho de manera maravillosa: “¿De qué sirven las raíces si no las puedes llevar contigo?”

Es necesario reinstalar un horizonte de vida todo lo más intercultural posible. Fernando Calderón y Carlos Toranzo Roca razonan en términos similares. El substrato indígena y la cultura europea americanizada son los materiales fundamentales que tenemos para vivir la vida. Debemos lograr un pluralismo político y cultural institucionalizado, hacerlo camino para la resolución de conflictos. La Bolivia posible es un todo abigarrado, nunca la visión de sólo una facción.

No hay héroes en democracia, sino ciudadanos. Prójimos similares a nosotros mismos. Con ellos se debe concretar los sueños de la patria. Todo lo que la actualidad tiene de ella, comenzó con esta gente. Otras miopías determinaban su horizonte, otros prejuicios y otras miserias. Pero, al mismo tiempo, también hubo grandeza. Generosidad. Altruismo. De ese molino de dientes feroces surgió la economía minera, el congreso indigenal, la fáctica asamblea constituyente en trincheras del Chaco, la revolución del 52, y con los hijos de esa gente se movieron las masas en noviembre y se reinstaló la democracia en 1982, y con sus nietos en las calles se combatió el estúpido prorroguismo del 2019. El derrotero está visualizado por numerosos hitos, a cuál más removedor de conciencias.         

El pasado se mueve y remueve, no está quieto. Nuestro país se mece en aguas turbias. La gente razona y debate con intensidad el presente y el probable porvenir. Es necesario que se incorpore el pasado con su cable a tierra. Ya o sabemos que casi nada comenzó con nosotros mismos. Nuestras ideas se pierden en los siglos. Cuesta creerlo, pero el joven indígena, el de la Colonia altoperuana, el de la república y el joven de hoy aún comparten muchísimo en común. La Bolivia posible comenzó en ese remoto entonces y debe terminar de hacerse entendiéndose a sí misma, comprendiéndose. Al mismo tiempo, renovándose, una y otra vez, hasta lograrlo.