Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Corto cuidadosamente el andouille, por el medio. Abro el pan como si abriera la Biblia. Lo decoro a la izquierda con mayonesa, a la derecha con mostaza común. Pongo el chorizo, aunque los entendidos cajun del sur neorleanista digan que el andouille es andouille y no chorizo. Esparzo encima una salsa con jalapeño porque no tenía nada más fuerte; tomate y cebolla, aceite, vinagre, sal y listo. Al trabajo luego, café casero sin azúcar. Tomo la calle Corona, luego la carretera. Roadhouse Blues, tan triste este país, tan solo, tan oscuro. Johnny Cash canta a Dylan. Joan Baez canta a Dylan. La respuesta está en el viento, dice, pero el viento de Denver viene como huracán. Hay que acomodar sillas contra puertas y ventanas porque llega arrancando goznes. No miento. En el ventanal de la sala hay una puerta de vidrio doble. Ya saltaron los seguros. Acomodo una silla, dos sillas, un sillón, la mesa cargada de vino y papeles. Y así tiembla; me recuerda la noche de mi amor cuando tu cuerpo sufría escalofríos y me pensé la Muerte y tuve delirios de grandeza.

Pete Seeger, con fuerte acento: Guantanamera. Ayer escuchaba a Los tradicionales de Carlos Puebla en Veinte años. Hermosa Cuba; mar de Cienfuegos. Agua cristalina que llega a la acera de la casa, la misma, o muy cercana, en donde nos recibieron viejos de la Nueva Trova, paradojas del tiempo, que nada nunca es nuevo ni antiguo. Ahogué mis nostalgias revolucionarias, nunca las tuve, en áspero ron de Santiago. No estoy hecho para proclamas y sofismas. Me gustan las canciones, las caderas que bailan canciones, si Che o no Che, ni importa, aunque mi madre me leía a José Martí. Leo sin cuidado a los vanguardistas de la izquierda en posiciones abiertamente fascistas. ¿Para qué discutir? Los putinianos, puristas del asco, seguirán con absurda vehemencia con el puño levantado. Ni saben lo que dicen. Les sale mierda, no espuma, sacristanes de toda la vida, eunucos por voluntad propia. Me place la guerrilla de Melitopol apuntando a oficiales rusos y no siento nada viendo volar un tanque, aparte de alegría. Jamás entendí a los obedientes, a los que tal vez cierto no pueden oponer su voluntad al estropicio. A riesgo de castigo, seguro. Pero no hay tiempo para sentimentalismos. Muere un invasor, que era joven, que era apuesto, que escribía versos a su amada, qué pena y vuelta de hoja. “Al que asoma la cabeza duro con él, Fidel, Fidel, duro con él” ¿O no era así? ¿A qué el llanto? O se vence o se pierde y habrá más jóvenes, más poetas, el cielo volverá a brillar, el putín cocoliche colgará como marioneta y a seguir que nada espera.

Me pregunto por qué el título del texto. Se debe a qué compré muchos discos de folk norteamericano y me estoy nutriendo de ellos desde hace dos días. Recordando además temas musicales de la niñez, como Trini López y Lemon Tree. En mi oído derecho están Peter, Paul & Mary; en el izquierdo, un analista cuenta la emboscada del río Donets en Bilohorivka. Una masacre a la que habría que ponerle de fondo el Réquiem de Mozart, no por festejar la muerte sino porque la música cuenta más que lo que cualquier voz lo haría. Por sobre obuses y metralla voces de coro. Escriban, escribidores, canten al mundo la ira de Aquiles. Negras naos se recortan en el horizonte. Negro se ha puesto el mar, de ébano a caoba, Putin vuela por allí con cola de colibrí, el rostro llenito y sonriente de azulitos ojos y bondad estalinista. El picaflor se encuentra con el gorrión, supongo es el comandante eterno, Hugo Chávez. Se entrelazan, preciosas avecillas de bondad y esmero, y gorjean la ya inservible por malhadada Internacional. No es que la crean, aves cabronas, sino que les es utilitaria. Vuelan, trajes de colores y aura monacal. De pronto una pedrada las derriba, venida de una flecha, honda o como quieran, de un niño cazador. Ahí van, de patas colgadas, por pasadizos infantiles y se termina el cuento de hadas y pajaritos de cabezota infame. Una piedra bien lanzada, Goliat cae, dos ascos menos. Más tarde se multiplicarán pero qué hacer, la rueda marcha hacia el fin preconcebido. Mientras llegue, apuntemos.

Todo se terminó, baby ¡por Dios qué drama! ¿Qué se terminó, pregunto? ¿El azúcar, la sal? O tu enojo en la mañana, tu sombría tarde, tu noche de pesadilla. Si no se puede, no se puede, a pesar de que un día te llamé Baby Blue, y quise hacerte creer que el amor era como emparedados gratuitos repartidos en la esquina. Mornas de Cabo Verde, sarcasmos de George Brassens, un obvio Bataille que llama a las cosas por su nombre, prosaico en verso.

La guerra, primer influjo de la infancia, no flores ni cantarranas. Desviaciones adredes o simplemente fatalidad que sí o sí encontraremos. Primera comunión, confirmación, cuerpo de Cristo, amén. Pero recuerdo la expedición de Belgrano, el tambor de Tacuarí y la mente se pierde en arcanos históricos siempre pletóricos de violencia. ¿Es la guerra el sino? Tambores de batalla, en Sienkiewicz, en Kadaré, en toda y cada literatura. John Reed ve llegar a Pancho Villa y musita: “napoleónico”. En su afirmación truenan las baterías y cargan las grandes armadas. La muerte trae gritos, llantos y lamentos pero queda tan silenciosa en las páginas. No se oye en la biblioteca el ruido de las espadas de los diez mil de Jenofonte, ni se huele el sudor de Caupolicán cuando lo sientan en la estaca. Será que trivializamos la guerra, que sin ella no estamos bien ni lo estaremos. Guardamos la épica prescindiendo del horror. No pensamos en el dolor sino en la gloria. De niño tenía la imagen del general argentino Necochea ¿era en la batalla de Junín? saltando con su caballo en medio de una docena enemiga. De Ucrania hoy, Taiwán mañana, se esfumará la muerte como avergonzada y sucia sirvienta. Brillarán nombres, otros se cubrirán de luto, y, como en Oporto, tal vez era Vigo, observaré una plaqueta que cuenta que allí se masacró gente. Muy interesante, anoto lugar y fecha, y me desasno más tarde, me quito lo asno debo decir. Leo, saco el teléfono y tomo fotografías. Que no le pongan mucha mostaza al sándwich, por favor, y la limonada sin hielo porque me destempla los dientes. Para asegurar lo que digo abro la boca y muestro las tembleques muelas al garzón. Lo veo caminar confuso, tal vez anda ebrio, la vida sigue. Todas las guerras acabarán y comenzarán otras, y siempre tendremos escoria que defienda lo indefendible. Para eso son bautizados, y benditos. Se contaba en un famoso libro, Claude Levy-Strauss, que en la biblioteca municipal de la ciudad X, en el año X, Bolivia, un cartel rezaba: “No usen los libros para limpiarse el culo”… Pero no aprenden.

Imagen: Batalla de Zama/Cornelis Cort