Don Quijote en la ciudad de La Paz

Las últimas proyecciones del sol, que se hundía en las lejanas cumbres, ponían tonos amarillentos sobre el gris verdoso de la inmensa altiplanicie y alargaban, fantásticamente, las sombras de los viajeros que, con la avidez de concluir la jornada, trataban vanamente de aligerar el lento paso de sus jadeantes y desmedradas caballerías. El viento sonoro jugaba entre la paja brava o encrespaba la verde superficie de los raquíticos cebadales, que se perfilaban, de trecho en trecho, junto a terrenos grietosos o barbechos parduscos.

De rato en rato pasaban tropas de asnos, indiferentes al palo del arriero indígena, o de llamas asustadizas, que se habrían en hileras irregulares y tomaban los bordes del camino para dar cómodo paso a nuestros viajeros, en los que fijaban sus pupilas asombradas y misteriosas.

El llano era interminable; el paisaje, fosco y bravio y, el horizonte cerrado por lejanísimas cumbres de radiosa blancura; no se divisaba indicio de caserío o poblado que dar pudiera albergue a los peregrinos, que eran -asómbrate, lector-, el caballero insigne don Quijote de la Mancha, acompañado por su escudero Sancho Panza y que movido por el generoso deseo de acuchillar a los malandrines y follones, que abundan en Bolivia, venía con rumbo a La Paz.

Por fin Sancho, acongojado de no vislumbrar un sitio de reposos, deteniendo al rucio, increpó a su señor, temeroso de que hubiese equivocado el camino, a lo que éste, volviendo rienda a Rocinante, respondióle:

“Y si no yerran, como que errar no pueden los pronósticos de los astrólogos y adivinadores, esa ciudad se presenta al peregrino de improviso y como surgiendo de un barranco inmenso, antes de llegar a las lindes de la llanura. Caminando poco trecho más, la avistaremos y todo será mirarla para que eso que fatiga llamas, se trueque en blando reposo.

—Pero no se aligerarán nuestras cabalgaduras -interrumpió Sancho-, y aunque quisiérales transmitirles o las transmitieseis realmente, la entereza de vuestro corazón, no sería parte para impedir que la falta de pienso a ellas y el continuo no yantar a nosotros, nos rinda y nos agobie. Mas, señor, yo no tengo que hacer sino lo que ordenéis.

Mas, en esta sazón, acertaron a pasar unos indios que, asombrados del extraño talante del caballero, sin lograr explicarse si era el Danzante o algún carabinero con lanza, se le aproximaron, sombrero en mano, y haciendo las genuflexiones y reverencias con que acostumbran éstos saludar a los señores, diéronle las buenas tardes en un idioma incomprensible. Don Quijote, con firme acento les dijo:

— ¡Oh, vosotros, ilustres descendientes de príncipes manchures o vestales trogloditas, que no por morar en cavernas o ambular en los páramos, ignoráis la grandeza de mis hazañas! no os postréis de hinojos, que, aunque os holgara y ennobleciera el hacerlo ante tan alto caballero, huélgame mayormente el haceros merced de acatamientos y aunque vosotros no lo impetraseis rompería mi lanza para redimiros del cautiverio en que yacéis, pues mi magnanimidad no ha menester de pleitesías ni mi valor de acicate. Decidme, agora mesmo, dónde están ¡qué ardo en deseos de rendir a los que os rindieron, aunque fuesen magos o gigantes!

Pero como los indios, que lo contemplaban suspensos y abobados, sin entenderle una sílaba, vieron que a las palabras acompañaba ademanes amenazadores y llevaba la mano a la empuñadura de su espada, emprendieron precipitadamente la fuga, abandonando a sus asnos. Furioso, Don Quijote, con tan inesperada acción, embrazó la adarga, requirió su lanza, y hubiera acometido a los que huían si el infeliz Rocinante, famélico y extenuado, no se hubiese parado en seco, insensible a la espuela, reciamente agitada por su señor, y si Sancho, saliéndole al paso, no le hubiese requerido con palabras comedidas a dejar la persecución de los villanos que, según él eran jayanes y no príncipes cautivos.

Y así, entre las protestas fogosas del amo y los razonamientos del escudero, caminaron ya un largo trecho, cuando de pronto apareció a poca distancia, rugiendo en vertiginoso empuje, lanzando sonoros resoplidos y ensordecedor estrépito de hierros trepidantes, un tren que se aproximaba a la ciudad. Ambos peregrinos quedaron extáticos ante tan inusitada visión, hasta que el caballero, convencido de la testarudez de su caballo, que no salía del lento paso apeóse con una facilidad que ni armonizaba con el peso de sus armaduras ni con la fatiga que parecía ya rendirle y se lanzó a largos pasos en persecución del monstruo que, huyendo rápidamente, se perdió en una curva del camino.

Cuando Sancho, arreando penosamente a las bestias, logró después de algún rato, dar alcance a su amo, encontróle monologando orgulloso de haber puesto en fuga al más temible y poderoso monstruo que por maleficios y hechicerías habían lanzado contra él.

Concluyó su larga perorata, diciendo:

— Al enemigo que huye, puente de plata, dirías tú, Sancho; mas yo, puente de oro le pondría para que retorne y pueda sentir el impulso de mi brazo y el empuje de mi valor y así enriquecer la historia de la Caballería con una hazaña que recogerían los siglos venideros.

—No os acongojéis, señor- replicóle Sancho, son-reído con satisfacción-, que no hay mejor aventura que la que no ofrece peligro. La grandeza de vuestra hazaña consagrada está ya por la fuga estrepitosa del monstruo.

II

Comenzaba ya a extinguirse la tarde, cuando de súbito apareció ante la atónita mirada de los viajeros, que se detuvieron sobrecogidos de admiración, la enorme cuenca que en cuyo fondo, como palpitando entre levísima bruma acribillada por millares de luces, se extendía la heroica y denodada ciudad de La Paz.

En la inmensa cuenca palpitaba la vida ciudadana. La diafanidad resplandeciente de la atmósfera quebrantada las leyes de la perspectiva y, todo contemplado, súbita e inesperadamente, desde la altura dominante, intensificaba la fuerza de la emoción con la violencia del contraste.

Ante tan insólito espectáculo, prorrumpió Don Quijote en ardientes exclamaciones, pues estaba seguro de que este fantástico retablo esperaba desde siglos la pujanza de su bravura y el denuedo de su brazo. Recordó que, según cronicones ya olvidados, estuvo allí un pariente suyo, llamado Simón Bolívar, y nació en sus proximidades don Pedro Domingo Quijano, que debió dejar luenga prole y, finalmente, aseguró a Sancho que, si hay -como no puede dejar de haber -justicia y acierto en los reyes que por la gracia de Dios reinan en el mundo, debió de ser corregidor de esa ciudad el ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes Saavedra, que lo hubo solicitado al rey nuestro señor.

Y continuó hablando tan largo y tendido, que ni la fatiga ni el frío fueron parte para detener y entibiar su entusiasmo.

Comenzaron a descender por una polvorienta ladera que se retorcía y ondulaba, casi paralela a otras por las que cruzaban ruidosos vehículos.

Llegaron por fin a las goteras de la ciudad y aceleraron, cuanto les fue posible, el paso de sus caballerías. Llegaron a la calle Tumusla, atravesaron la Plaza Alonso de Mendoza y remataron en el tambo de “Quirquincho”, en el que se instalaron, merced al consejo de un arriero que les sirvió de guía desde que se aproximaron a la ciudad.

Aquella misma noche Sancho había trabado relaciones con un gomero llegado de Caupolicán, unos estudiantes que volvían de sus provincias y algunos huéspedes más, todos los cuales, seducidos por las maneras discretas y comedidas y los oportunos decires del escudero, invitáronle a pasear por la ciudad y conocer las costumbres nocturnas de sus habitantes.

Después de mucho andar y recorrer calles y callejas fueron a parar al ya entonces célebre barrio de Chijini, en el que al paso hallaron una casa muy alumbrada, a la que, directamente, entraron, corno si para eso estuviesen ya de acuerdo todos, menos Don Quijote que, sin saber cómo sí ni cómo no, se halló a los pocos segundos en una sala muy alumbrada en la que, al compás de una música canallesca, danzaban, fuertemente abrazadas, parejas de hombres ensombrerados y mujeres escandalosamente escotadas y ataviadas con tan poca honestidad, que le forzaron a decir:

—O no soy quien soy o he de arrojar de esta morada a los danzantes malandrines que maquinan contra el recato de estas fermosas doncellas, condenadas a cautiverio y a cubrir, sólo a medias, el cuerpo con ligeros tafetanes, y si violado habéis su santa clausura, amparados por algún mago proxeneta, a él también rendiréle en esta misma hora y punto.

Mientras los concurrentes le escuchaban, entre asombrados y risueños, una mujer, separándose del grupo formado por las ya desprendidas parejas, díjole:

—Mire, no sea leso; si eta uté curao, pase a la cantina.

—No se caliente m’hyito -díjole otra mujer, asiéndole cariñosamente las manos.

—No soy mijito, ni admito motes, aunque no demando aquí mercedes ni acatamientos.

—Yo, hijo soy sólo de mi madre y de mis obras. Jamás hijo de pudibundas doncellas -respondióle, indignado, el caballero.

Divertidos los del lupanar con las pláticas de Don Quijote, simulando acatamiento ofreciéronle no solamente abandonar el recinto, sino coadyuvar el rescate de las doncellas cautivas; hiciéronle hablar de sus hazañas. Las mujeres acariciábanle la barba y escuchaban con alborozo las protestas de amor y fidelidad que él, rechazándolas suavemente, formulaba en fervorosas cláusulas, recordando a su sin par señora, Dulcinea del Toboso, a la que no ofendería ni de pensamiento, aunque se sintiese, como se sentía, hostigado por los requerimientos amorosos de esas virtuosas damas de alta prosapia y que tan amorosamente se le rendían.

III

—Démonos prisa, Sancho -decíale al despertar al día siguiente-, que ardo en deseos, no de hacer merced a esta ínsula, que no es la que Dios me destina todavía, sino de prestarle amparo en los rigurosos trances que hácenle pasar herejes y mojigangas, y juróte por mis barbas que en parte alguna hace más falta tu señor; que, desde luengos tiempos, jamás caballero andante fue osado de llagar aquí. Y no será en este almenado castillo donde prosigamos dando pábulo al reposo…

Aquí Sancho le interrumpió, diciéndole:

—Advierta vuestra merced que este no es castillo sino posada, y posada de judíos que, como prenda de pago de hospedaje, por poco no me obligan a llevar albardas y aparejos.

—Necio de ti -objetó Don Quijote-, ignoras que es usanza de cuidadores de castillos cobijar prendas de caballeros y guardadlas de acechanzas de villanos, y no olvides que quien no es parco en murmuraciones, pródigo no será en generosidades de obra, y no olvides tampoco que la desdicha deja siempre abierta una puerta a la ventura, y por ella pasaremos, aunque tú no lleves albarda ni yo armaduras, que aquella no hace el jumento ni aquestas al caballero, pues, aunque te maravilles, la fortaleza del brazo se aposenta en el corazón.

—Aunque vuestra merced me lo asegure -respondió Sancho, mientras se ponía las calzas-, yo creeré que un arcabuz, en manos de jayán o de galeote, rendirá al más esforzado corazón y lo acallará, por siempre, si es que éste no está armado o apercibido.

Y así, platicando, acabaron de vestirse y se echaron luego a la calle.

No habían los dos peregrinos andado más de diez varas y ya tras de ellos iba una turba bulliciosa de chiquillos, cholas y desocupados que, atraídos por la catadura extraordinaria del caballero, pugnaban porfiadamente por mirarle la cara, medio oculta bajo la celada, y por aproximarse a él o ganarle la delantera. Todo lo cual indignó a Don Quijote, que se detuvo, se irguió airado para increpar a la multitud, más la presencia de las cholas, a quienes avistó primero, aplacóle de tal suerte que prorrumpió en galantes decires y comedidas actitudes. Y, dirigiéndose a ellas, les dijo:

— ¡Oh!, hermosas doncellas que, olvidando el re-cato que conviene a vuestro estado y sexo, abandonasteis a deshora el lecho para rendir las primicias de vuestra donosura a este invencible caballero…

Iba a continuar, pero su voz se ahogó en descomunal gritería y en espantosa rechifla y una lluvia nutrida de cascaras se cirnió sobre Don Quijote y sobre los más próximos a él, que, entre burlones y azorados, le escuchaban, los que, por ponerse a buen recaudo, arrastraron consigo, en la confusión, hasta un zaguán vecino, al hidalgo caballero, que no dejaba de hablar aunque ya nadie podía oírle.

Felizmente, a la sazón llegó un gendarme a caballo, que, auxiliando al guardián de policía que pugnaba inútilmente por restablecer el orden, consiguió dispersar a la turba, previniendo a Don Quijote que se abstuviera de formar corrillos y provocar escándalos.

Una vez repuesto de la sorpresa el maltrecho caballero, oyó que Sancho le decía:

—Renunciemos a estas andanzas, señor mío, que en este malhadado lugar surgen, o parecen surgir del suelo, como por encanto, gentes abyectas y agresivas, y esas mismas malolientes mujeres, que parecen figurones de feria o perinolas invertidas, decían contra vuestra merced cosas que, aunque no llegué a comprender del todo, porque agarrotaban las palabras en media garganta, pareciéronme soeces denuestos y destemplados epítetos, que alcanzaban, según mi humilde parecer, hasta a vuestra señora madre, a quien Dios tenga en su gloria.

IV

Después de algunos días de obligado reposo, vínosele a las mientes aquello de que el Caballero de la Cueva Redonda, antes de lanzarse a las más temerarias aventuras, solía dar reposo y esparcimiento al cuerpo, paseando, solitario, por lugares apacibles, confundiéndose con labriegos y villanos, y resolvió hacer lo propio, para lo que, despojándose de su armadura y prescindiendo de escudero, abandonó su morada y se lanzó resuelto a recorrer la ciudad y sus alrededores.

Halló unas calles tortuosas en la que edificios muy altos parecían violar las leyes del equilibrio y otros los de la simetría. Vio casas presuntuosas en las que, con artificioso adorno, pretendíase suplir la armonía arquitectónica; casas humildes, casas ancianas, injuriadas por protuberancias florales en las que el estuco perpetró arabescos inverosímiles; carromatos tirados por caballos escuálidos y otros estrepitosos que, sin caballo ni tiro alguno, se deslizaban con admirable rapidez; otros, muy grandes con aspecto de jaulas encristaladas, que caminaban sobre líneas de hierro, traqueteando y haciendo sonar campanillas.

Al cabo de mucho andar, abrióse ante los asombrados ojos del caballero una anchísima y larga calle arbolada, en la que altos edificios, recargados de adornos, exhibían su llamativa petulancia, alzándose sobre jardines brutalmente simétricos que, como perros amaestrados, se agazapaban a sus pies.

Por fin, después de mucho andar, llegó a una especie de plaza cubierta de árboles y cerrada por altos edificios y en cuyo centro, sobre una especie de chimenea cúbica, se alzaba la figura de un chulo muy majo, con la capa airosamente terciada; sobre el ancho zócalo y encaramadas en el pedestal, unas señoras obesas con casco y peplo, otras con  gorros frigios y un cachorro rampante, contemplaban y servían de motivos ornamentales, acreditando su calidad simbólica, con leyendas breves, pero contundentes: “Gloria, Libertad, Progreso”.

Y en caracteres dorados, a manera de lápida cineraria o de anunció comercial, leíse el nombre del procer, con sus respectivas iniciales: “Pedro D. Murillo”. En uno de los bancos verdes, alineados bajo los árboles, bostezaban unos hombres o conversaban gentes, al parecer, desocupadas.

En uno de los frentes destacaba su ancha mole un palacio coronado por esbeltísima torre de áureo esmalte, ostentando la más complicada estructura que haya jamás el caballero visto, y en la que no se había olvidado ningún estilo arquitectónico ni escatimado detalle alguno de ornamentación.

Estupefacto, Don Quijote, ante tan espléndida prodigalidad de estuco, después de lanzar la postrera mirada al misterioso chulo de la chime-nea, resolvió penetrar al interior de tan fantástica morada, sobre cuyo frontispicio se leía: “Palacio Legislativo”. Franqueó una puerta, custodiada por un hombre de altas botas y dorado morrión que, en hierática actitud y más inmóvil que las estatuas, mantenía sobre el hombro un arcabuz muy largo.

Después de atravesar pasillos y ascender por escaleras estrechas, encontróse, con sorpresa in-descriptible, sobre un corredor circular que dominaba una sala de igual forma, en la que, apoltronados sobre inmóviles sillones, reposaban unos hombres, circunspectos y ceremoniosos.

Abriéndose campo entre los espectadores, logró llegar junto al antepecho y, advirtiendo que alguien hablaba, hízose todo oídos para escucharle. Fumaban unos; dormitaban o leían periódicos otros. Vistas desde la altura de la galería, las cabezas de esos señores parecían un semicírculo de calabazas movibles; las había calvas y relucientes, engomadas, las más de agresiva pelambre; se balanceaban lentamente o permanecían inmóviles. A la sazón, decía un orador con elocuente acento:

—Nos debatimos, honorables colegas, en la impotencia o nos detenemos en banales cuestiones sin solucionar los asuntos a tratarse, que tienen papel destacadísimo, como se puede constatar, desde ya. Se los garanto y ello es remarcable; pueden apercibirse por la eclosión de las reacciones públicas.

Al oír esa sarta de galicismos, dislates y barbarísimos, Don Quijote, dirigiéndose a un espectador vecino suyo, díjole:

— ¿En qué idioma habla ese vergante?

—No es vergante, señor, es el honorable Pérez Sánchez, orador contundente y hábil parlamentario.

Don Quijote no pudo oír el final de la respuesta de su interlocutor, atraído por la perorata de otro, que respondía al anterior, y luego de otros más. Don Quijote reflexionaba: tienen piel de castellano estos discursos, pero con piel de cordero pueden vestirse hasta el avestruz y la vulpeja.

Lo sacó súbitamente de sus meditaciones una tromba de aplausos, interrumpiendo a otro orador que, poniéndose de pie, continuó hablando:

—Sí, honorables señores, nosotros los Padres de la Patria, que munidos de la representación que el pueblo nos discernió, venimos al Parlamento, abandonando nuestros hogares e intereses para sacrificarnos por las libertades públicas, rendimos en el sacrosanto templo de la Constitución el holocausto de nuestras virtudes republicanas.

“Con sabias leyes, transformaremos las condiciones étnicas, geográficas y culturales de la Patria y haremos flamear la bandera de la causa del pueblo, bajo cuyos pliegues inmaculados la integridad territorial tendrá como baluarte nuestros corazones, y las libertades públicas como valladar nuestros cerebros; imperativos de la hora presente; postulados supremos de la democracia, ideales prepulsores de la locomotora del progreso, bajo cuyo penacho flotante florecerán, radiantes y fecundas, todas las virtudes republicanas. Triunfará la causa del pueblo, pese a la adversidad, pese al destino.»

Otro estallido de aplausos acalló la sonora palabra del orador.

Don Quijote, aunque no pudo comprender claramente la profunda filosofía de esas palabras, se entusiasmó por lo de sacrificios y holocaustos, y sin poderse contener más, incorporando el busto sobre el barandado y abriendo los brazos, apenas se restableció el silencio, dijo, con robusta voz y entonación solemne:

— Agora comprendo, señores areopagitas o lo que fueseis por qué ya no tiene razón de ser la razón de la sinrazón, ante el razonamiento del razonador que con tales razonamientos raciocina. Y juróos por el Dios que me sustenta que si sacrificaros pretendéis, por vuestra voluntad y talante y en oblaciones y holocaustos inmolaros, jamás permitírelo, pues mientras el cielo sea servido de mantenerme en armas, ellas serán para evitar el sacrificio de inocentes; que no es bien pensado que en este mismo punto y ahora quisiérades facerlo. Que no es de caballeros bien nacidos ni corresponde a mi fama y profesión folgarme en regalada pereza, mientras los de aquesta patria padres os llamáis, expusiéseisla a dejarla en la orfandad, que para socorrer huérfanos y desvalidos enviónos Dios al mundo a los andantes caballeros, y pese a vuestro heroísmo, que más presto que vuestras mercedes me preste yo a…

En este momento, agitando una campanilla y poniéndose de pie, un señor que ocupaba la testera díjole con arrogante y convencida voz:

—Ignora el honorable… señor que ha hecho uso de la palabra desde la barra, lo taxativa y terminantemente dispuesto por el artículo 34 del Reglamento de Debates que prohíbe terciar en las discusiones a quienes previamente no hubiesen obtenido aprobación de sus credenciales o soli¬citado y obtenido audiencia.

A lo que Don Quijote indignado y dominando el murmullo, respondióle:

— Menguada patraña invocáis, señor caballero: que el debatir con reglamento es lo mesmo que combatir con grilletes; que la única regla que no serán osados de torcer los caballeros es la que señala el camino del limpio pensar y del obrar con firmeza y denuedo. Sabed, también que de credenciales sólo han de menester aquellos que por andar en tráfagos vedados no hicieran ya fe con sus hechos y sus palabras y los que en luengo e ignorado cautiverio…

Hubiera continuado Don Quijote, si la algazara provocada por su respuesta no hubiese apagado su palabra con estruendoso vocerío y si un agente de policía secreta no le hubiera cubierto rápidamente la boca, con el sombrero de un espectador, evitando que los indignados concurrentes se le fueran encima.

Cuando se restableció el orden y mientras Don Quijote pugnaba por deshacerse del policía, seguro de ser víctima de algún encantamiento, uno de los señores que se apodaban honorables, pidió voto de censura para el intruso; otro, en larga y elocuente oración, hizo la exégesis del artículo 34, infringido en aquel momento, con desmedro del decoro nacional, y pidió la dispensación de trámites, a lo que se opuso un tercero, demostrando, con vibrante lógica, la necesidad de consultar previamente al jefe del partido, porque “lo contrario equivaldría a desbaratar la disciplina política, firme base sobre la que reposa la unidad nacional y el porvenir de la Patria”. Muchas veces los aplausos frenéticos de los espectadores le cortaron la palabra.

Otro, que dijo ser del bando opuesto, aseguró con acento conmovido, que el desacato que se produjo era imputable a la mayoría. El público lo ovacionó con delirio. Arrullado por los aplausos prosiguió hablando del incidente hasta que la luz del día, que se tamizaba, amortiguada ya, a través de la encristalada cúpula que coronaba el recinto, fue reemplazada por la que se encendió, súbita-mente, en las innumerables ampolletas eléctricas de las lujosas arañas, lámparas y candelabros que exornaban el salón, lo que maravilló totalmente a Don Quijote que, derribando al policía que le asediaba, intento, pero no pudo, salir en busca de sus armas para volverlas contra el mago, su enemigo oculto que pretendía agobiar su entereza con acaecimientos jamás oídos, vistos ni leídos en libro alguno y que más parecían obra del demonio que de cristianos.

Vanamente pretendieron prosar varios caballeros, a quienes los rebosaba la elocuencia y les congestionaba el cerebro un cúmulo de ideas destinadas a defender la inviolabilidad del violado artículo; vanamente, porque el orador siguió hablando de este “importante tópico”, que continuaría estudiándolo en la sesión inmediata y en las sucesivas si era preciso.

Intrigado Don Quijote por la frecuencia con que, recíprocamente, se daban, esos oradores, el calificativo de «honorables», preguntó a un vecino:

— ¿Por qué se denominan “honorables” esos señores?

—Porque son diputados.

— ¿Y vosotros, no os consideráis honorables, por ventura?

—No, señor, porque no somos diputados. Y le volvió la espalda, temeroso de que las interrogaciones del caballero le impidieran salir a tiempo para ovacionar, desde la plaza, a los oradores de su partido.

V

Al día siguiente y después de reparar como mejor pudo sus armas y vestimenta, caballero en rocinante y seguido de su fiel criado, se aventuró de nuevo por esas calles de Dios.

No bien hubo abandonado el zaguán del tambo de “Quirquincho”, cuando un automóvil que pasaba lanzando sonoros resoplidos, espantó a su caballo, el que por poco no derriba a una vieja que por allí caminaba, la que regañando, temblorosa y asustada, metióse a una casa próxima, haciéndole señales de cruz, como si fuese el demonio, sin escuchar ni atender las buenas razones del caballero, que juraba matar al monstruo causante del atropello, tan pronto como si se pusiese nueva-mente en su presencia, y que ya lo hubiese hecho a no haber fugado cobardemente.

Iba Sancho a decir algo, cuando se presentó, seguida de mucha gente, una pareja de agentes de seguridad que les intimó arresto.

—Marche usted a la policía – díjole uno de ellos- dese preso.

Como Don Quijote se dispusiese a darle explicaciones, continuó el otro policía:

—Hará usted su exposición ante el comisario de semana. O marcha callado o toco el pito y lo llevo del cogote.

Ambos polizontes a la vez abalanzáronse bajándolo del caballo, y apoderándose de sus armas, condujéronlo al puesto de policía, seguidos de bulliciosa muchedumbre que impidió oír las sabrosas pláticas y elocuentes protestas con que impugnaba el prisionero a los feroces policías, que intentaban replicarle, aunque no le comprendían.

Sancho, que permaneció entretanto, inadvertido, medio muerto de miedo, tomó las de Villadiego, rumbo a su posada, arreando como pudo a Rucio y Rocinante.

Al volver a su habitación, después de haber acomodado en la cuadra las caballerías, encontróse con personas de distintos aspectos y edades que iban a darle la bienvenida, con reporteros, fotógrafos y curiosos; personas, todas, atentas y obsequiosas que deploraban la prisión de su señor y, pidiéndole datos, dábanle ancho margen para soltar la sin hueso. Todas concluyeron alabando su discreción y prudencia y deplorando que su señor hubiese faltado de obras y de palabras a la autoridad.

Después de algunos días de amargo arresto, por haber faltado a la autoridad y promovido escándalos en vía pública, salió de la prisión el de la Triste Figura, pero no sus armas, que, por ser de uso prohibido, debían ser decomisadas.

Sin acertar el camino, y después de andar por calles para él desconocidas; acribillado por los dolores físicos; rendido por la fatiga y extenuado por el hambre, cayó exánime en pleno arroyo, el jamás como se debe alabado caballero.

Conducido a un hospital, pasó días muy largos y noches más largas todavía, sin más consuelo que la presencia piadosa de una hermana que lo escuchaba con paciencia, quizá con interés y que, como él, era natural de la Mancha.

El día que lo echaron del hospital, llegó tras muchos inútiles andares al tambo, en busca de su escudero, pero él ya no estaba allí; habíanlo trasladado a un gran hotel sus innumerables amigos y admiradores.

Y, solo y abatido, buscó vanamente algún descendiente de caballero andante. Anduvo en busca de aventuras, ávido todavía de enderezar entuertos, desfacer agravios o socorrer doncellas desamparadas; pero ¡oh, dolor! sólo halló agravios fue aporreado y escarnecido y, antes de ser des-terrado de la ciudad por vago y malentretenido (según amenaza oficial que recibió), determinó partir al día siguiente, para lo cual buscó a Sancho, a quien, con la ayuda solícita de un preceptor jubilado, medio inválido y medio mendigo, logró encontrarlo, instalado en suntuoso alojamiento, vestido de inusitada manera. Llevaba flamante levita de airoso vuelo que, disimulando las groseras protuberancias de su abdomen, alivianaba, en parte, sus naturales tosquedades; calzaba relucientes zapatos acharolados, con caña de suave gamuza gris perla, que afinaba en lo posible sus anchos pies de jayán; peinado como un gomoso, esmeradamente afeitado, con lentes de oro y guantes de piel de Suecia, presentóse el buen Sancho.

Después de mucho mirarlo y restregarse los ojos, reconoció a su fiel escudero y, con airada voz, le dijo:

—Hazme caso, por tu voluntad abandonado ¿eres víctima de sortilegios y encantamientos, o es que, por ventura, la regalada holganza y el buen yantar te han desviado el seso y decidídote a vestir de esa estrafalaria manera?

—Absténganse de reproches y cuchufletas vuestra merced y no sea más osado de herirme ni zaherirme que, sin vos haberlo procurado ni requerido, hánme proclamado gobernador vitalicio de aquesta ínsula, y como honor no pedido del cielo viene, y la voz del pueblo es la de Dios, desoír no quise la de este pueblo y heme, pues, sin yo pensarlo, con el peso del gobierno a cuestas. Que el no saber leer no me hace falta y, en teniendo el mando y el palo, haré lo que quisiera; otro firmará por mí y lo tendrá a vanagloria y como las necedades del poderoso por sentencias pasan en el mundo, no he menester de sabiduría sino de poderío para que el vasallaje me sea rendido, y aunque de gobernar ínsulas sé tanto como un jumento, no me pasará del magín aquello de que dádivas quebrantan peñas, y que entre muelas cordales no hay que meter el dedo, y que antes que cortarse las uñas vale más tenerlas bien pulidas para el bien parecer, y que librea provechosa vale más para el vasallo que tisona blasonada; seguiré, Dios mediante, buen camino.

—Maldito de Dios seas, Sancho -interrumpió Don Quijote-, malditos tus refranes, que estás dándomelos agora, como trago de tormento. Cárguense setenta mil satanases y quítente el gobierno tus vasallos o váyanse al demonio en hora mala, con la ínsula que, para vergüenza mía, por yo haberte traído, has de gobernar. Mas, con-suélame y quítame escrúpulo, el que con veras y discreción supe aconsejarte y que, violentando mis deseos y desacatando mis órdenes, te truecas de siervo de caballero en amo de bellacos.

—Guardad vuestras razones, señor Don Quijote-respondióle Sancho-, que con las que aprendí de estos señores, un negro de uña me importa cuánto vos dijereis, que ya no creo ni en Dios ni en el Diablo, ni en la Caballería y, por último, más sabe el necio en su casa que el sabio en la ajena.

—Eso no – dijo enfurecido Don Quijote-, el necio ni en la suya ni en la ajena sabe nada y sobre el cimiento de la necedad no sienta ningún discreto edificio y el de tu gobierno pronto caerá con las patas arriba ¡oh, vil y pérfido jayán! a quien en hora nefanda amé y saqué del estercolero.

Y sollozando amargamente, salió de la lujosa estancia del señor gobernador, el maltrecho y casi desnudo caballero.

VI

Con la desolación en el espíritu y andando trabajosamente, encaminóse a su posada, resuelto a partir cuanto antes de esta aciaga ciudad. Pidió que le trajesen a Rocinante, único amigo leal que en el mundo le quedaba; pero no lo pudo haber más. Era prenda, en concepto legal, del alojamiento y del forraje y, aunque menguada para cubrir el total pago, tuvo que ser destinada a este fin, por más que Don Quijote protestase en nombre de la Caballería Andante, de Dios y de la justicia; implorase merced al cielo y protección a los hados; se deshiciese en razonamientos, imprecaciones, lágrimas y denuestos.

Sus armas, reliquias simbólicas de quien fue flor y lucero de la Andante Caballería, contempladas a la luz del genio por cien generaciones reverentes, quedaron depositadas en la Policía de Seguridad, porque su uso estaba aquí prohibido y era «cuerpo del delito», de la infracción, pendencia y faltamiento a la autoridad.

Y así: inerme, desolado, andrajoso, sin escudero y sin caballo, salió de la ciudad heroica de La Paz, para no retornar nunca.

Biografía

(La Paz, 1883 – Cochabamba, 1944) Escritor y jurista boliviano. Fue profesor de la Facultad de Derecho y rector de la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz. Hombre culto, reposado y de fina ironía, hizo un análisis social de su país y de su tiempo en La máscara de estuco.

De formación romántica y con criterio abierto para las corrientes modernistas, Juan Francisco Bedregal se dedicó con ahínco a cuidar la pureza del idioma; correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, fundó la Academia Boliviana de la Lengua y fue su primer presidente; también presidió la Fundación Universitaria Patiño.

Su labor literaria no es extensa: poeta elegante y sencillo, tuvo sus momentos de narrador (Cuentos), de preceptista (Resumen de Preceptiva Literaria) y de crítico (Estudio sintético de la literatura boliviana, 1910 a 1924); pero lo más interesante de su producción se encuentra en La máscara de estuco, ya citada, y en su otro libro Figuras animadas, conjunto de breves ensayos de fondo filosófico, entre los que figura una curiosa evocación del Don Quijote de Miguel de Cervantes titulada Don Quijote en la ciudad de La Paz. Su hija Yolanda Bedregal fue también una renombrada poetisa y novelista.