¿Indigencia ideológica y política?

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En tiempo de encuestas y afirmaciones, vemos resultados sobre quienes tienen mayor aceptación, sobre quien podrá ser elegido, etcétera. Las mismas reflejan de manera contundente –implícita y explícitamente- que la ciudadanía no cree en los políticos y autoridades -llámense lo que se llamen-.

Todos son criticados y rechazados -salvo algunas honrosas excepciones-. La ciudadanía no confía en ellos, se siente burlada, existe una enorme frustración y desilusión. Porque la mentira, el sofisma y la demagogia inunda el quehacer político.

Lo expresado líneas arriba, se complementa cuando a los participantes, en los cursos de liderazgo, se les pregunta ¿Qué piensan, cómo valoran, cómo califican y qué opinan de los políticos y autoridades? Las respuestas, en un porcentaje superior al noventa por ciento, refieren que son: “Egoístas, mentirosos, hipócritas, aprovechadores, no tienen preparación, les falta educación civil. Piensan solo en los intereses personales, de su grupo, de su familia y que prometen mucho y no cumplen nada. Dicen una cosa y hacen otra”.

Es indiscutible, que “los gobernantes contemporáneos tradicionales” han fracasado en su intento para superar la actual “crisis” que involucra a todos los sectores. Han fracaso en implementar una gestión pública pertinente, han fracasado en cumplir su promesa de erradicar la corrupción, han fracasado en el respeto a los derechos humanos y han fracasado en instaurar una cultura de eficiencia, de calidad, de honestidad  y de integridad en los servidores públicos.

“Son sonoros fracasos que hablan de la ineptitud de las autoridades -distintas instituciones y niveles de gobierno-  para cumplir con lo que prometen. Promesas conocidas por todos, fraudes por todos padecidos”.

Adicionalmente, la clase política tradicional no ha podido generar un escenario de confianza, no ha  desarrollado una democracia real, no ha escuchado a los ciudadanos y  a sus seguidores.

Como lo menciona Salazar: “La clase política no ha servido al pueblo, por el contrario solo sirvieron a intereses personales. El éxito de los políticos depende de su autoritarismo y de entender las reglas del juego del partido. Esta clase política promueve gente afín, con sus mismas características: Lealtad ciega y el compromiso de no hacer sombra a los jefes. Los seudolíderes saben que su supervivencia depende de su capacidad de no sobresalir de entre los demás, porque en el momento en que saquen la cabeza corren el riesgo de perderla”.

Al parecer los políticos y gobernantes tradicionales volvieron a los tiempos del “poder natural de los reyes”.

Se olvidaron, lo que propuso Hobbes: Que la delegación de la autoridad  es para restaurar y mantener el orden; lo que expuso Locke: Que el estado es el encargado de proteger los derechos individuales, especialmente la vida y la libertad; lo que preciso Rousseau: Que el contrato social exige obligaciones y compromisos bidireccionales y lo que generaron las revoluciones del 1776 y 1789: Que el depositario de la soberanía es el ciudadano como sujeto histórico.

¡Que tanto hace falta la “educación para la ciudadanía”! La ciudadanía es la afección de las personas por la política, es no dejar solos a los políticos electos, es no dejarnos engañar, es no dejarnos manipular, es no dejar hacer y dejar pasar, es tomar posición, es ser éticos y es contrarrestar a esas “criaturas feroces que se alimentan de votos”.


Oscar A. Heredia Vargas es docente en Emérito de la UMSA