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Jon Fosse y la mística intempestiva del siglo XXI

Rafael Narbona

El último premio Nobel de Literatura ha recaído sobre el escritor noruego Jon Fosse. Fosse es católico y no se conforma con reiterar la tesis existencialistas, trufadas de pesimismo. El mundo no le parece absurdo. La realidad no es solo biología o química, sino un feliz proceso en el que han emergido el amor, el bien y la belleza. Y esa tríada no es un simple convención social, sino un signo de trascendencia. En nuestro interior, parpadea una chispa divina.

Para Fosse, lo esencial no es narrar una peripecia, sino crear una atmósfera que propicie una revelación. El mundo exterior solo es un camino hacia el mundo interior. Describir un paisaje es un ejercicio de introspección, no una mera recreación. Cuando se describe algo, por mucha nitidez que se logre, siempre hay algo que se escapa y eso es lo esencial. Más allá de lo que ven los ojos o reproducen las palabras, hay algo irrepresentable, pero que es lo auténticamente real.

Fosse no escribe para apropiarse de la realidad, sino para señalar los límites de la comprensión humana. La razón no puede proporcionar el sentido del mundo. Solo la experiencia mística puede crear una apertura que nos ayude a vislumbrarlo, pero de una forma incompleta. Fosse es un visionario que ha aceptado la penumbra del no saber, un asceta que utiliza la palabra para propagar el silencio, un escritor del límite.

Sócrates señaló que la sabiduría comienza con un límite. El límite es el territorio fronterizo entre lo que se manifiesta y lo que se resiste a objetivarse. Paradójicamente, lo que se esconde es el fundamento de lo que aparece. A ese límite podemos llamarlo Dios, aunque sabemos que esas cuatro letras solo son un signo incapaz de expresar lo que representan.

El positivismo lógico sostiene que Dios es una palabra vacía de contenido, pues no designa ningún objeto del mundo físico. Esta objeción no repara en que Dios no es un dato empírico, sino alteridad radical. Como señala George Steiner, las fronteras del conocimiento no son límites empobrecedores, sino lo que nos hace experimentar “la certeza de un sentido divino que nos supera y nos envuelve”. Eso que llamamos trascendencia no es algo que está fuera, más allá, sino algo que comienza en el aquí y ahora, manifestando la profundidad de lo real.

La experiencia religiosa no se adquiere solo mediante ritos, sino también por medio de la poesía, la música, la pintura, y su misión no es competir con la razón científica, sino ayudarnos a encontrar la paz interior. No se trata de consolarse con la ilusión de hipotéticos trasmundos, sino de habitar el mundo con serenidad y coraje. Frente a la razón instrumental, que ejerce violencia sobre la naturaleza y la sociedad, la perspectiva espiritual adopta una disposición de escucha, similar a la que empleamos al oír una sinfonía, leer un poema o contemplar una obra de arte. Como Wittgenstein advirtió, lo esencial no es reducible a una proposición lógica. No cabe expresarlo. Solo es posible intuirlo, atisbarlo e incorporarlo a la vida como rito, vivencia, praxis.

La fe no es -según Karen Armstrong– una adhesión teórica, sino “un cambio profundo en la conciencia”. Convertir a Dios en un absoluto que justifica la persecución del otro, del extranjero, hereje o disidente, constituye “una negación sacrílega de todo lo que Dios representa”. La experiencia religiosa comienza cuando dos o tres personas estrechan sus manos y tejen un vínculo de solidaridad.

Ese vínculo convierte la trascendencia en presencia, en algo efectivo y real. El ateísmo es un fenómeno necesario, pues ha servido para descargar a la experiencia religiosa de ídolos e interpretaciones infantiles. La fe no es una suspensión de la razón, sino “kenosis perpetua”, como afirma Armstrong, un vaciarse de los prejuicios y egoísmos que nos alejan de los otros. Salir de uno mismo para vincularse con la vida en sus distintas formas -semejanza, alteridad, misterio, diferencia- es la única manera de experimentar la trascendencia.

La experiencia religiosa es una comprensión más profunda del mundo. La santidad no nace de la obediencia, sino de acoger y liberar al pobre, al extranjero, al oprimido, al desamparado. Esa apertura no es mera solidaridad, sino una auténtica teofanía. Todos los seres humanos son santuarios de lo trascendente, templos donde habita la llama de lo sagrado e infinito.

Se repite a menudo que la ciencia explica la realidad de forma convincente, pero los físicos no creen que las fórmulas matemáticas sean algo más que sombras de una totalidad indescriptible. “La vida supera a la ciencia”, afirma el físico y pastor anglicano John Polkinghorne. La imposibilidad de distinguir el fenómeno de la observación (experimental o matemática) y el hecho de que las propiedades de las partículas solo se manifiestan al entrar en relación con otras entidades impugnan la visión newtoniana de lo real como algo objetivo.

Las grandes certezas de la física se han desmoronado. El espacio tridimensional y el tiempo unidimensional se han convertido en aspectos de una continuidad cuatridimensional. Los átomos no son elementos sólidos e indestructibles, sino estructuras con un 99,9999999 % de vacío.

El tiempo fluye a un ritmo diferente en función de la velocidad a la que nos desplazamos. En la escala subatómica, no hay diferencias fundamentales entre partículas y ondas: las partículas pueden comportarse como ondas y viceversa. La gravedad no es una fuerza, sino un efecto de la deformación (o curvatura) del espacio por un cuerpo grande. El teorema de Kurt Gödel nos advierte que cualquier sistema lógico o formal necesita axiomas inverificables para sostenerse. Todos los paradigmas científicos están incompletos y colapsarían sin axiomas externos que no pueden justificarse con sus leyes.

“El mundo se desvanece y nos esquiva -escribe el físico Percy Bridgman-. Nos enfrentamos con algo verdaderamente inefable”. En la ciencia, como apuntó Einstein, lo más honesto es reconocer que “lo que es impenetrable para nosotros existe realmente, que se nos manifiesta como la sabiduría suprema y la belleza más radiante, [y] que nuestras torpes facultades solo pueden comprender sus formas más primitivas”.

Después de los sesenta millones de vidas destruidas durante la Segunda Guerra Mundial, el escepticismo se propagó por el mundo. Auschwitz parecía la demostración definitiva de la inexistencia de Dios. Algunos proclamaron que Dios se había vaciado en el mundo, pero no había sido capaz de controlar su creación. Algunos objetaron que Auschwitz certificaba la muerte del Dios creado por la Modernidad, ese Dios omnipotente y omnisciente que había creado el mundo desde la nada, pero aún quedaba en pie el misterio primordial de lo sagrado.

Había que repensar lo divino desde una nueva perspectiva. Dios no es un ente, sino -como apunta el teólogo Paul Tillich– “la preocupación última”. Es decir, el compromiso de buscar la verdad, la belleza, el amor, la justicia, la compasión. Dios es un misterio que explicamos simbólicamente, urdiendo relatos y mitos. La muerte de Dios es una etapa más en ese proceso. Una etapa necesaria y clarificadora, pues pone fin al imperio de las religiones, abriendo el paso a la posibilidad de vivencias espirituales más creativas.

El Maestro Eckhart describió a Dios como la alteridad o diferencia que se halla más allá de Dios mismo, el inaccesible fondo metafísico que no podemos escindir del ser humano, sin condenarlo a la perplejidad y la angustia. Dios es esa justicia que no existe, pero que anhelamos. La promesa que late más allá del deseo. ¿Qué aporta el cristianismo a la comprensión de Dios? Un mañana ético.

Al encarnarse, Dios se sume en la finitud de lo humano. Solo desde ahí puede anunciar con credibilidad que el mal no triunfará. Como apunta Jürgen Moltmann en El Dios crucificado: “Dios pasó por Auschwitz y ahora Auschwitz está en Dios. Gracias a eso, hay un mañana para sus víctimas”.

Jon Fosse se suma a la lista de escritores como Graham GreeneFlannery O’Connor, Julien Green o Heinrich Böll que se han atrevido a desafiar a la modernidad, postulando la existencia de Dios. La Academia Sueca ha premiado esa rebeldía intempestiva. Fosse nos enseña que la esperanza siempre es más poderosa que la experiencia. Bajo su luz, se abren caminos. Lejos de ella, solo hay abismos.

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