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Jesús más allá del bien y el mal

José Pablo Juárez

Era una tarde cualquiera en una plaza cualquiera. Palomas, bancos de piedra, el ruido de la ciudad a lo lejos. Y en medio, un hombre.

Delgado, de cabello largo y barba espesa. Vestía ropa gastada y sandalias polvorientas. No parecía un predicador tradicional; más bien tenía aspecto de vagabundo. Pero hablaba con una calma que atraía, con una mirada que no juzgaba.

—Ama a tu prójimo como a ti mismo —decía con voz pausada—. Solo eso. No necesitan más.

La gente lo rodeaba. Algunos asentían. Otros solo miraban, curiosos.

—El camino es el amor —seguía—. Todo lo demás son inventos.

Hasta que un hombre bien vestido, de traje oscuro y corbata impecable, atravesó el círculo y se plantó frente a él.

—Si tu Dios existe —dijo con voz fuerte, para que todos oyeran—, ¿por qué no detiene las guerras?

El predicador lo miró en silencio. Sus ojos no cambiaron: ni se endurecieron, ni buscaron excusas. Solo esperó.

El hombre de traje continuó:

—Miles mueren mientras tú hablas de amor. Niños en bombardeos. Familias enteras. ¿Dónde está tu Dios en todo eso? ¿Por qué no baja de los cielos y para las balas? ¿O acaso es que no puede? ¿O no quiere?

La tensión creció. La gente miraba al predicador, esperando una respuesta. Una defensa. Un milagro, quizás.

El predicador sonrió levemente. No con burla, sino con algo parecido a la tristeza.

—Tienes razón —dijo—. No detiene las guerras.

El hombre de traje arqueó una ceja. No esperaba esa respuesta.

—¿Entonces? —insistió—. ¿Admites que tu Dios es un incompetente? ¿O un cruel que permite la matanza?

El predicador negó con la cabeza.

—No es que no pueda. No es que no quiera. Es que las guerras no son suyas.

—¿Cómo que no son suyas? —el hombre elevó la voz—. ¡Si es todopoderoso, todo lo que pasa en el mundo es su responsabilidad!

El predicador lo miró fijamente.

—Dime una cosa —preguntó con calma—. Cuando dos hombres pelean en una calle, ¿de quién es la pelea?

—De ellos, obviamente —respondió el hombre de traje, molesto.

—Cuando dos países declaran la guerra, ¿de quién es la guerra?

—De los países.

—Cuando un hombre mata a otro por odio, ¿de quién es el asesinato?

—Del asesino —dijo el hombre, empezando a impacientarse—. ¿A dónde quieres llegar?

El predicador dio un paso al frente.

—Si la pelea es de los hombres, si la guerra es de los países, si el asesinato es del asesino… ¿por qué le pides cuentas a Dios de lo que los hombres hacen con su libertad?

El silencio se hizo pesado. El hombre de traje parpadeó, pero no respondió.

—Tú —continuó el predicador, señalando suavemente al hombre de traje—, ¿crees en Dios?

—No —respondió el hombre, desafiante—. Soy ateo.

—Entonces —dijo el predicador con una sonrisa tranquila—, ¿por qué le exiges explicaciones a alguien en quien no crees?

El hombre abrió la boca. No salió nada.

—Si Dios no existe —siguió el predicador—, las guerras las hacen los hombres. Si Dios existe, las guerras también las hacen los hombres. El problema no está en el cielo. Está aquí.

Señaló al pecho del hombre.

—Y aquí —se señaló el suyo.

El hombre de traje apretó los puños. Quería rebatir, pero las palabras no llegaban.

—Te diré más —añadió el predicador, con la misma voz pausada—. Todo eso que llaman «mal»… infierno, demonios, pecados… todo eso lo inventaron los hombres para justificarse. Para tener a quién echarle la culpa. Para no mirarse al espejo.

La gente murmuraba. Algunos asentían. Otros fruncían el ceño.

El hombre de traje respiró hondo. Cuando habló, su voz había perdido el filo.

—Entonces… ¿Dios no tiene la culpa de nada?

—Dios no tiene la culpa de nada —confirmó el predicador—. Tampoco el mérito de todo. Dios no está en el negocio de la culpa ni del mérito. Eso lo inventaron ustedes.

El hombre de traje bajó la cabeza. Hubo un silencio denso, como cuando una pregunta verdadera flota en el aire esperando ser sostenida.

—¿Y para qué sirve Dios, entonces? —preguntó al fin, ya sin soberbia, solo con curiosidad.

El predicador levantó la mano y señaló a la gente alrededor.

—Mira. Están aquí. Me escuchan. No porque necesiten que alguien les diga qué hacer. Sino porque necesitan recordar que pueden amarse. Eso es todo. Dios no viene a arreglar el mundo. Viene a recordarles que el mundo lo arreglan ustedes… o no lo arregla nadie.

El hombre de traje no dijo nada. Se quedó quieto, mirando al suelo, observando al hombre que aún no se movía. El predicador esperó un momento, luego retomó su frase como si nada hubiera pasado:

—Ama a tu prójimo como a ti mismo.

Fue entonces cuando una señora de edad avanzada, con vestido modesto y un rosario entre los dedos, dio un paso al frente. Había escuchado todo en silencio, pero ahora sus ojos reflejaban una inquietud profunda.

—Entonces… —preguntó con voz temblorosa— ¿el demonio no es culpable de las guerras y de la maldad en el mundo?

El predicador la miró con suavidad.

—El demonio no existe —respondió con calma—. Dios es todopoderoso.

La señora lo miró con desconcierto.

—Pero… toda mi vida me enseñaron que el demonio es el culpable. Que él tienta, que él corrompe, que él causa el mal.

El predicador negó suavemente con la cabeza.

—Dígame una cosa: cuando dos personas se odian, ¿quién es el culpable?

—Ellas mismas —respondió la señora.

—¿Y cuando un hombre miente para dañar a otro, quién es el responsable?

—El mentiroso.

—Entonces —dijo el predicador—, ¿para qué necesitan un demonio?

La señora calló.

—La palabra «demonio» —continuó él— viene de los griegos. Para ellos, un demonio era un espíritu, una fuerza, a veces buena, a veces mala. No era un ser malvado por naturaleza. Los primeros cristianos usaron esa palabra para traducir ideas hebreas como «espíritus impuros» o para referirse a los dioses de otros pueblos. Pero en los textos más antiguos no hay un ser que sea «el mal en persona», un enemigo de Dios que actúe por su cuenta.

—¿Y Satanás? —preguntó la señora.

—Satanás, en la lengua en que se escribieron esos libros, significa «el acusador». Aparece como alguien que cuestiona, que pone a prueba, pero siempre dentro de un orden superior. No es un rebelde. Es como un fiscal en un tribunal: su función existe, pero no se opone al juez.

—¿Y los ángeles que cayeron?

El predicador sonrió con tristeza.

—Esa historia aparece en libros antiguos que no forman parte de las Escrituras. Son leyendas, interpretaciones, formas de explicar el mal que los humanos inventaron porque no soportaban mirarse al espejo y decir: «Esto lo causamos nosotros».

La señora guardó silencio, apretando el rosario.

—El mal —continuó el predicador— no necesita un general. Necesita soldados. Y los soldados son ustedes, cuando eligen el odio, la mentira, la indiferencia. Eso es todo. No hay un gran complot celestial. Hay pequeñas decisiones humanas que causan dolor.

—Usted es religiosa, ¿verdad? —preguntó el predicador.

—Sí —contestó ella, enderezando la espalda—. Soy católica.

—Dígame entonces. En los libros que leen, ¿en algún momento aparece un ser maligno que sea un verdadero contrincante de Dios?

La señora se quedó pensando. Movió los labios como repasando imágenes de catecismo, sermones de domingo.

—No… —admitió al fin, con cierto desconcierto—. Nunca lo había pensado así.

El predicador asintió.

—Esa idea vino después. Tomaron palabras como «Luzbel», que en un texto antiguo se refería a un rey humano, y le inventaron una historia. Tomaron imágenes de otras culturas y las mezclaron. Pero en el fondo, todo es lo mismo: la necesidad de creer que el mal viene de fuera.

—¿Y Satanás no es un contrario de Dios? —insistió la señora.

—Nadie lo es —respondió el predicador con firmeza—. Si Dios es todopoderoso, no hay nada fuera de Él que pueda oponérsele. El mal nace y crece dentro de usted. Es un vacío que los humanos llenamos con nuestras malas decisiones.

Si el mal fuera externo, Satanás al tentar a Dios se lo hubiera implementado ya, pero no fue así. Buscaba que el mal naciera en Jesús. En Jesús nacía el bien y el mal como uno mismo, así como en todos nosotros.

El silencio volvió a la plaza. Algunas personas se miraban entre ellas, procesando lo que escuchaban.

—El mal existe —continuó el predicador, más pausado aún—. Pero está en nosotros. Está aquí.

Señaló su pecho.

—Y está aquí para que, al causarnos dolor, entendamos. Las guerras las hacemos nosotros. El dolor viene de nosotros.

Una brisa movió las hojas de los árboles de la plaza.

—En las historias antiguas —dijo el predicador— hay una figura que representa el caos, el desorden. Los babilonios hablaban de Tiamat, una serpiente marina primordial. Para ellos, los dioses tenían que matarla para crear el mundo. Pero cuando los hebreos contaron su propia versión, cambiaron la historia. En sus textos, ese monstruo no es un enemigo al que hay que destruir. Es una criatura que Dios mismo creó, que existe, y con la que incluso juega.

—¿Dios juega con el caos? —preguntó alguien entre la multitud.

—Dios juega —confirmó el predicador—. Porque el caos no es su enemigo. Es parte de su creación. El desorden no es algo que Dios tenga que eliminar. Es algo que Dios ordena, pero respeta. Como respeta su libertad.

Se volvió hacia la señora.

—Ese mal del que hablan… ese desorden que causa dolor… no es un contrario de Dios. Es la maldad que inventó el hombre para hacerse daño. No hay un gran enemigo allá arriba. Lo que hay son pequeñas maldades aquí abajo, en cada corazón que elige odiar en lugar de amar.

—¿Y Dios no lo derrotará? —preguntó la señora, casi en un susurro.

El predicador sonrió con una tristeza profunda.

—No será derrotado por Dios. Será derrotado por ustedes. Por su entendimiento de la causa del dolor. Por su decisión de no repetirlo.

La señora guardó silencio. El hombre de traje, que aún no se había movido, levantó la vista y miró al predicador.

El hombre de barba y cabello largo dio un paso atrás, abarcando con la mirada a todos los que estaban allí.

—Por eso les digo —concluyó con voz serena pero firme—: amen a sus hermanos como a ustedes mismos.

Nadie habló.

El viento siguió moviendo las hojas. Las palomas picoteaban entre las piedras. La ciudad seguía sonando a lo lejos.

—Jesús jamás habló del mal como un reino eterno ni como un enemigo externo. El mal no es una fuerza que viene de fuera; es algo que germina en la misma tierra que nosotros. Miren sus manos: el trigo nace en el mismo surco que la cizaña. El sol que alimenta a uno, alimenta al otro.

Hizo una pausa, dejando que el murmullo de la plaza se apagara por completo.

—Escuchen bien: el bien y el mal no son opuestos en guerra, ni el mal es la simple ausencia del bien. El mal es la cáscara con la que nace la semilla. Es esa envoltura dura y necesaria que nos protege al principio, pero de la cual debemos deshacernos para poder crecer. La semilla que se aferra a su cáscara termina por pudrirse en su propio encierro; solo la que se atreve a romperla conoce la luz.

El hombre de traje escuchaba ahora con una atención casi dolorosa.

—Ambos viven dentro de nosotros —continuó el predicador—, pero no como soldados en una batalla, sino como parte de nuestra propia naturaleza. Usted puede elegir cultivar el trigo o dejar que la cizaña lo cubra todo. Dios no va a intervenir en su cosecha, porque el campo es suyo. Pero entienda esto: si elige la cizaña, el dolor no será un castigo divino; será la consecuencia natural. De esa elección nacen las guerras, el odio y la autodestrucción. El dolor es solo el grito de una vida que se niega a romper su cáscara.

Miró a la multitud, retomando su camino entre los bancos de piedra.

—No será derrotado por Dios. Será derrotado por ustedes. Por su entendimiento de la causa del dolor. Por su decisión de no repetirlo.

La señora guardó silencio. El hombre de traje bajó la cabeza.

El predicador, ya alejándose, volvió a repetir como si nada hubiera pasado:

—Ama a tu prójimo como a ti mismo.

El predicador se detuvo un instante, mirando las sombras que los árboles proyectaban sobre el suelo. La multitud no se había movido. El hombre de traje seguía allí, con la cabeza baja. La mujer del rosario apretaba las cuentas entre los dedos, pero ya no rezaba.

—Le llamamos «mal» a las cosas que no entendemos —dijo, y su voz sonó distinta, como si viniera de más adentro—. Y porque no las entendemos, nos causan daño.

Señaló sus propios ojos.

—»La lámpara del cuerpo es el ojo» —dijo—. Cuando tu ojo es bueno, todo tu cuerpo está lleno de luz. Pero cuando tu ojo es maligno, tu cuerpo está en tinieblas.

Alguien preguntó desde el fondo:

—¿Y el rico de la historia? El que negó las migajas a Lázaro. ¿No está sufriendo en el fuego?

El predicador asintió con tristeza.

—El rico construyó un muro. Eso fue todo. Día tras día, colocó una piedra entre su puerta y la calle. Entre su pan y el hambre del otro. Entre su nombre y el nombre del mendigo. Cuando el muro fue lo bastante alto, ya no pudo ver a Lázaro. Tampoco pudo verse a sí mismo del otro lado.

Hizo una pausa.

—El fuego no lo puso Dios. El fuego es lo que arde cuando ya no puedes atravesar el muro que tú mismo construiste.

La mujer del rosario dio un paso al frente.

—¿Y el perdón? —preguntó con voz queda—. ¿Dios perdona o no perdona?

El predicador se quedó en silencio por un momento.

—Toda mi vida me enseñaron que el pecado ofende a Dios —dijo—. Que hay que pedir perdón para que Él borre la culpa.

El predicador negó suavemente con la cabeza.

—¿A quién ofendes cuando hieres a tu hermano? —preguntó—. ¿A Dios o a tu hermano?

—A mi hermano —respondió ella.

—¿Y a quién ofendes cuando te hieres a ti mismo con tus malas decisiones?

Ella dudó.

—A mí misma —admitió.

—Entonces —dijo el predicador—, ¿para qué necesitas un intermediario entre tu hermano y tú? El perdón no es una moneda que Dios te da para que pagues tus deudas. El perdón es cuando tú y tu hermano dejan de verse como enemigos y empiezan a verse como lo que son: dos personas hechas del mismo polvo.

El ateo levantó la cabeza.

—Entonces, ¿el perdón no es un acto divino?

—El perdón —respondió el predicador— es un acto humano que revela lo divino. Cuando cambias tu mirada, cuando ves que el que te ofendió no es un monstruo sino un hombre que también erró el blanco, cuando ves que tú no eres la víctima inocente sino alguien que también ha lanzado piedras… en ese instante, ocurre el perdón. No es magia. Es claridad.

Señaló sus propios ojos.

—»La lámpara del cuerpo es el ojo», les dije. Si tu ojo es bueno —si ves bien—, todo tu cuerpo está lleno de luz. Si tu ojo es maligno —si ves mal—, todo está en tinieblas. El pecado es mirar mal. El perdón es aprender a mirar bien. No hay más misterio que ese.

El ateo guardó silencio un largo rato. Luego preguntó:

—Y si alguien ha hecho daño, ¿no necesita que Dios lo perdone?

El predicador sonrió con tristeza.

—Dios no está esperando con una lista de tus errores para ver si los castiga o los borra. Dios es el horizonte hacia el que te mueves cuando empiezas a ver con claridad. Cuando corriges tu mirada, cuando dejas de justificarte, cuando reconoces que lanzaste la piedra… ya estás en el perdón. No necesitas que nadie te lo conceda. Necesitas que nadie te impida ver.

La mujer del rosario apretó el rosario, pero esta vez no rezaba. Pensaba.

—Entonces… ¿yo puedo perdonarme a mí misma?

—Tú puedes dejar de mirarte como si fueras solo tu error —dijo el predicador—. Puedes empezar a mirarte como alguien que está aprendiendo a apuntar mejor. Eso es el perdón. No es olvidar lo que hiciste. Es dejar que lo que hiciste te enseñe a no hacerlo más.

Hizo una pausa. El viento movió las hojas de los árboles.

—Por eso les digo: amen a su prójimo como a ustedes mismos. Porque si no saben amarse a ustedes mismos —con sus aciertos y sus errores—, ¿cómo van a amar al otro? Y si no saben perdonarse a ustedes mismos —corrigiendo su mirada cada vez que yerran—, ¿cómo van a perdonar al otro?

El silencio se hizo más denso. El hombre de traje levantó por fin la cabeza.

—Entonces —dijo, y su voz había perdido todo desafío—, ¿el mal… está en nosotros?

El predicador lo miró a los ojos.

—Hay una historia —dijo—. Habla de un hombre que encontró una sombra en su casa. Cada noche, la sombra crecía. Se movía. Susurraba. El hombre llegó a creer que era un demonio. Rezó. Ofreció sacrificios. Pidió ayuda a los sabios. Pero la sombra seguía allí.

—¿Qué hizo? —preguntó el hombre de traje.

—Una noche, cansado de tener miedo, encendió todas las lámparas de la casa. Y entonces vio: la sombra era suya. Era él mismo proyectado contra la pared. No había demonio. Había un hombre que no quería reconocer su propia figura.

El predicador se puso en pie.

—El mal no tiene poder propio. Solo el que le damos mientras permanece oculto. Es un secreto que guardamos de nosotros mismos. Pero cuando lo miras de frente… cuando entiendes que esa sombra es tuya… el secreto se rompe.

—¿Y el demonio? —insistió la mujer del rosario.

El predicador sonrió como quien recuerda algo muy antiguo.

—»Demonio» —dijo—, en la lengua de los griegos, era cualquier espíritu. Un mensajero. Una fuerza. A veces buena, a veces no tanto. Pero nunca fue el nombre de un rey del mal.

Señaló el cielo, luego la tierra.

—En los libros más viejos, cuando Dios habla desde la tormenta, no le dice al hombre: «Vencerás al mal». Le dice: «Mira el avestruz, cómo corre sin sentido. Mira el hipopótamo, cómo come sin preguntarse. Mira la lluvia, cómo cae sobre el desierto donde no hay nadie». Le está diciendo: «No todo es para ti. No todo es contra ti. El mundo es más grande que tu miedo».

La mujer del rosario guardó silencio. Sus dedos soltaron el rosario, que colgó inmóvil de su mano.

El predicador dio unos pasos hacia el centro de la plaza. Las palomas se apartaron sin volar, solo caminando a un lado.

—Jesús no vino a explicar el mal —dijo, casi para sí mismo—. Vino a decir: «Mira de otra manera». Porque la forma en que miras el mundo es el mundo en el que vives.

El silencio que había dejado la última frase del predicador no duró mucho. No fue roto por la multitud, sino por el chirrido pesado de las grandes puertas de bronce de la catedral, que se abrieron de par en par en el costado norte de la plaza.

De la penumbra del templo emergió una figura que cortó el aire. Era el Cardenal, envuelto en una sotana de seda negra con ribetes carmesí y una muceta de un rojo tan intenso que parecía sangrar bajo la luz del sol. El brillo de la cruz de oro sobre su pecho hería los ojos. Caminaba con una seguridad absoluta, rodeado por dos acólitos que apenas se atrevían a levantar la vista.

Se detuvo en lo alto de la escalinata, observando el «alboroto» con un gesto de profundo desagrado. Para él, aquella reunión de gente común escuchando a un hombre polvoriento no era una búsqueda espiritual, sino un desorden público.

Bajó los escalones con paso lento y rítmico. La gente, acostumbrada a inclinarse ante su presencia, se abrió paso instintivamente.

—¿Qué es este ruido? —preguntó el Cardenal con una voz profunda, educada para dominar catedrales—. ¿Qué clase de veneno están bebiendo?

Una mujer joven, con los ojos aún brillantes por las palabras del predicador, se atrevió a hablar:

—¡Cardenal! ¡Dice que el demonio no existe! Dice que Dios es omnipotente y no tiene rivales… que el mal somos nosotros.

El Cardenal se detuvo en seco. Su rostro, pálido y afeitado con esmero, se tensó. Dirigió su mirada hacia el predicador, quien permanecía de pie junto a un banco de piedra, con las manos vacías y la túnica gastada.

—¿Quién ha dicho tantas tonterías? —sentenció el Cardenal, su voz ahora cargada de un veneno frío—. El demonio es real. Es tan real como el aire que respiran y está aquí mismo, entre nosotros.

Se acercó al predicador hasta quedar a pocos centímetros. El contraste era brutal: la seda frente al harapo, el oro frente al polvo.

—Mírenlo bien —dijo el Cardenal señalando al hombre de barba—. Él es el demonio. No viene con cuernos ni fuego, viene con la habilidad de la palabra, poniéndolos en contra de Dios. Les convence de que no existe para que bajen sus defensas, para engañarlos y llevarlos al abismo.

El Cardenal no se retiró. Se quedó en lo alto de la escalinata, su figura recortada contra el negro de la catedral como un cuervo gigante. Extendió su mano enjoyada, señalando al predicador con un dedo tembloroso de una furia sagrada.

—¡Escuchadlo! —gritó el Cardenal, su voz rebotando en las paredes de piedra—. ¡Dice que no hay pecado! ¡Dice que vuestras culpas son inventos! Si no hay demonio que os tiente, entonces la maldad que habéis hecho es solo vuestra. ¡Él os está condenando al vacío! ¡Él es el vacío!

La multitud, que momentos antes sentía el alivio de la libertad, experimentó un vuelco violento. La libertad, de pronto, pesaba demasiado. Sin un demonio a quien culpar de sus envidias, de sus robos y de sus odios, se quedaban desnudos frente a sí mismos. El ser humano prefiere un verdugo externo a un espejo interno.

El predicador se puso en pie y, mirando fijamente a la mancha roja en la escalinata, alzó la voz:

—El único que necesita demonios eres tú, para tener llenas tus catedrales. Los necesitas para no aceptar la culpa que tienes ante el mundo. ¡Satanás no existe como un adversario, ni siquiera en tus libros! Entiendan: el árbol malo siempre dará fruto malo; no busquen la causa en el viento, búsquenla en la raíz.

Pero el Cardenal, lejos de amedrentarse, rugió hacia la multitud:

—¿Es que no lo ven? ¿Están ciegos? ¡Es exactamente lo que siempre se les ha advertido! Es la habilidad del Maligno para convencerlos de su inexistencia. Los seduce con palabras suaves para que bajen la guardia, y luego los castiga por haberle hecho caso. ¡Vuelvan al camino de Dios o arderán en el infierno por este impostor!

El aire se volvió espeso. La gente empezó a alborotarse, los murmullos se transformaron en gruñidos de animal acosado. Fue entonces cuando el hombre de traje, el ateo que antes buscaba lógica, dio un paso al frente con el rostro desencajado por el pánico.

El ateo dio un paso atrás, buscando refugio en su lógica.

—¿Independencia? —se burló—. Tus templos son monumentos a la mansedumbre, al rebaño que agacha la cabeza. Nietzsche buscaba al hombre que se separa de la masa, al que camina solo. Tu Jesús solo pide ovejas.

El predicador soltó una risa que nada tenía de sagrada y todo de guerrera.

—Nietzsche fue un principiante en la soledad —dijo—. Él propuso separarse de la turba, pero Jesús fue mucho más radical: propuso la división del individuo consigo mismo. No vino a unir a la humanidad en una masa tibia de amor sentimental; vino a amputar lo que nos hace esclavos, aunque eso signifique cortar nuestros lazos más profundos.

El hombre de traje lo miró con desconcierto. Entonces el predicador citó, con una voz que parecía tallada en piedra:

—»No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia casa.» (Mateo 10:34-36).

El silencio en la plaza se volvió gélido.

—¿Entiendes ahora? —prosiguió el predicador—. Esa «espada» no es para el cuello del vecino; es para cortar el cordón umbilical con el rebaño social, con la tradición que te hereda miedos, con la familia que te quiere pequeño. Jesús exige una independencia absoluta. El superhombre no es quien domina un imperio, sino quien es capaz de quedarse solo, incluso odiado por los suyos, por ser fiel a su propia luz interior. Nietzsche mató a un Dios externo; pero Jesús mató la necesidad del hombre de pertenecer a algo que no sea su propia verdad.

El mérito del guerrero

—Nietzsche te dijo que la religión es el consuelo de los débiles —siguió el hombre de barba—. Pero escucha la ley del mérito que él no quiso leer:

—»Porque al que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.» (Mateo 25:29-30).

—Ese no es el lenguaje de un pastor de ovejas indefensas —sentenció el predicador—. Es el lenguaje de un aristócrata del espíritu. Jesús te dice que la vida no te debe nada por el simple hecho de existir. Si no produces fuerza, si no multiplicas tu voluntad, serás devorado por la oscuridad. La «paz» que ustedes buscan es la de la tumba; la que él ofrece es la del guerrero que ha vencido al mundo porque ya no depende de él.

El Cardenal, desde la escalinata, alzó su cruz de oro como si fuera un escudo contra un hechizo.

—¡Blasfemia! —rugió—. Dios está en su trono celestial, y desde allí juzga la obediencia de sus siervos. ¡Tú eres el heraldo del abismo!

El predicador se volvió hacia él, pero sus ojos no miraban la seda roja, sino el vacío que había detrás.

—Tu «trono celestial» es el escondite de los cobardes —dijo con una calma que helaba la sangre—. Ustedes buscan el Reino en las nubes para no tener que buscarlo en el espejo. Nietzsche dijo que había que «matar a Dios» para que el hombre fuera libre, pero no entendió que la verdadera muerte de Dios es la disolución de la distancia.

Señaló al ateo y luego a la multitud.

—Escuchen bien lo que se les dijo y lo que han olvidado: «Si vuestros guías os dicen: ‘Mirad, el Reino está en el cielo’, entonces las aves del cielo os precederán. Si os dicen: ‘Está en el mar’, entonces los peces os precederán. Pero el Reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros.» (Evangelio de Tomás, 3).

Hizo una pausa, dejando que el peso de la autonomía cayera sobre la plaza.

—Al decir que el Reino está dentro, Jesús mató al Dios-Policía. Si el Reino es interior, la responsabilidad es absoluta. Ya no puedes pedir perdón a las alturas por el trigo que no sembraste. Ya no puedes culpar a un demonio por la cizaña que dejaste crecer. Nietzsche gritaba que Dios había muerto porque no soportaba la idea de un testigo eterno; pero Jesús fue más valiente: él hizo al hombre testigo de sí mismo.

—Entonces… —balbuceó el ateo—, si el Reino está dentro, nosotros somos…

—Ustedes son los únicos arquitectos —sentenció el predicador—. No busquen el Reino en el cielo, porque el cielo es un estado de la voluntad. El superhombre no es quien niega lo divino, sino quien encarna lo divino al asumir la carga de su propia existencia. Dios no ha muerto para dejarnos huérfanos; ha muerto como «otro» para nacer como «nosotros». Por eso, quien no se conoce a sí mismo vive en la pobreza, y él mismo es esa pobreza.

El diálogo integrado

El Cardenal bajó un escalón más, su sombra cubriendo al predicador como una mancha de sangre.

—¡Yo soy el guardián de la verdad eterna! —clamó—. Fuera de esta Iglesia, solo hay hueso y ceniza.

El predicador levantó la vista y, por primera vez, su voz no fue un susurro, sino un trueno que hizo vibrar los vitrales de la catedral:

—¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Te envuelves en seda para que nadie huela el rastro de tu propia decadencia.

El predicador dio un paso firme hacia la escalinata, desafiando el espacio sagrado del jerarca.

—Toda moral es, en el fondo, un largo atrevimiento —continuó—. Hubo un tiempo en que los hombres de espíritu crearon valores porque tenían la fuerza para sostenerlos. Pero tú, y los que son como tú, han tomado ese atrevimiento y lo han disfrazado de «verdad eterna». Cuando la voluntad de un hombre se disfraza de ley divina, se convierte en la peor de las tiranías. No proteges a Dios, Cardenal; proteges el cementerio que has construido alrededor de su recuerdo para que nadie note que el Reino, el verdadero Reino, hace mucho que huyó de tus manos hacia el interior de los hombres libres.

El Cardenal guardó silencio un momento, y luego, dirigiéndose a la multitud, dijo:

—Él es Satanás y está contra la iglesia que fundó Cristo. Todos arderán en el infierno si lo escuchan. Él es el anticristo que viene a dividirnos. Nadie podrá llegar al cielo con el Creador si no es por la iglesia de Cristo y disfrutar de su perdón y la vida eterna.

La multitud se quedó en silencio. Luego murmuró. El miedo los empezaba a invadir y el miedo —el único demonio real— los poseyó.

Alguien gritó:

—¡Es el mal encarnado! ¡Hay que deshacernos de él!

—¡Hay que crucificarlo! —gritó el ateo, señalando al predicador con odio—. ¡Las guerras siempre se hacen en nombre de su Dios! ¡Él es el causante de que el mundo viva en sangre! Si todos fuéramos ateos, si este hombre no viniera a hablar de divinidades invisibles, no habría guerras. ¡Él es el veneno que alimenta el fanatismo!

El grito del ateo fue la chispa en el polvorín. La multitud, unida ahora por el odio común, se volvió una sola bestia agresiva.

—¡Es Satanás! —gritó una voz.

—¡Es el Mal encarnado! —respondió otra.

La gente se lanzó contra el predicador con una violencia ciega. Lo rodearon, lo derribaron y empezaron a golpearlo con puños y pies, despojándolo de sus ropas gastadas hasta dejarlo casi desnudo en el frío suelo de la plaza.

—¡Crucificadlo! —clamaban las voces, poseídas por una sed de sangre que creían santa.

Al no encontrar una cruz, la turba lo arrastró hasta un poste de hierro en el centro de la plaza. Lo amarraron con cuerdas toscas, apretando los nudos hasta que la piel se le tornó morada. El predicador no gritaba; solo los miraba con una compasión que enfurecía aún más a sus verdugos.

El hombre de traje fue el primero en recoger una piedra del suelo. La lanzó con la rabia de quien quiere destruir su propia duda. Tras él, la señora del rosario, los comerciantes, los obreros… todos tomaron las piedras de la calle.

Una lluvia de rocas comenzó a caer sobre el cuerpo amarrado al poste. Cada golpe era un intento de los hombres por enterrar su propia responsabilidad bajo un montón de escombros. El Cardenal, desde lo alto, cerró los ojos y unió sus manos en oración, mientras el sonido de las piedras chocando contra la carne llenaba el silencio de la tarde.

La lluvia de piedras no se detenía. Cada impacto era un intento desesperado de los presentes por liberarse de sus propios pecados, por arrojar fuera de sí la oscuridad que el predicador les había obligado a mirar. Lanzaban las rocas como si, al herirlo a él, pudieran herir a su propia conciencia.

No entendían que todos estaban hechos de lo mismo: una mezcla indivisible de luz y sombra, de bien y mal. Al elegir el camino de la violencia, su elección del mal estaba destruyendo a un inocente, pero en sus mentes nubladas, ellos creían estar haciendo el bien. El error de su percepción era, en sí mismo, el verdadero pecado.

El predicador, atado al poste, ya no era más que un cuerpo quebrado. Su piel estaba teñida del rojo de la tierra y de su propia vida, pero su mirada seguía fija en un punto más allá de la plaza. Ya no podía articular más palabras; el aire le faltaba y el peso de la piedra final le hundía el pecho.

Haciendo un último esfuerzo, levantó la vista hacia el cielo que se tornaba púrpura con el atardecer. Sus labios se movieron en un susurro casi imperceptible, una frase que atravesó el ruido de los insultos y el chocar de las piedras:

—Padre, perdónalos… no saben lo que hacen.

Y tras esas palabras, su cabeza cayó sobre su pecho. Expiró en un silencio que, de pronto, se volvió tan pesado que detuvo todos los brazos en el aire.

La plaza quedó muda. La señora del rosario soltó la piedra que aún sostenía, y el golpe seco contra el suelo sonó como un disparo. El hombre de traje, con las manos temblorosas y el rostro manchado de polvo, retrocedió espantado al ver que el «demonio» no se transformaba en nada, que solo era un hombre muerto que se parecía demasiado a él mismo. Su conciencia le decía: si Dios ni el demonio existen, ¿por qué has asesinado?

Desde lo alto de la escalinata, el Cardenal hizo la señal de la cruz, pero sus ojos no reflejaban triunfo, sino el vacío de quien sabe que ha ganado una batalla a costa de perder la verdad.

Uno a uno, los verdugos se retiraron. El Cardenal, con un movimiento solemne de su capa, regresó a la penumbra de su catedral para seguir reinando desde el dogma y el incienso. La multitud se marchó en un silencio sepulcral, con los hombros hundidos bajo el peso de una «victoria» que se sentía como una derrota.

En la plaza, solo quedó un hombre. El ateo permanecía frente al cadáver del predicador, con una piedra todavía apretada en la mano, tan fuerte que le dolían los dedos. Al ver aquel cuerpo roto y amarrado, la respuesta a su pregunta inicial le golpeó con la fuerza de un rayo: ¿Quién hace las guerras?

No era Dios. No era el Diablo. No eran siquiera los libros sagrados.

Entendió, con un terror lúcido, que el mal no necesita religiones para prosperar. El mal no es una entidad externa, sino un huésped que habita en el corazón de todos. Comprendió la espantosa ironía de su propia existencia: él, que se jactaba de su lógica y su incredulidad, acababa de asesinar a un hombre simplemente por hablar de Dios. Su ateísmo no lo había hecho más bondadoso, ni más libre; solo lo había hecho un soldado más en la guerra de la intolerancia.

Miró la piedra en su mano y luego el rostro sereno del muerto. Qué ironía de la vida: tuvo que morir un hombre para que ellos, los «vivos», entendieran por fin la verdad. El problema nunca estuvo en el cielo, ni en los templos, ni en el infierno. Estaba en la mano que lanza la piedra y en el miedo que la sostiene.

Dejó caer el pedazo de escombro, que rodó por el suelo hasta detenerse a los pies del poste. El hombre se dio la vuelta y se alejó en la oscuridad, sabiendo que, a partir de esa noche, su visión había cambiado. El mal habita en el hombre y ese mal es el que corrompe las sociedades. Las religiones no crean el mal en los hombres, sino que los hombres crean el mal en las religiones. El hombre creó la religión; por eso es mala. Pero así mismo puede crear un partido político, un gobierno, una sociedad privada. El mal habita en nosotros y está en nuestra decisión.

Recordaba las palabras: el mal está en nuestro interior, no en el exterior. Resonó en su cabeza con tanta lógica. La frase «Jesús vino a salvarnos del demonio» había venido a decirnos que no existe, que el mal habita en nosotros. Jesús, con su ideología, mató al demonio. Nietzsche alguna vez intentó matar a Dios y nos dejó con el demonio. Jesús fue más allá: mató al demonio y nos dejó con Dios.

El demonio ha muerto. Jesús lo mató.

Fin

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