Irma Verolín no escribe para explicarse. Escribe para resonar. Su obra no se impone: se filtra. Como el agua que atraviesa la piedra, como el silencio que se instala en medio de una frase. Nacida en Buenos Aires, su escritura ha transitado la narrativa, la poesía, el ensayo y la literatura infantil, pero no desde la técnica, sino desde la intuición. Desde una sensibilidad que escucha antes de decir.
Premiada en Argentina y en el extranjero, Verolín ha publicado libros como Hay una nena que gira, La mujer invisible, El puño del tiempo, Una foto de Einstein tocando el violín, y poemarios como De madrugada y Árbol de mis ancestros. Pero más allá de los títulos, lo que define su obra es una búsqueda: la de una voz que no se acomoda, que se pregunta, que se abre al misterio.
Esta entrevista no busca respuestas cerradas. Busca acompañarla en su forma de estar en el mundo. Porque hay escritoras que narran, y otras —como Irma Verolín— que respiran a través de la palabra.
Entrevista sin red
1. Irma, si tuviera que presentarse sin mencionar su nombre, ¿Qué imagen, sonido o sensación elegiría para decir “yo soy”?
Hay una parte de mí que elegiría la música de Piazzolla porque, además de porteñísima y cultora de los barrios de Buenos Aires, soy disonante y épica como esas formidables piezas de Don Astor que en sus inicios fue poco comprendido por los tangueros clásicos. Sin embargo, debido a mis prácticas hinduistas probablemente lo que mejor me representa es el sonido del “Om”, un sonido impersonal, que es al mismo tiempo portavoz de la humanidad entera, sin individuación. Dicen los astronautas que cuando llegaron a la luna escucharon una vibración sonora muy parecida al “Om”, que en la tradición hindú expresa la conexión con el Todo, la base primordial de la creación. Mi necesidad de no quedarme encerrada en un concepto del “yo soy” tan limitado me impulsa a identificarme con esta vibración más que con ninguna otra, de allí venimos y hacia allí nos dirigimos. Quizá se deba a mi anhelo de no restringirme a una historia de vida particular, a una personalidad o a un recorrido concreto porque somos mucho más que eso en tanto seres trascendentes. No hubiera contestado así hace unos años, llegar a cierta edad modifica nuestra percepción de un modo asombroso.
2. ¿Cómo fue su primer vínculo con la escritura? ¿Recuerda el momento en que sintió que las palabras podían ser su refugio o su espejo?
Me recuerdo jugando con mis amiguitas a los siete u ocho años cuando ellas, de la primera hasta la última, querían casarse y tener hijos. Yo no, dije, yo no quiero casarme, yo quiero ser la directora de la revista “Vosotras”. La revista “Vosotras” era una de esas típicas publicaciones semanales femeninas que mi abuela compraba en el kiosco del barrio donde había cuentos estilo Corín Tellado, el horóscopo, cuestionarios para ser una mujer moderna, sugerencias de modas y artículos de opinión no tan superficiales. Yo no tenía en aquel momento otra referencia que me vinculara a la literatura y aquello, desde mi inocencia, me parecía el Súmmum de lo cultural -literario. Mi amor por la cultura popular no ha desaparecido aunque haya mediado la Facultad de Letras. Aún así son tantas las escenas de mi infancia que me señalaron un camino hacia la literatura que no puedo mencionarlas todas.
Recuerdo que las palabras me llegaron primero en forma de voz, como sonido. Crecí en un barrio de tango con historias estupendas y trágicas. A la cortada de la vuelta de mi casa lo llamaban “el pasaje de la puñalada” porque antaño se libraban peleas a cuchillo al estilo de lo que Borges relata en sus textos. Las vecinas contaban historias y yo escuchaba. Poco después llegó a mi vida la tía actriz y sus relatos fueron los del gran mundo: Europa, otros viajes, los más prestigiosos teatros nacionales, cine y la novísima televisión. Fui una niña entrometida y curiosa que andaba escondiéndose por ahí para escuchar conversaciones de adultos. Lo que más me atraía de esas voces que narraban eran los silencios, en los silencios estaba el espacio blanco de la página en la que todo podía caber. Aprendí a descifrar el mensaje de los silencios en una casa donde se habían muerto ya varias personas y muchas cosas no se decían en voz alta. Como en la música, en literatura el buen manejo y hasta el respeto por el silencio son tan esenciales como las palabras.
Digamos que existen los llamados ritos de iniciación literaria. Yo diría que fueron varios, escojo ahora dos y los dos se originaron a través de la falta o la carencia: tengo cinco años y mi abuela entra en la habitación para decirme que mi madre había muerto. Dijo exactamente: tu mamá se fue al Cielo. Un mundo entero entró en esas pocas palabras. Me quedé extasiada mirando la ventana nocturna, quedé absorbida por aquel cielo negro. Las palabras comenzaron a volverse misteriosas para mí, esquivas, sugerentes. Y el otro episodio fue cuando mi maestra de primero superior subió al escenario y, mientras me sacaba de allí agarrándome del pecho, literalmente puso su mano en la zona de mi corazón y, sin ningún pudor anunció en voz alta: esta chica no puede participar en el acto porque no tiene madre que le haga el vestido. Las dos escenas pueden funcionar como componentes de un enigma. Fueron la ausencia, la supresión las que produjeron algo en mí. No digo esto con ninguna clase de sentimentalismo ni de autocompasión sino más bien lo considero un artilugio de la vida que me abrió una puerta lateral. A partir de aquella escena del colegio comencé a aprenderme poemas de memoria puesto que, si se trataba de recitar, no se necesitaba un traje para “actuar”. Las maestras se mostraron contentísimas ya que así se libraban de trabajar en el fastidioso armado de los actos patrios, me dejaban participar con mi guardapolvo solamente. Sin querer me convertí para las maestras en una suerte de coartada en esa tarea dificultosa que tenían ellas de preparar los actos: yo fui su coartada literaria. Las maestras sabían perfectamente que yo tenía aprendida una poesía alegórica para cualquier ocasión.
Fui la participante más recurrente en los actos escolares gracias a mi relación con las palabras, la poesía en especial. Aprendí a sacar provecho de la escasez. Comprendí muy pronto que para recitar no se necesitaba un vestido ni madre que lo hiciera, alcanzaban las palabras que son al fin de cuenta lo más barato que tenía a mano yo en aquella época. Más adelante voy a saber que la literatura cobra un alto peaje, pero, en fin, esa es otra cuestión.
A la escena de la de mi abuela diciéndome que mi madre se fue al Cielo cuando yo estaba mirando una ventana oscura la asocié con la primera vez que vi, apenas unos meses después, un pizarrón tan negro como aquella ventana el primer día de clases. En ese cielo oscuro del pizarrón no encontré el cuerpo de mi madre, encontré el lenguaje. Y, por cierto, esas dos escenas construyeron un binomio que me abrió las puertas de la literatura ya que la primera palabra que la maestra escribió en ese pizarrón fue “mamá”. Si bien vinculo ventana y pizarrón, el episodio del escenario con el paso de los años ha ido cobrando mayor relevancia. Mediante la memorización de los poemas que, año tras año y acto tras acto, yo fui haciendo por cuenta propia, empecé a leer. Al punto que una vez una maestra dijo: si no hacen bien las cosas Verolín va a recitar un poema y listo. Me causa gracia ahora, parecía casi una amenaza o un castigo a mis compañeras de aula. Podría decirse que esa niña de guardapolvo blanco aprendió a vestirse solo con el lenguaje. Fue el lenguaje el que le permitió escapar de la desnudez de su orfandad.
3. ¿Qué le enseñó la infancia que aún no ha podido desaprender? ¿Hay alguna escena que vuelve cada vez que escribe, aunque no la nombre?
En la infancia está en cierta medida el germen del futuro. Lo que yo creo que aprendí más desde la raíz fue a arreglarme sola sin esperar ayudas externas, se trata de una característica de los huérfanos que cualquier niña o niño debería bendecir. Mi padre fue muy rígido, sobrevivió a mi madre apenas dos años y era militar. Marcó a fuego mi conducta. ¿Qué mejor para alguien que escribe saber anclarse en su soledad sin esperar salvatajes externos? El lenguaje es un instrumento no menos rígido que el carácter de mi padre. El lenguaje, suelo repetir yo, nos cobra un precio alto constantemente, no nos podemos fiar ni apoltronarnos. Reconozco que esa educación militarizada que recibí y padecí ha permanecido en mí como un tesorito a la hora de enfrentarme a la página en blanco. La blancura de la página vacía antes de comenzar a escribir o la luz que viene de un fondo indescifrable en la pantalla de la computadora también son una forma de orfandad para quienes hacemos literatura. La tarea de escribir está estrechamente vinculada a la soledad. Y yo para enfrentarme a eso ya estaba entrenada desde muy temprano.
4. Usted ha transitado por géneros diversos. ¿Qué le da la poesía que no le da la narrativa? ¿Y qué le exige la literatura infantil que no le exige el ensayo?
Me resulta interesante esta cuestión de los géneros literarios, me gusta la porosidad que tienen actualmente sus límites, una novela puede rozar la poesía y, al revés, un ensayo puede tener tramos narrativos. Sin embargo los géneros existen como tales y están codificados. Comencé escribiendo poesía en la adolescencia y seguí muchos años después insistiendo en encontrar una voz propia. La poesía me dio ese contacto primario con el acto de escribir. Pero fue la narrativa la que me ubicó decididamente en el oficio, ya que en un momento determinado abandoné completamente la poesía. Al retomarla casi treinta años después me causó una conmoción descubrir que la poesía nos enfrenta a un desafío muy extremo con el lenguaje. Creo que con los años de práctica en la meditación y otras como el Reiki hicieron que la dimensión que alcanzó para mí el lenguaje distara mucho de la que alcancé a percibir en mi primera juventud. La poesía una vez escrita me devuelve un conocimiento que no me había dado la narrativa, una profundidad desconocida. La narrativa me ha aportado ese maravilloso engranaje de ensamblar, de concatenar sucesos y volverlos significativos. Es fascinante trabajar el entramado de una novela y sentir cómo la vida en su devenir logra expresarse allí. Ficcionalizando se simbolizan procesos internos no detectados con anterioridad y el texto nos habla y nos compromete con un camino a seguir. La narrativa tiene ese aspecto artesanal de armado continuo que nos reta a integrar las partes, a componer una totalidad desde las diversas unidades y a la vez opera en nuestra conciencia de una manera sanadora, permitiendo obtener satisfacción como si hubiésemos logrado armar un complicado puzle. Pareciera que el funcionamiento de nuestra mente requiere del entramado, del enlazado, del acto de encadenar frente a la percepción inmediata, puntual y sectorizada que tenemos del mundo y el arte del relato funcionara a la manera de compensación, de allí que los niños pidan que se les cuenten historias una y otra vez. Lo que más me subyuga de la narrativa está relacionado con el hallazgo de un tono para cada historia a relatar, en esa modulación interna del texto que nace del ángulo de observación y de la respiración interior se sitúa el aspecto más estrictamente literario, el tono da cuenta de la mirada sobre el mundo y del perfil estético. El ensayo se acerca más a un espacio de revelación en el que interviene el predominio de la mente en su ejecución y eso me brinda otro valor que está relacionado con la lectura, con desmontar mecanismos de otros escritores o escritoras y en cierto sentido tiene su cuota de revelación también, pero una revelación de quien espía el universo ajeno. En realidad espías somos inevitablemente cuando escribimos. Quienes escribimos vivimos un poco esa tensión de mediadores entre dos instancias, hacemos de puente entre algo invisible que está de un lado y una fuente prácticamente inaccesible. La sensación de riesgo es permanente debido a que el lenguaje no se deja seducir así como así, nos pide, nos exige permanecer en una franja difusa y delgada para no caer en el lugar común. Volviendo a la poesía siento que este género nos desafía a buscar formas de conocimiento inusitadas. Alguna vez dije que escribir poesía podría metaforizarse con la imagen de estar echada de espaldas mirando hacia el cielo, hay algo sobrecogedor en la escritura de este género, no se elige el momento, la poesía nos elige, por lo tanto nos posiciona en un lugar de humildad. Hay tanto que decir sobre la poesía que es fácil quedarse rozando los bordes, la poesía se revela ante la lógica del lenguaje y esa rebelión revolucionaria, al alejarnos del racionalismo, pone nuestro mundo patas arriba. A medida que porfiamos en continuar escribiéndola se vuelve como una vía de acceso para asomarnos al ser interno con sus múltiples verdades, sus intuiciones, sus iluminaciones.
La escritura de literatura infantil se ciñe a un período determinado de mi vida, luego dejé o ella me dejó a mí, me aportó mucho, especialmente me enriqueció el contacto con los chicos en las escuelas y su mirada inocente, augural, fresca que impregnó luego otros textos no destinados a ellos. También me obligó a pulir los procedimientos del relato debido a su exigencia de economía y precisión, salí beneficiada al haber abordado el género.
5. ¿Cómo se vincula su trabajo como terapeuta energética con su escritura? ¿Hay una dimensión vibracional en el acto de narrar?
Creo que aquí estamos enfrentándonos al misterio y yo diría al misterio con mayúsculas. La primera vez que puse mis manos sobre un cuerpo para ser canal de energía Reiki supe que el lenguaje de las palabras no tenía nada que ver. Salir del paradigma del lenguaje para comunicarme fue un vuelco definitorio. Y ni hablar de lo que posteriormente llegué a practicar con el Reiki a distancia que se trabaja únicamente con el lenguaje simbólico de yantras y mantras, la respuesta del mundo fenoménico puede resultar tremendamente inquietante. Nunca me preocupó responder al interrogante de cómo era posible saber sin palabras a través de sensaciones internas, significaría pretender explicar con la mente un sistema que se rige por otro código, a un código superior a su funcionamiento. Transitar el camino fue siempre la respuesta. En más de una ocasión la persona receptora de mi imposición de manos y yo, ambas con los ojos cerrados, experimentamos la misma serie de imágenes que luego compartimos e intentamos encontrarle sentido. Siempre se trata de encontrar un sentido, lo mismo que ocurre con la escritura literaria. Luego de más de tres décadas de práctica de Reiki no podría decir en qué medida esto ha influido en mi escritura. Considero tan sagrado el acto de sanación de un cuerpo como el acto de escribir. Sospecho que lo que me ha modificado esta práctica de sanación ha sido mi relación con la escritura, el valor que le otorgo y el respeto que me inspira. En fin, toda práctica vivencial como es en mi caso la del Reiki, modifica profundamente quiénes somos y no sabemos de qué manera ni hasta dónde opera en nosotros. Creo que si supiéramos racionalmente obturaríamos esa contribución trascendental. Con el Reiki aprendemos a ser canales entre el Ki (cuerpo individual del sujeto) y el Rei (fuente de energía universal) y los artistas somos canales entre esas voces que necesitan expresarse y los receptores que tienen en sí mismos necesidad de conocimiento y búsqueda de identidad, si logramos entablar una buena conexión entre ambos surge la obra con valor propio. Sí, los artistas y los reikistas tienen en común el ser intermediarios entre distintas fuerzas. Es mejor vivir en el misterio que en el conocimiento porque en la medida que mantenemos abierta la conciencia frente a lo que no conocemos nos preparamos para incorporar nuevos conocimientos, si creemos que sabemos clausuramos esa vía de acceso, por eso prefiero mantenerlo así, en ese lugar de incertidumbre. De todos modos el Reiki junto a otras prácticas me ha dado una dimensión distinta de las cosas y de mi propio ser, otra noción sobre las posibilidades de conocer, y eso modifica sin duda el ejercicio del oficio de escribir. La vivencia de por sí transforma y en este caso opera en varios niveles a la vez, el arte se nutre principalmente de estas transformaciones.
6. ¿Tiene algún ritual antes de escribir? ¿Existe un mantra, una música, una respiración que la conecta con la página en blanco?
Depende del día. A veces me pongo solemne y hago alguna breve ceremonia, una reverencia interior vinculada a la meditación que practico… pero no en todas las ocasiones. Si la fuerza interior está bien enfocada no se precisaa nada más que ponerse a escribir. Hay momentos del día más propicios que otros, al despertarme, debido a que la conexión entre consciente e inconsciente está más fracturada, dos por tres he amanecido con un poema en la cabeza, una frase atrayente o un núcleo argumental para comenzar un relato.
7. ¿Qué significa para usted escribir desde lo femenino? ¿Es una postura estética, política, espiritual… o todas a la vez?
Para mí este es un tema fundamental. Ser mujer es una condición que condiciona cualquier actividad emprendida. Desde que empecé a escribir tomé como referencia la escritura hecha por mujeres por una elemental cuestión de empatía. Yo sentía que la manera de mirar el mundo de estas escritoras era afín a la mía. Todo depende de la cosmovisión que en términos artísticos termina siendo lo básico. Alguien que en el pasado nació esclavo no miraba el mundo desde el mismo lugar que su amo. Alguien que nació en Latinoamérica no interpreta lo mismo al observar su entorno que alguien nacido en una sociedad donde cada cosa funciona de modo organizado y acomodado. Las mujeres por una tradición cultural hemos experimentado lugares de inserción que los hombres no han conocido ni sospechado, es absolutamente explicable que nuestra manera de interpretar los acontecimientos sea diferente, nuestra sensibilidad, nuestra relación con el propio cuerpo, nuestro sistema valorativo tienen características propias. Pensar de una única manera y universalizarla responde a un modelo patriarcal autoritario, rígido, englobante que anula las diferencias y borra los matices embotando y simplificando nuestra percepción. La cultura hasta hace prácticamente pocos años atrás estuvo marcada por la mirada del varón presentándola como única. Claro que además hay otras miradas, las de personas con minusvalía física o psicológica, las de quienes no tienen una sexualidad hegemónica, las que padecen carencias extremas, por citar solo algunas. La relación que las mujeres tenemos con la palabra, por otra parte, ha sido desde el principio de los tiempos muy diferente a la que los hombres han establecido con ella, el mundo femenino se caracteriza por ser un mundo de circulación de relatos en forma íntima. No concibo una literatura separada de estas premisas. Considerando que fundamentalmente la experiencia vivencial forja una mirada, las mujeres tenemos mucho que ofrecer, simplemente con mencionar que llevamos vida en un feto en nuestro cuerpo alcanza y sobra. La contribución que las mujeres desde nuestra percepción le estamos realizando a la cultura del mundo se perfila enriquecedora y completa en cierto sentido esa visión parcial impuesta por la tradición de pensamiento masculino desde hace centurias.
8. ¿Qué autores la han marcado profundamente? ¿Hay alguna voz que la haya acompañado como sombra, como faro, como espejo?
Frente a esta pregunta lo primero que hago es titubear porque, obviamente, me he pasado la vida leyendo y cada etapa de mi vida estuvo influida por alguna creadora o creador. Comencé fascinada con la poesía de Alfonsina Storni en mi primera juventud. Después vinieron otros descubrimientos y Alejandra Pizarnik ocupó el primer lugar, tanto que, al no poder escribir como ella, abandoné la poesía. En narrativa el listado es enorme. El uruguayo Onetti me influyó inmensamente, las escritoras argentinas como Libertad Demitrópulos, Alicia Steimberg, Ana María Shua, Angélica Gorodischer, Hebe Uhart me mostraron un camino a la hora de empezar a narrar. Pero entre las últimas que he amado cito a Annie Arnaux, Natalia Ginzburg, Marguerite Duras, Elena Ferrante, la brasileña Clarice Lispector y no me alcanzaría el espacio para seguir nombrando. Poetas que me han interesado últimamente: Anne Sexton, Dolores Etchecopar, Joaquín Giannuzzi, Silvia Plath.
9. ¿Cómo se enfrenta al tiempo en su literatura? ¿Escribir es también una forma de detenerlo, de desafiarlo, de habitarlo?
El del tiempo como objeto en sí mismo me obsesiona. Hace poco leí que Dios es el tiempo. El tiempo en términos científicos es la cuarta dimensión y hace años en un congreso una musicóloga aseguró que si nos referimos al tiempo, ese lugar lo ocupa la música. Me he desvivido por objetivarlo a través de la escritura. No por nada mi primera novela se titula “El puño del tiempo” y la mayoría de los de mis poemarios aluden a él: “Los días”, “De madrugada”. Como gran parte de mi escritura narrativa está atravesada por un gesto de evocación -lo que no significa que sea necesariamente evocativa sino que juega con esa instancia-, el tiempo prima como categoría inicialmente. Mi conflicto con el tiempo tiene un germen: cuando murió mi madre, mi padre me aseguró que ella iba a volver. Entonces yo le pregunté cómo podía ocurrir semejante hecho, cómo si yo seguía creciendo y ella aún no volvía, ¿iba a volver más vieja o igual al día en que se fue? Mi padre nunca pudo contestarme esa pregunta, supongo que escribo para encontrar la respuesta. Escribir, me dijo una vez uno de mis psicoanalistas, supone escanciar el tiempo. Pensemos que la escritura tiene una unidireccionalidad y una unilinealidad muy similar a la del tiempo que conocemos. ¿Pero a esto se reduce el tiempo? He intentado comprender leyendo a Einstein a otros científicos como Stephen Hawking con su “Historia del tiempo” y he quedado más o menos como al principio de mis lecturas. que a través de la experiencia del arte se puede hallar el camino más directo para ir profundizando en ese concepto, por eso sigo escribiendo.
10. ¿Qué papel juega el cuerpo en su escritura? ¿Hay una corporalidad en el ritmo, en la respiración, en la elección de cada palabra?
Ese es un tema complicado para mí: la relación con mi cuerpo. Yo establecería etapas. En mi primer libro hay como una mudez con respecto a la expresión de lo corporal, las peripecias se dirimen en las palabras y las imágenes. Faltan las percepciones olfativas, y las táctiles en especial. Mis personajes no son demasiado corporales en el sentido de expresarse por esa vía y supongo que detrás está mi educación católico- castrense. No soy una persona que disfrute haciendo gimnasia, no he tenido hijos, supongo que esto en alguna medida se expresa en mi escritura. Sin embargo a partir de cierto momento, en parte gracias a mi práctica del Reiki, comencé a relacionarme de otra manera con mi cuerpo y con los de otras personas y eso se ha visto reflejado en mi escritura, al punto que un terapeuta en locomotricidad, el poeta y ensayista Daniel Calmels, me comentó que en mis poemas hay una mención constante del cuerpo y que gran parte de mi metáforas se apoyan en él. Y ante mi sorpresa entendí que era así. Incluso he generado como un imaginario poético donde el cuerpo casi se convierte en eje por citar algún poema “Mi madre está en mi boca”. Una vez más la escritura convierte, como suele decirse, la hoja en blanco en un espejo. Mi idea del cuerpo ha ido cobrando una especial dimensión en mí para volcarse generosamente en mi escritura. Quizá haya comenzado a descubrir mi cuerpo ya entrada en años y el lenguaje, una vez más en mi vida, se ha comportado como mi mejor aliado.
11. ¿Qué le interesa más: narrar lo que pasó o lo que podría haber pasado? ¿Dónde se ubica su literatura entre la memoria y la imaginación?
Si lo pensamos bien la memoria es en sí misma una construcción. ¿Recordamos con objetividad? ¿Existe objetividad cuando entran a jugar emociones, percepciones e impactos corporales provenientes del medio ambiente? Entre imaginar y recordar sospecho que hay una línea borrosa. En mi caso, como los testigos esenciales, mis padres, murieron tan tempranamente, establecí con la memoria una suerte de acertijo. Perdidos los testimonios de primera mano no hay más remedio que inventar ¿Pero lo inventado acaso no guarda relación con lo real?, ¿y qué es lo real? Dicen los psicólogos que en las fantasías que inventamos hay una cuota de verdad que denuncia nuestra genuina emocionalidad. Creo que cuando escribo me sitúo en ese territorio impreciso, fascinante, el que se extiende entre lo deseado y los irrevocables hechos de la vida. Soy, creo, una trapecista de lo real-imaginario.
12. ¿Qué le gustaría que sintiera alguien que la lee por primera vez? ¿Y qué le gustaría que recordara quien la ha leído muchas veces?
En esta pregunta está relacionada con el lugar del lector. La siento la más difícil y, al mismo tiempo, la más atractiva de todas. En la relación con el lector está oculta la relación que tenemos con el mundo. Mi relación con el mundo no es fluida, no lo ha sido y creo que ya no lo será. Me interesa que mi texto tenga el efecto de lo visceral, que dé en el blanco, que sacuda una parte interna del receptor o la receptora. Y al mismo tiempo me gusta expresar esa liviandad que tiene la vida, suena paradójico, lo sé. Digamos que intento comunicar la percepción que yo tengo de la vida y que esa comunicación resulte efectiva. Busco esbozar una imagen nítida que produzca cierto impacto, con carácter gráfico y poder simbólico aunque sin efectismos, expresado en un lenguaje ligero, deslizante. Ahora si esto perdura en la emocionalidad y en la mente de lectores y lectoras sería un logro.
13. ¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría que le hicieran ahora, aunque incomode?
¿Qué pregunta me gustaría que me hicieran? Supongo que las preguntas incómodas son las más jugosas y las que, al desafiarnos, nos obligan a auto inspeccionarnos con mayor compromiso. Quizá: ¿por qué insisto en seguir viviendo cuando ha habido en mi vida especialmente en mi juventud tanta autodestrucción? Se esconde en mi interior un hondo desarraigo hacia la vida. La pregunta del deseo de vivir es la clave, y me gustaría que me la formularan porque no tengo respuesta. Si toda pregunta es piedra en el estanque que abre olas en la superficie, en el caso de que me la formulen quién sabe qué se despertará en mí ¿no?
14. ¿Qué le diría a la Irma joven que escribía sus primeros cuentos? ¿Y qué le diría a la Irma de mañana, que aún no ha escrito su último libro?
Me atrae mucho esta pregunta porque me la he pasado dialogando conmigo misma y en mi última poesía me desdoblo constantemente entre la niña, la muchacha, la mujer joven y la mujer mayor. Creo que cada día tengo indagaciones nuevas para cada una de ellas en particular. A la joven que comenzaba a escribir le diría que perseverara a pesar de las inmensas dificultades que tuvo a causa de sus bloqueos psicológicos, sus traumas, sus miedos. No le puedo pedir que experimente lo que sí he logrado experimentar con el correr de los años porque eso fue producto de mi evolución como persona y mi búsqueda de autoconocimiento. Le entregaría una cálida muestra de apoyo y de confianza porque sé que esa trémula muchacha la necesitó entonces. He aprendido a abrigar y a abrazar a todas las Irmas que fui como procuro hacerlo con mis semejantes. A la Irma del futuro le podría decir unas cuantas cosas más, ya que confío en que seguirá evolucionando y obviamente comprenderá incluso mejor las cosas que esta Irma que soy ahora. Aquí estamos hablando de perspectivas, lo que supone ver desde un lugar determinado de la propia evolución. Quizá lo que yo pueda decirle a la Irma del futuro a ella no le servirá porque estará ubicada en otro sitio. Nuevamente el tiempo, como material de nuestra vida, establece todas las pautas. Hace poco escribí un poema donde se menciona al tiempo como a un magnate cubierto de oro. Es lujoso el tiempo igual que el lenguaje, es caro de resguardar y conseguir. Posiblemente a la Irma del futuro le diría que continúe extrayendo agua de las piedras, esta actitud hace que la vida se vea mucho más bella. Buscando en los intersticios, hurgando entre las grietas, escarbando en los pliegues surge la belleza, no tiene caso esperar que la belleza nos venga a buscar, se vuelve imperioso mover los pies y avivar la mirada, sacarse el corsé y la camisa de fuerza, entonces la vida se revela en su magnificencia, por lo tanto a la Irma del futuro le recomendaría que continúe haciendo lo que esta Irma de hoy ya ha puesto en marcha.
15. ¿Qué lugar ocupa el silencio en su escritura? ¿Es pausa, es tensión, es lenguaje?
¡Qué estupenda pregunta tan difícil de responder! En las grandes tradiciones espirituales al silencio se lo considera la condición necesaria para acceder al conocimiento. Lamentablemente estando en un ashram en la India no logré hacer el voto de silencio que algunas compañeras iniciaron. Intento preservarlo en mi vida privada y, cada vez que siento que el ruido me inunda, escapo, me refiero a la gente, a las situaciones, a los lugares sociales. El ruido es ripio y en la literatura ocupa el mismo sitial de repudio. Escribir implica sugerir y no nombrar, crear un lenguaje que dé sutiles señales de lo que está ausente, lo ausente se convierte en el espejo invertido de la palabra que le da profundidad. Sin el silencio la escritura se alisa, se aplana, pierde una perspectiva imprescindible, su cualidad de hondura. Aprender a manejarlo se vuelve clave. Intento cuando escribo mantenerme en esa zona intermedia entre el saber y el no saber para que el silencio tenga lugar. Vuelvo a la imagen de la equilibrista sobre una soga elevada en el aire. Lo explícito, lo redundante, lo escasamente sugerente, lo que se hace cargo del sentido mata la belleza del texto y ahí está el silencio agazapado implorando entrar en escena. No puedo dejar de cerrar esta respuesta con unos versos de Alejandra Pizarnik de “Los poseídos entre lilas: “Sí, la muerte talla huesos en tanto el silencio es de oro y la palabra de plata. Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.”.
16. ¿Hay alguna palabra que la haya salvado? ¿Alguna que no pueda dejar de escribir, aunque no se note?
Hay palabras que se instalan en la conciencia según las épocas. Y dependen de íntimas necesidades personales y de las búsquedas del oficio. Últimamente la palabra “luz” me persigue, se ha convertido en un símbolo de la totalidad y de la nada, de la vida misma. Si pensamos que la luz está compuesta de ondas y que todo es energía y que la vibración de las ondas al densificarse se transforman en un sonido, una palabra, una partícula, en la luz está la síntesis de la existencia. Esta palabra se me presenta con mucha frecuencia cuando escribo últimamente. No sé si me ha salvado, pero se me hace que se asemeja a una especie de puerta que me pide que la abra.
17. Finalmente, ¿qué es para usted escribir? ¿Una forma de respirar, una forma de sanar, una forma de estar en el mundo? ¿Qué imagen la nombra mejor?
¿Qué es escribir? Probablemente ya está respondido en su pregunta. He dicho muchas veces que para mí escribir es lo mismo que respirar. Concibo la escritura como espejo, como vestimenta, como cobijo, como puertas de acceso a lo desconocido, como sostén de vida, como simbolización que aporta identidad, sabemos que sin identidad no hay persona cabal, el arte nos construye, edifica nuestra humanidad en este mundo al que no me animo a calificar en el que nos ha tocado vivir. Desde que comencé a hacerlo fui voraz en mi acción, llené cuadernos de cien hojas a los que llamé “Mis diarios” y después los incendié ritualmente en la terraza, enseguida me lancé a llenar y llenar hojas de las que vaya a saber qué podría salvar luego con la reescritura. He tenido hacia el oficio la misma actitud ansiosa y desbordada que he experimentado hacia la vida y que en parte he logrado, digamos que malamente, domar o domesticar. Escribir se parece a zambullirse en el agua en movimiento, son muchas las metáforas que asocian la escritura con el acto de nadar. Soltar, entregar el cuerpo a un medio que no es el propio, el habitual ni el más cómodo e intentar no sucumbir, flotar, sobrevivir. No concibo mi existencia sin este oficio porque la escritura ha sido mi mejor espejo y claro, necesitamos un espejo que nos refleje para saber quiénes somos en realidad.