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José Santos Machicado / Por la capa y no por la vaca

I

Se cuenta que á mediados del siglo xviii había en el pueblo de Sicasica un corregidor que, en punto á justicia y en lo que atañe al cumplimiento del deber, no condescendía con nadie, dando así cumplida
honra al nombre de Justo Severón que llevaba.

Don Justo frisaba en los 40 años de edad, era honrado sin ostentación, gobernaba suave y rectamente á su familia, y entre las virtudes cristianas que practicaba, solía poner especial esmero en la caridad.

No pocos chascos, y algunos bien desagradables y dañosos á su bolsillo, hubo de experimentar con tal motivo; porque, conocida su inclinación á favorecer á los pobres y desvalidos, el espíritu de embuste y de engaño llegó á explotar malamente su beneficencia.

Después de cada uno de estos percances de equivocación ó de error de su parte, hacía propósitos, no de negarse á la caridad, sino de ser más precavido en adelante; pero caía siempre en las trampas de los infelices fingidos y contrahechos.

Los corazones buenos son generalmente crédulos y fáciles de alucinar.

No faltó ocasión en que estuvo á riesgo de perder la paciencia, y entonces, pasado el primer momento de exaltación, se calmaba diciéndose filosóficamente: más vale ser engañado que negarse al socorro de quien lo necesita ó asegura que lo necesita.

Don Justo no pecaba de tonto; al contrario, la inteligencia y la perspicacia sobresalían en él, dominadas por la voluntad.

Estos tipos y caracteres que nunca ceden en la santa severidad del bien, aunque dulces y blandos en el fondo, francos y leales, aunque un tanto duros y ríspidos, que nos han dejado los españoles, disminuyen
deplorablemente cada día, y por desgracia tienden á desaparecer por completo.

II

Un día se presentó en casa de don Justo un hombre de buen aspecto y mal vestido. Pertenecía á la raza de los mestizos y no aparentaba más de treinta años.

—¿Cómo te llamas? –le preguntó don Justo.

—Mateo Renca –contestó el extranjero.

—¿De dónde vienes?

—De Lima, señor.

—¿De Lima?

—Sí, señor. Me hallaba al servicio de un caballero que viajaba de Lima á La Paz. En Arica sufrió no sé qué contraste y resolvió regresar á Lima, negándose á llevarme por falta de fondos, según dijo. Viéndome
abandonado, tomé el camino de la sierra con intención de pasar á Potosí, donde es fama que hay oficio lucrativo para todos.

—Oficio no falta en ninguna parte para el hombre honrado –replicó don Justo, fijando sus ojos investigadores en Mateo Renca.

Este le pareció de complexión delicada para el trabajo de minas, y, por otra parte, más inteligente y dispuesto que el común de los hombres de su clase.

—Supongo que tu profesión no es la de minero; has de tener alguna otra.

—Soy sastre, señor, aunque me hallo resuelto á trabajar en cualquier oficio.

—Bueno, hombre, te doy albergue en mi casa; permanece los días que quieras, y sigue tu camino cuando te acomode.

—Mil gracias, señor. Dios sabrá pagárselo á Vd.

Mateo Renca tuvo cuidado en mostrarse activo, comedido y complaciente; todo lo hacía de buena voluntad, pronto y bien.
Don Justo y los de su familia estaban encantados de las prendas de Mateo, y no tardaron en cobrarle afecto.

Don Justo le propuso que permaneciese con él, y aceptó sin muchos rodeos.
Se concertaron en seguida, y Mateo fué agregado á la casa en calidad de sirviente á sueldo.
En el transcurso de un mes no hubo en la familia del corregidor más que alabanzas para la conducta de Mateo Renca.

III

Un día se presentó á don Justo un antiguo criado llamado Marcelo, que hacía las veces de mayordomo á causa de su comprobada fidelidad, y le dijo:

—Señor, parece que Mateo intenta marcharse.

—¡Hola!, ¿y en qué te fundas para afirmarlo?

—Hace algún tiempo que no le pierdo de vista.

—He comprendido que tú y él no os estimáis.

—Confieso, señor, que desde el principio concebí sospechas de la verdad de la historia que refirió para explicar su venida á estos lugares.

—Y tus sospechas ¿resultan ciertas?

—No precisamente; pero poco menos, como lo verá Vd. Se empeñó en el aseo y arreglo del cuarto de aparejos y monturas, que los ejecutó en buena ley, y ayer por la tarde al salir de dicho cuarto, concluido ya su trabajo, noté que llevaba algo debajo de la ropa. Nada le pregunté, temiendo equivocarme. Sin embargo, la comezón de la curiosidad ó de la malicia no me dejaba reposo, hasta que, aprovechando su ausencia de hoy, he registrado sus cosas, encontrando este lío…

—¿Está ausente hoy?

—De orden de Vd. fué al campo en pos de los alcaldes indígenas.

—¿Y qué contiene ese lío?

—Véalo Vd.: dos cucharas, un plato y un par de estribos de plata, envueltos en dos camisas y una frazada.

—¡Habrá bribón más hipócrita y taimado! Me lo traes inmediatamente que vuelva.

Mateo Renca no volvió á la tarde, ni al otro día.

Con tal motivo decía don Justo á Marcelo:

—El pillastre se fugó indudablemente. Reparó que estaba descubierto, y no pudo llevarse el robo.
—Pero se llevó la capa de Vd.

—¿Mi capa?

—Sí, señor, su capa de paño de San Fernando. La he buscado en toda la casa sin encontrarla.

—¡Está visto! La gente se malea y se corrompe rápidamente –exclamó don Justo–, y es posible que llegue el día en que no haya en quién confiar.

IV

Transcurrieron ocho meses después de los sucesos que hemos narrado, acaecidos en los primeros del año.

Por noticias que le transmitieron los pasajeros, don Justo tuvo conocimiento de que Mateo Renca se hallaba en Potosí, que vivía con holgura sin trabajar, y que la autoridad no le perdía de vista por sospechársele de oficios é industrias castigados por la ley.

Un día recibió el parte de que una vaca de la hacienda C., robada en la semana anterior, había sido encontrada una mañana por los comisarios, juntamente con el ladrón que la ordeñaba en el camino.
Don Justo sentíase indispuesto y no salía de su casa. Mandó á venir á los comisarios y tomó informes de ellos, resultando de sus investigaciones: que el presunto ladrón era harapiento y transeúnte de á pie; que se negaba á decir su nombre; y que explicaba la circunstancia de habérsele sorprendido con la vaca, asegurando que la halló al pasar el camino, proponiéndose sacar leche en un vaso que llevaba consigo, en vista de la mansedumbre del animal, y obligado por la necesidad del hambre.

Don Justo pensó que, habiéndose recobrado la vaca y estando el ladrón en la imposibilidad de pagar multa o indemnización de daños, lo más conveniente era imponerle un castigo temporal, por vía de corrección, y soltarlo.

En consecuencia ordenó que se administrasen á dicho ladrón, el cual indudablemente debería serlo no obstante sus excusas, 50 azotes, y que se le diese libertad.

A la media hora volvieron los comisarios y le dieron parte de que, acabado de efectuar el castigo, se presentaron los señores M. y P., propietarios de las fincas circunvecinas, declarando que la vaca en cuestión no parecía haber sido robada sino extraviada, porque fué vista andando de su cuenta varias veces y en diversos lugares.

Don Justo se inmutó visiblemente, y mandó á los comisarios repetir el parte.

—¡Un inocente castigado! –exclamó con amargura–. He aquí una falta imperdonable en la autoridad. Es necesario darle satisfacción; es necesario ofrecerle compensaciones… Traedlo aquí.

Marcelo, que estaba presente, dijo, viendo la exaltación de su amo: —Quizá no tanto, señor; quizá no tanto.

—¿Por qué te permites esas palabras?

—Tengo mis razones. Que venga el ladrón.

Este no tardó en llegar con los comisarios.

Tenía la cara pálida y sucia y los cabellos caídos sobre la frente.

—Siento mucho el error que se ha cometido con Vd. –le dijo don Justo con voz melosa y casi compungida.

—Señor, nadie quiso escuchar mis descargos…

—¡La voz de Vd. no me es desconocida!

—Es la de Mateo Renca –intervino Marcelo.

—¡Cómo! ¿Mateo?

—Y si no, mírele Vd. la cara –añadió, acercándose á este y echándole atrás sus cabellos que le tapaban la frente.

—Sí, efectivamente, aunque un poco desfigurado, es él.

—¡Señor!, perdóneme Vd. –exclamó Mateo, cayendo de rodillas.

—Levanta, belitre; que no sé si voy á llorar o reír. Pero no, el caso es más de risa que de llanto.

Y don Justo soltó una carcajada.

—Ya sabes –continuó–, por la capa y no por la vaca tenías bien merecido cincuenta azotes y aún más. ¡Y ahora, largo!, antes que se me ocurra hacértelos repetir. Te notifico que salgas á la brevedad posible de los términos de Sicasica. De lo contrario te remito con buena custodia á la subdelegación, o te pongo en la cárcel hasta que de algún distrito judicial te reclame un exhorto o requisitoria, que no puede tardar, supuesto el interés que inspiras á la justicia.

Mateo Renca dióse prisa en marcharse, y los comisarios despejaron la habitación.

—¡Quién lo había de pensar! –se decía don Justo–. Es rara la forma en que ese vagabundo ha venido á pagar el robo de la capa.

El hecho fué comentado y no tardó en alcanzar verdadera celebridad.

El nombre de don Justo Severón, corregidor de Sicasica, se hizo popular, y la frase “por la capa y no por la vaca” pasó á la categoría de adagio ó refrán.

Desde entonces, cuando un inocente se ve castigado por un delito que se le atribuye en falso, si bien es culpable de otro ú otros, se dice: “por la capa y no por la vaca”.

Y si á la víctima inocente de una pena no se le conocen otra ú otras faltas, suele decirse entonces, recurriendo á una presunción de maledicencia: “ha de ser por la capa y no por la vaca”.
La maledicencia humana es sutil y lista para buscarse compañías honorables ó aun respetadas.

V

En el mes de octubre de 1867 se había perpetrado un asesinato con caracteres horribles de fiereza y crueldad, en el lugar llamado Thaqui-cala (camino de piedra).

Thaqui-cala es una vía que, saliendo de la quebrada de Sorata más ó menos por el oeste-noroeste, conduce á la notable estancia de San Pedro, y después á los pueblos de Chuchulaya, Timusi y otros.
Desciende de la villa de Sorata por el oeste, deriva un tanto á la derecha, atraviesa los torrentes de Challasuyo y Guajcha-hahuira, y haciendo un ascenso fragoso y áspero, sigue faldeando el cerro Iminapi.
El punto de ascenso se llama Thaquicala y da nombre al camino.

Es un lugar poblado de monte bajo, donde los árboles alternan con enormes pedrejones, mal asentados al parecer y amenazando rodar.

El cerro, en esa parte, es de pendiente rápida y cubierta de césped rústico; el río San Cristóbal corre precipitado en un cauce estrecho y profundo.

El ascenso de Thaqui-cala es difícil y mortificante á causa del piso desigual, de las piedras atravesadas que forman gradas o saltos y de las vueltas irregulares y caprichosas; el descenso, sobre todo lo dicho, es
literalmente pésimo y no exento de peligros.

El borde del camino presenta sitios sin ningún atajo: especie de balcones que dominan el río á una altura vertiginosa.

Thaqui-cala es un lugar que ofrece los atractivos de la soledad y las bellezas salvajes de la naturaleza, muy próximas á lo terrífico y espantable.

VI

El cadáver de Juana Murieno fue encontrado en la orilla del río y conducido á Sorata.

Los esfuerzos de averiguación descubrieron que Juana Murieno era una joven mestiza procedente de la provincia de Muñecas; que vivía en la estancia de San Pedro con su amante, Román Pinastro, vecino del lugar y sombrerero de profesión; que la pareja armaba frecuentes peloteras, ocasionadas por los celos de Pinastro y que en la tarde anterior había dejado la estancia dirigiéndose á la villa.

Motivos existían para creer que Juana Murieno fué asesinada al llegar la noche.

Dos niños indígenas, que á esa hora recogían leña en las inmediaciones, habían visto caer una mujer desde una eminencia de Thaqui-cala; que á poco vino un hombre, el cual echó al río el cuerpo palpitante; que el río no se llevó el cuerpo y el hombre lo volvió á sacar, poniéndolo en la orilla; que allí cubrió el cuerpo con ramas secas y trató de hacer fuego sin lograr que este ardiera; que, por último, quitó la faja de la cintura de la mujer, y la ahorcó, amarrando uno de los extremos al tronco de un árbol; entonces ellos emprendieron aterrados la fuga.

Preguntados los muchachos sobre el aspecto y figura del matador, dieron las señas de la talla y del vestido del sombrerero Pinastro, á quien todos conocían en Sorata.

El cadáver, lastimosamente maltratado, confirmaba la declaración de los muchachos; presentaba equimosis y heridas por el choque contra las aristas de roca y las piedras; el cabello y el vestido estaban chamuscados por el fuego; profundamente amoratado el cuello y la lengua suelta.

El cadáver se hallaba expuesto en el atrio de la iglesia.

Rugió de indignación el pueblo, y las mujeres comenzaron á llorar, dando alaridos de compasión y de coraje.

—Es necesario capturar al asesino –se dijo, y se despacharon comisiones á San Pedro y á otros lugares, dándose la consigna de inmediata denuncia, si fuese visto en la población.

VII

Al otro día, á eso de las dos de la tarde, corrió la voz de que Román Pinastro se hallaba en una casa del barrio de San Sebastián.

La noticia circuló con rapidez y el pueblo se congregó, en pocos momentos, con objeto de capturar al asesino.

Este, apoyado en una pared baja que daba á la calle, miraba plácido y curioso á los primeros grupos que llegaron.

Mas, cuando oyó que gritaban, señalándole con las manos: “¡él es!, ¡no se nos escape!, ¡hay que amarrarlo!”, no faltando quien añadía: “¡hay que matarlo!”, el hombre se asustó, como que no tenía la conciencia tranquila, refugiándose en el interior de la casa.

Perseguido allí por la muchedumbre que aumentaba por instantes, hizo prodigios de fuerza y de gimnasia, escurriéndose de entre los que ya le rodeaban y asían, y saltando la tapia posterior de la casa, huyó por el campo libre.

Burlado el pueblo, se precipitó en pos de él, dando grandes voces: “¡al bandido!, ¡al asesino de Juana Murieno!”.

El hombre corría con toda la ligereza que le era posible, y la masa del pueblo, compuesta de hombres, mujeres y niños de la plebe, y aún de algunos jóvenes de clase superior, le seguía sin perderle de vista.
Ese conjunto de gente, moviéndose siempre y de prisa, afecta á las formas aterradoras, ya de las hinchadas aguas de la inundación, ya las de una larga y gruesa serpiente, ya las de un pulpo enorme que juega á la vez sus muchos brazos.

El perseguido pasó por el costado derecho de la capilla de San Sebastián y, descendiendo la cuesta, trató de alcanzar el camino de la quebrada de Challapampa.

Grupos de gente que ocupaban diversos puntos de ese lado le obligaron á torcer hacia la derecha.
Corrió en dirección del molino de Yaurini, atravesó este á cierta altura y continuó por la falda del cerro.
Vióse detenido por una pendiente inaccesible, y á punto de caer en manos del furioso tumulto, se tendió de espaldas dejándose rodar hasta la playa del río Challasuyo, por el sitio que le pareció menos peligroso.
Allí también encontró gente enemiga, y al instante estuvo rodeado.

No tardó en llegar el grueso del pueblo, que le acometió sañudamente.

Al son de los apóstrofes de: “¡verdugo!”, “¡asesino!”, “¡bandido!”, “¡cobarde!” y otros, fue aporreado y arrastrado por los cabellos sobre la arena y las piedras.

El ataque se encarnizaba. El hombre había sufrido ya algunos pinchazos en la cara, y las demás mujeres disponían sus grandes agujas de prender los rebozos y mantillas.

Intervinieron los jóvenes, entonces, á fin de evitar un asesinato.

Se esforzaron por recordar al pueblo que el delincuente pertenecía á los jueces, quienes les juzgarían según las leyes.

Lograron arrancarle de en medio de la multitud, y le escoltaron hasta la población.

El hombre no dijo nada; el terror le embargaba la lengua.

VIII

El juzgado de instrucción se hallaba situado en la plaza, donde ahora se veía reunido casi todo el vecindario de Sorata.

El juez y el fiscal se encontraban juntos, y salieron á la puerta, atraídos por la novedad de la presencia del presunto reo.

Este ofrecía un aspecto deplorable: la cara pálida y ensangrentada, los pelos desgreñados, el vestido rasgado en varias partes, daban testimonio de los riesgos que había corrido.

—¡Hola!, famoso Román Pinastro –le dijo el instructor–, debe Ud. pasar á la cárcel. Mañana se le tomará la indagatoria.

—Señor, no soy Román Pinastro; me llamo Agustín Quinto.

—¡Cómo que no es Vd. Pinastro! ¿No es Vd. vecino de San Pedro?

—No, señor. Soy vecino del cantón Quiabaya.

—¿Qué embrollo hay aquí? –exclamó el juez instructor.

Varios de los circunstantes se acercaron, contemplando fijamente al preso.

Después de algún rato y de comunicarse en voz baja sus impresiones, dijeron al fin:

—Efectivamente no es Pinastro, pero se le parece mucho.

—¡Raro, y más que raro, terrible! –repuso el juez–. Sería el caso de que una equivocación casi acaba con un inocente.

Se llegó una anciana al juez y le alcanzó un pliego, diciéndole:

—Señor, este recurso.

—Déselo, señora, al actuario.

—Señor, dígnese leerlo, se trata de este hombre.

Él leyó el escrito con manifiestas señales de sorpresa, y lo pasó al fiscal. Cuando este hubo terminado la lectura, le dijo á aquel:

—Esta no es equivocación ordinaria; es la de don Justo Severón, corregidor de Sicasica.

—Exacto –respondió el fiscal, sonriendo.

—Señor –insistió la anciana–, hace cuatro días que Agustín Quinto robó á mi nieta, menor de 18 años. He venido en seguimiento suyo, y apenas he podido llegar esta mañana. Tenga Vd. piedad de una pobre huérfana.

El juez, conteniendo la risa que le retozaba en los labios, dirigió á Quinto estas palabras:

—Amigo, tenga Vd. paciencia. Es por la capa y no por la vaca.

—Pase Vd. á la cárcel –añadió el fiscal–, y enseguida se procederá según ley.

La novedad del suceso se pintaba en todos los semblantes.

Los avisados y maliciosos reían francamente.

IX

En un grupo de señores, en que se encontraba el cura, se produjo el siguiente diálogo:

—Es de admirarse que un hombre se parezca tanto á otro.

—Y también que se parezca en el delito.

—¿Qué se parezca en el delito?

—Pues, claro, mató el uno y el otro robó á una mujer: delitos de faldas ambos.

—Lo cierto es que el que la hace la paga.

—Bien dicho –agregó el señor cura.

—En eso no estoy muy conforme. Yo sé que algunos las han hecho bien gordas, y no las pagan. Al contrario…

—Gozan de buena fama y de consideraciones. Pero hay otra vida añadió el señor cura.

—¡Ah!, si para entonces me la dejas…

—No puede ser de otra manera –continuó el cura–, si tenemos fe en la inmortalidad del alma y en la justicia suprema de Dios.

—Así es, así es –dijeron respetuosamente los demás.

Referencia biográfica

Nació en Sorata (La Paz) en 1844 y falleció en 1920, también en La Paz. Narrador y periodista. Es autor de La hija del español y el patriota (1872), Paráfrasis de los salmos penitenciarios (1886), Pío ix. Apuntes biográficos (1888), Homenaje literario a la Virgen Santísima (1904), Cuentos bolivianos (1908), La instrucción católica (1911) y Nuevos cuentos bolivianos (1920).

“Por la capa y no por la vaca” fue tomado de Cuentos bolivianos, Friburgo de Brisgovia: Herder.

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