Hacia un modelo de calidad educativa

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La educación boliviana se beneficiaría mucho si comprendiera que una reforma institucional, pedagógica y tecnológica es más sólida cuanto más pueda retomar los aportes históricos de otros esfuerzos realizados en el pasado y considerara los grandes avances educativos en el orbe internacional. La “continuidad y estabilidad”, a través de una evaluación y reajustes constantes en la organización del sistema educacional, es un telón de fondo que abre las puertas para enfrentar los problemas actuales. Un enfoque ligado al “borrón y cuenta nueva” es muy perjudicial.

Mejorar la educación sin evaluar y preservar lo positivo en el desarrollo histórico de la educación boliviana se convierte en un signo de intolerancia, además de mostrar serias deficiencias porque los procesos educativos y las transformaciones del comportamiento escolar en las aulas siempre manifiestan resistencias y actitudes conservadoras, las cuales también conviven con visiones pragmáticas de actores racionales como son los alumnos y maestros. 

La educación requiere un modelo de calidad total, sustentado en una reorganización de las prioridades, una reforma curricular fundamentada en los avances científicos del siglo XXI y en una visión de futuro afincada en la filosofía de la incertidumbre, es decir, adaptada a moverse entre las exigencias de cambio permanente y mucha inseguridad.

En el terreno de las políticas educativas, las presiones y propuestas traumáticas o excesivamente ideológicas se desorientan rápidamente al perder el sentido de un complejo de aprendizajes previos, con los cuales se podría facilitar la toma de decisiones y el conocimiento de aquellas áreas problemáticas que serían útiles para intervenir políticamente con mayor precisión. Por lo tanto, la transformación educativa en Bolivia debe asumir retos importantes, encadenando la consolidación del sistema educativo nacional con un modelo de gestión de los talentos en las escuelas públicas y privadas.

La gestión de un modelo de calidad demanda el mejoramiento en la calificación de los maestros. En Bolivia, éstos deberían competir con otras metrópolis como Lima, Santiago de Chile, Buenos Aires, Quito, Río de Janeiro o Bogotá, donde los maestros se someten a evaluaciones de innovación, el uso de tecnologías educativas y el esfuerzo por realizar un seguimiento “personalizado” en el trabajo con los estudiantes.

Debemos insistir que dentro de las escuelas fiscales se discuta la posibilidad de implementar el bachillerato internacional o acciones para competir de mejor manera con los mejores colegios privados, a fin de establecer las bases de una educación de calidad junto a los esfuerzos públicos de diferentes municipios y la igualdad de oportunidades para la gran mayoría de niños y jóvenes con capacidades aptas en diferentes áreas del conocimiento, artes y deportes.

El bachillerato internacional es un tipo de educación que se imparte en más de 3.500 colegios de 127 países alrededor del mundo, cuya modalidad es fortalecer las competencias en lenguaje, ciencias experimentales, sociales, matemáticas y artes, para luego dar un examen que habilita a los estudiantes exitosos en su búsqueda de ingreso a varias universidades de Europa y Estados Unidos, sin necesidad de dar nuevos exámenes de admisión.

En Bolivia, el eje de un modelo de calidad tendría que adaptar el bachillerato internacional a un tipo de formación que prepare por “dos años” consecutivos al conjunto de los estudiantes bolivianos para una futura vida universitaria, ligando la formación de alto rendimiento en matemáticas y el uso perfecto del lenguaje con el monitoreo psicopedagógico de múltiples vocaciones intelectuales, académicas y científicas. Este tipo de estímulo por ahora está ausente en el sistema de educación. 

Al mismo tiempo, los colegios deberían convencerse de que un modelo de calidad es el pasaporte hacia la producción e innovación en los conocimientos, junto con el verdadero desarrollo de la ciencia en Bolivia.

Lo que se necesita es cultivar una educación generadora de consciencia; la cual está unida directamente a un proceso pedagógico que explote distintos valores educativos como la auto-exigencia, el uso de un pensamiento propio en los niños y jóvenes, la solución de problemas prácticos y teóricos por medio de reflexiones sistemáticas, y el empleo del estudio disciplinado como una herramienta que impulsa las actitudes críticas y el pensamiento libre de dogmatismos.

Franco Gamboa Rocabado es sociólogo.

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