Pablo Cerezal

Federico García Lorca, siempre

La galería de arte portátil del suburbano. Esa galería en que, a dirario, se exponen, como evidentes prototipos del feísmo que ha llegado al arte contemporáneo (¡ay!, para quedarse), ciudadanos rostros atribulados por la derrota en que, sin remedio, ven naufragadas sus vidas. Paseamos la mirada por entre las obras expuestas e intentamos desentrañar la técnica utilizada para cincelar el fastidio con tal grado de verosimilitud. Intuyo que los artífices de tal genialidad habitan los suburbanos inversos de un cielo que la ciudad quiere mancillar con sus rascacielos de avaricia y cemento salvaje. Abajo, pululando el amanecer apócrifo del metropolitano, todo un inventario de artísticas frustraciones en los semblantes de los trabajadores que regresan a la guarida hueca de la cena recalentada. Si el arte feísta no estuviese tan de moda creeríamos hallarnos en un recóndito vertedero de suburbiales fracasos.

Quieren pensar, aquellos que gustan de sembrar quimeras, en la revolución de las masas anónimas, la definitiva huelga de brazos caídos y sonrisas enhiestas que desbanque de su pedestal de miedo y nómina a quienes engordan sus activos financieros con el suculento postre del general descontento.

Yo, lo lamento, no atisbo la citada reivindicación salvífica. Tal vez, quizás, quién sabe, ojalá, en el marfil inquietante de la sonrisa africana, en el latido último de su expoliado flujo sanguíneo, o en el murmullo demoledor del sufrimiento andino, o en la prostituida piel magnífica de la cortesía asiática. Tal vez, ya digo, de venir la revolución lo haga con tambores ancestrales y cuchillas como miradas germinadas al calor de la mina y la malaria.

Si regreso al suburbano no hallo más afán de huelga que el de la ya impuesta: huelga de hambre. Ni rastro de apetencia o curiosidad alguna. Vagan los ciudadanos de este decadente Occidente como acobardados fantasmas de película serie B. No hay hambre. Nadie quiere ya comer las flores muertas que sembrasen los poetas. Sólo de hambre será, ya es, la huelga. Hambre de vida cuando la vida ya está en otra parte. En el África Negra, en la altiplanicie andina, en las ecuaciones de arena y despojo del Sahara, en las selvas terroríficas del monzón azul y miedo. Lejos, muy lejos.

Regresarán los trabajadores a casa y continuarán su huelga de hambre. Encenderán televisores y apagarán sensaciones, se entregarán al fraudulento descanso del guerrero vencido para comenzar, mañana, un nuevo día de hambre y nada.

Discúlpenme, no me sumo a esta revuelta. Me refugiaré tras el volátil cordel del deseo, bajo la fronda fragante de la carne recién lavada. Hundiré mis colmillos en el tibio sueño del amor. Me atragantaré de experiencia, aunque sólo la encuentre en una caricia húmeda y hembra, en un mullido laberinto de sábanas revueltas. Ahí esperaré después, tumbado, la negra navaja de hambre rebelde que cercene mi garganta de palabras mal dichas y besos equívocos.

No digo nada nuevo, ya lo profetizó EL POETA:

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Cómo viene del África a Nueva York!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
!Arena, caimán y miedo sobre Nueva York! 

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York! 

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Cómo escupe veneno de bosque 
por la angustia imperfecta de Nueva York!

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