El amor en el siglo XX

Luisito estaba sentado indolentemente en un hermoso Voltaire forrado con piel de perro y tachonado con anchos clavos de plata.

En el atril se veía abierta por la mitad una novela de Zola, La Terre, escrita en el último tercio del siglo pasado, y que, en su época, fue un acontecimiento literario, y ¡oh, mudanzas del tiempo!, hoy es solo leída por los eruditos que quieren estudiar las tendencias literarias de lo que entonces se llamó naturalismo.

Pero no hagamos digresiones.

Luisito de vez en cuando dirigía su mirada inquieta a la calle e inclinaba su pálido rostro sobre los vidrios de la ventana, más de lo que el pudor natural a su sexo se lo permitiera.

¿Qué espiaba desde su solitario retiro?

No se lo preguntéis si habéis llegado a los 18 años con el corazón henchido de ilusiones y de amor; no se lo preguntéis si alguna vez os hizo ruborizar la mirada audaz y conquistadora de alguna mujer; no se lo preguntéis si tembló en vuestros labios el delicioso sí, nota que suena como un beso y tiene la ternura de una plegaria.
Las agujas del reloj dos veces recorrieron la esfera.

En la calle pasaban muchas personas, pero ninguna era la que esperaba Luisito.

Cerró el libro con estrépito, suspiró, y a sus hermosos ojos, de un azul no me olvides, asomaron dos lágrimas que fueron a humedecer el finísimo pañuelo de encajes del enamorado doncel.

En eso apareció papá, adornado con su blanquísimo delantal y llevando en la mano una espumadera. Olía a ajos y cebollas.

—Gracias a Dios –dijo respirando con toda la fuerza de sus pulmones–, gracias a Dios que todo está listo en la cocina: la sopa que parece condimentada para la mesa de un rey; la corbina con salsa de tomates, que dice chúpate los dedos; el ají de guatilas, que es una delicia; la ensalada fresca; el postre… ¿a que no adivinas, chico?

Luisito meneó la cabeza, como diciendo no.

—Pues, de calabazas.

El joven se estremeció visiblemente y aumentó su palidez a tal punto que la advirtió don Amadeo.

—Jesús, niño, te has puesto como un muerto… Espera, voy volando por el éter… Así sois todos en este tiempo, masa de alfajor… los nervios, siempre los nervios…

—Pero, papá…

—Nada, nada, no estoy para tener disgustos por ti. Qué diría Dulcinea si te encuentra en este estado.

No tuvo otra cosa que hacer Luisito sino aspirar una gran cantidad de éter.

Lloraba.

—¿No lo dije? –siguió repitiendo don Amadeo–, los nervios siempre, los malditos nervios…

—Ya pasó –exclamó Luisito lanzando su último suspiro.

—Me alegro. Ahora me voy a mi cocina, ya es hora de que venga Dulcinea y todo debe estar listo… ya conoces el genio de tu madre.

Y salió.

Libre de las impertinencias pueriles de su padre, pudo Luisito volver a la ventana y entregarse a su amoroso entretenimiento.

Un latido de su corazón, un aldabonazo del alma, le anunció que el ser tan esperado se acercaba.

Sí, era ella.

Ella que jamás faltaba a la cita del amor, al apasionado cambio de miradas, al romántico pasacalle de cada día.

—¡Qué guapa! –exclamó Luisito enajenado de júbilo, y añadió con un transporte de pura pasión–: ¡o ella o el convento!
Ella, Margarita, estaba locamente enamorada de Luisito. Jamás había podido hablarle, pero sus miradas, mucho más elocuentes que las palabras, ya se lo habían expresado todo. Luisito, por su parte, correspondía a ese amor noble y puro y pagaba a la constancia de Margarita con un cariño sin límites.

Todas las tardes, a sol o lluvia, sana o enferma, con esperanzas o sin ellas, hacía Margarita su amoroso pasacalle, después de salir del almacén donde la abrumaban los números y facturas.

Hermosa y joven, tipo inimitable del tenorio femenino, pasaba por la acera de enfrente, haciendo sonar sus delicados taconcitos, meciendo acompasadamente su cuerpecillo de picaflor, lanzando miradas incendiarias y sonriendo al balcón, no al balcón, a Luisito, de una manera tierna y amorosa. A veces llevaba en la mano un no me olvides, una violeta o un pensamiento, que estudiosamente dejaba caer, para que uno de los criados del señorito recogiera la flor abandonada y la colocara cuidadosamente en un vaso con agua sobre el velador.

Un día cayó una carta.

Luisito besó las menudas letras, temblorosas, escritas con emoción.

Y leyó:

Mi adorado Luis.

No puedo contener por más tiempo esta llama que abrasa mi corasón. Lo amo a usted como nunca e amado en la bida. Compadéscase de una mujer que muere de amor y contéstele con un dulcísimo sí de sus labios.
Su agradecida.
M…

—¡Oh, tiernas palabras de mi amada, tanto más queridas cuanto más mal escritas, volved al pensamiento suyo y decidle que aquel sí ya está mil veces expresado, decidle que yo también la amo, que mi corazón es suyo, suyo, suyo…!

¿Cuántas veces leyó Luis aquella carta?

Contad las estrellas del cielo y las arenas del mar y lo sabréis.

Y así pasaron algunas semanas más.

Luisito había adquirido la sana costumbre de leer la amorosa carta cada noche, antes de dormir su apacible sueño en el lecho de gasas y cintas.

Una noche…

¡Ah!, hay también un dios malo para el amor, que desbarata cruelmente los más bellos planes, que arranca las perfumadas flores del camino de la vida, que enturbia envidioso la fuente transparente de la felicidad, que
corta las alas de la ilusión y aprisiona al ave de los amores purísimos en las rejas del dolor.

Una noche quedó Luisito dormido profundamente con el pliego en la mano y la bujía encendida sobre el velador. Las flores marchitas también dormían reclinadas sobre el borde del vaso, pero era el sueño de la muerte.

A la una de la noche se recogía doña Dulcinea de casa de una amiga, donde se reunían varias señoras para jugar algunas partidas de rocambor y departir sobre política y asuntos industriales.

Don Amadeo dormía el sueño de los justos, abandonado en la ancha cuja, por la esposa, y soñando con los buenos tiempos de la luna de miel, cuando doña Dulcinea no se separaba ni un solo minuto del tálamo nupcial.

Ahora… ¡Chiss…! Un estornudo interrumpía su dulce sueño y le obligaba a abrir los ojos y tantear cautamente el resto de la cama.

Decíamos que doña Dulcinea se recogió aquella noche a la una.

Antes de acostarse se puso a examinar, como de costumbre, todas las piezas de la casa para asegurarse si todo estaba en orden. Se sorprendió al notar luz tan tarde en el cuarto de Lusitito y empujó con cautela la puerta.

Entonces advirtió que el chico, vencido por el sueño, no había tenido la precaución de apagar la luz.

—¡Qué niño sin experiencia! –dijo muy despacito avanzando hacia la cama–, dejar la luz encendida…

—Pero ¿qué papel es ese? Y muy perfumadito, veamos.

Desprendió con suavidad la carta de las manos de Luisito, cabalgó a sus narices los lentes con montura de oro y leyó deteniéndose en cada sílaba todo el contenido.

—¡Hola! ¡De estas tenemos, señorito…! Una declaración de amor sin ortografía… M… María, Marta, Mercedes, Mónica, Matilde, Modesta… M… M… M…

Y repetía todos los nombres de mujer que principiaban por aquella fatídica letra.

Y al fin concluyó:

—Pues bien, señorita M…, la guerra está abierta, ¡ay de usted!, astuta seductora de mi hijo, si cae en mis manos.
Apagó la bujía, cerró la puerta y entró ebria de ira a su dormitorio.

Se desnudó rompiendo sus vestidos y arrojando por toda la habitación enaguas, medias, zapatos, moños postizos, guantes y demonios. El nudo de los hilos del corsé se encaprichó un poco, y reventó los hilos lanzando a la vez un voto más grande que la torre Eiffel del pasado Centenario. Tan estrepitoso fue el voto que recordó al apacible don Amadeo.

—¡Jesús, hijita, tan tarde! No te acuerdas que uno está solo y lleno de mil cuidados…

—¡De mil cuidados…!, y ellos faltan en casa mientras el señor duerme como un lirón, olvidando que hay una inocencia que cuidar y velar a toda hora. Esto no ha de pasar así, ¡caracoles…!

—Pero, hijita, ¿qué hay? ¡Oh!, ese maldito whisky que te dan donde esa doña Tremejinda, te pone no sé cómo… ¡vieja impía y librepensadora…!

—¡Silencio…! Mañana veremos si tengo razón o no para entregarme a los mil diablos!

Se arrebujó en la cama y después de lanzar diez bufidos se entregó a Morfeo.

En vano esperó el pobre don Amadeo aquella noche el beso nupcial.

Al día siguiente fue informado de los grandes acontecimientos que pasaban en aquella deliciosa mansión. Entonces comenzaron las amarguras del atribulado marido; lloró, gritó, maldijo y juró perseguir sin descanso a la infame M… que le arrebataba el amor de su Luisito.

Pálido y ojeroso se presentó aquella histórica mañana a almorzar el señorito. La desaparición de la carta revelaba claramente que todo había sido descubierto. Pensaba prevenir a Margarita del peligro que les amenazaba, decirle en un papel de cigarro siquiera estas palabras telegráficas:

“Nos descubrieron. No pase usted”. Pero ¿cómo hacerlo? —¡Ah! Qué felices son las mujeres que tienen libertad para todo. No poder salir de casa…

¡Dios mío, Dios mío!, ¿cómo salvarla…?

Luisito se encerró en su cuarto y lloró amargamente besando las flores secas, el único recuerdo que le quedaba de Margarita.

Entretanto don Amadeo se declaró en campaña y descuidó la cocina y el arreglo de la casa.

Llegó la tarde y pasó Margarita, radiante y hermosa, vestida de blanco y llevando en la mano una hermosa camelia. Miró algunos segundos a la ventana, hizo caer la flor y sonrió. Luisito la contemplaba casi con terror y quería gritar desde allí: “huye, amor mío, nos persiguen”.

—Ya caíste –repitió a su vez don Amadeo que espiaba detrás de la puerta de calle.

La camelia quedó aquel día abandonada en la acera.

Al día siguiente la misma escena.

—Esa es. ¡Ah, canalla…! –repitió don Amadeo y puso a su esposa al corriente de todo.

Y el tercer día fue Troya.

Doña Dulcinea se retiró aquella tarde muy temprano del almacén y se colocó de plantón en la puerta de la calle.

Pasó Margarita.

—¡Esa es! –gritó don Amadeo.

Doña Dulcinea se lanzó veloz como el relámpago y se puso delante de la hermosa joven.

—¡Canalla!, ¡azotacalles!, ¡seductora de jóvenes inocentes! –chilló desaforadamente la ofendida madre.

—Señora, no admito insultos de nadie –dijo con firmeza Margarita.

—¡Calle usted, insolente!

¡Paf!, ¡paf! Un sopapo con anverso y reverso siguió a ese rápido cambio de palabras.

Margarita, viéndose tan violentamente ultrajada, apeló al moquete limpio y muy pronto sus blanquísimas manos formaron más cardenales en el rostro de doña Dulcinea que León xiii en todo su pontificado.

Viendo arrollada a su esposa, acudió don Amadeo con la escoba y empezó a menudear los palos en las tentadoras espaldas de Margarita.

La gente se agolpó en la calle, acudieron los guardianes del orden y pusieron paz a sablazos.

Cuando subieron, jadeantes y sudorosos los esposos a sus habitaciones, encontraron al señorito Luis desmayado en brazos de los criados.

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Dos meses después, Luisito cumplía su promesa; ocupaba una celda de novicio en el convento del seráfico padre San Francisco.

¿Y Margarita?

¡Ah!, Margarita hacía lo que hacen todas las mujeres, comenzaba su sexagésima segunda conquista.

Biografía

Julio César Valdés Cardona, nació el 8 de febrero del año 1862, en la localidad de Chulumani, Provincia Sud Yungas del departamento de La Paz.  Fue escritor bibliógrafo, geógrafo y tradicionista.

Su trabajo literario lo realizó publicando artículos cortos, incursionando en el cuento, la novela, tradición, historia. La crítica literaria del país no ha estudiado con seriedad su obra.

Cesar Valdés, murió en La Paz el 12 de julio del año 1918.

Es autor de Mi noviciado (1887), Nicolás S. Acosta. Recuerdos íntimos (1888), Siluetas y croquis (1889),
La Paz de Ayacucho. Relación histórica, descriptiva y comercial (1890), La Chavelita (novela publicada por entregas, pero que quedó inconclusa en 1891) y Picadillo (1898).

“El amor en el siglo xx” pertenece a Picadillo, La Paz: s.e.