Judíos por siempre

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         Aún parece moda dominante en Europa y América simpatizar con el judío/individuo y mirar con mucha sospecha al pueblo judío. Esto estuvo claro antes de la segunda guerra mundial, cuando el mismo judío pretendió ser un hombre cualquiera en las calles de Paris, Varsovia o Bucarest y judío únicamente dentro su casa. Qué extraño sino para “aquél extraño pueblo de Asia impulsado hacia nuestras regiones” (Herder). Un pueblo vigoroso que supo flotar en realidades sociales europeas tan distintas, sin involucrarse nunca con ninguna de ellas, pero siendo fundamental, al mismo tiempo, en el manejo de sus finanzas. ¿De esta dualidad surge la primera sospecha en su contra? A causa de las íntimas relaciones con la fuente de riqueza estatal los judíos fueron invariablemente identificados con el poder; a causa de su distanciamiento con la sociedad nativa y de su nítida concentración en el cerrado círculo familiar, fueron invariablemente considerados sospechosos de conspirar para la destrucción de todas las estructuras sociales. Quizás es por eso que a un judío austriaco le resultaba más fácil ser aceptado como austriaco en Francia que en la propia Austria, como ejemplo. O al revés. Es decir: “El judaísmo se convirtió en una cualidad psicológica y la cuestión judía en un problema personal para cada individuo judío” (Hanna Arendt). En cualquier punto del mundo, por supuesto. La misma autora explica que “es un mito que se ha puesto de moda en los círculos intelectuales tras la interpretación existencialista que Sartre hizo del judío como alguien que es considerado y definido judío por los demás”.

         Hanna Arendt sostiene con énfasis que “fue la discriminación social, y no el antisemitismo político, la que descubrió el fantasma de lo judío”. De paso advierte que “el antisemitismo y el odio religioso hacia los judíos, no son la misma cosa”. El antisemitismo parece eterno. En su magnífico libro “Los orígenes del totalitarismo” se lee: “Si es cierto que durante más de dos mil años la humanidad ha insistido en matar judíos, entonces es cierto que el dar muerte a los judíos constituye una ocupación normal e incluso humana y que el odio a los judíos está justificado sin necesidad de discusión”. Esta opinión, teñida de dolor y burla hacia la especie, fue dicha en momentos en que el antisemitismo eterno podía constituirse en poderoso argumento de quienes practicaron horrendos crímenes durante la citada guerra.

         Es posible afirmar que el antisemitismo político se desarrolló porque los judíos eran un cuerpo separado del cuerpo social “anfitrión”, mientras que la discriminación social surgió a consecuencia de la creciente igualdad de los judíos respecto a los demás grupos. Un dato desconcertante, capaz de dejarnos boquiabiertos a todos inclusive hoy, es que “el preludio del nazismo fue interpretado en toda la escena europea” (Arendt). Cuando los judíos comenzaron a buscar igualdad en el ejército francés, tuvieron que enfrentar la muy decidida oposición de los jesuitas (caso Dreyfus) que no estaban preparados para tolerar la existencia de oficiales militares inmunes a la influencia del confesonario. Este caso fue estudiado y divulgado en su momento, pero años después sirvió para aseverar que, si bien el destacado escritor Louis Ferdinand Celine (“Viaje al fin de la noche”) fue estimado por los nazis como “el único antisemita verdadero”, antes de Hitler y su ancha base social estuvieron los religiosos citados y mucho del continente.

         La independencia social y el tema religioso apenas explican que con la cuestión judía podía construirse un artefacto político capaz de nuclear a una nación entera (Alemania) con, en realidad, otro propósito: dominación del mundo. Aún ahora cierta humanidad insiste con el tema religioso de manera fácil  (“ellos fueron quienes mataron a Cristo”) y otra humanidad con el tema económico (“se apropian de la economía de los pueblos donde buscan cobijo”). Pero no: Arendt y estudiosos de ese fuste demuestran que el antisemitismo es concepto/articulador político.

         Clemenceau fue uno de los pocos amigos verdaderos que la judería moderna ha conocido, porque consideraba y proclamaba ante el mundo  que los judíos eran uno de los pueblos oprimidos de Europa. Han pasado esos tiempos ciegos, pero nadie debe olvidar que los judíos se subsumieron en Francia terminando el siglo XIX. Todo parecía en paz, pero Ferdinand ya gateaba para luego ser colaboracionista de nazis. Aún de viejo, y diría confinado en un pueblo francés, corrió a bastonazos al cartero que nunca le llevaba respuestas a sus cartas a notables franceses. “¡Judío!”, lo acusaba amenazante. Quizás olvidaba que Malraux fue jefe maqui.