Hablemos del gobierno

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De: Paz Martinez / Para Inmediaciones

Pese a lo que pueda parecer, no tengo intención de hacer un discurso incendiario o mostrar erudición alguna sobre política nacional, internacional o zarandajas varias. Soy de las que caminan y pagan impuestos -se me rompen las botas solas- Soy de las que va al super más barato y controla gastos para llegar a fin de mes. Tan sólo, estoy harta.

Me cansa, me agota, me cabrea, me duelen las vísceras al escuchar que este, otro o el de más allá gobiernos del mundo van a hacer no sé qué por la población. Creo que, a estas alturas del partido, ninguno deberíamos esperar nada de ellos. Y no es que sea más lista que nadie, es la tozudez del ladrillo. Ya lo dijo el maraviglioso del Kennedy, aquel al que hicieron santo tras asesinarlo: “No preguntes qué puede hacer el país por tí, pregúntate qué puedes hacer tú por él”. ¿Alguien lo quiere más claro?

Estamos exhaustos de escuchar promesas y ver resultados. Agotados de creer tener la miel en los labios y no llegue, de esperanzas vanas, de buenos para nada, de que nada cambie por los siglos de los siglos. Amén. Yo, por lo menos, ya ni me escandalizo de la chulería, de la necedad, de la impertinencia y asquerosidad del poder, aunque sí me duela nuestro infantilismo.

Supimos pronto que había algo más fuerte e importante que nosotros: la naturaleza y nos agrupamos para sobrevivir. Luego nos dimos normas, elegimos a los más capacitados, a los más espabilados para negociar, que hablasen en nuestro nombre, de la misma forma que confiamos en el médico para que nos cure, en el profesor para que nos enseñe o en la costurera para que nos vista. Cambiamos el trueque por la moneda, el campo por la ciudad, la vida por el trabajo. Ya estábamos perdiendo, sin saberlo. O tal vez sí lo sabíamos pero no importaba perder si lo conseguido compensaba. Llega un momento en que ya nada puede compensar el abuso, el ninguneo, el despotismo, la manipulación. Me he hartado de que un estamento sea más importante que quienes lo componen, que un estado sea más importante que sus habitantes. Llegará el momento en que el territorio sea un páramo o alguien dragará el océano de cadáveres porque no pueden circular las mercancías. Perdimos el partido. Dicen algunos que con la caída del muro de Berlín, cuando la URSS dejó de existir. Yo creo que lo perdimos mucho antes, que aquellos eran más de lo mismo pero teníamos la esperanza de que no. Nos vendieron que el pueblo unido jamás será vencido. Creímos pero, ¡ay!, se nos adelantaron creando un mundo global. Se unieron, ellos, los del poder, los que nos venden cristalitos a precio de oro, los que decían que el trabajo nos hacía libres y no esclavos, los que soflamaban justicia para todos y nos ponían coches, casas, lujos alcanzables a un módico precio para dejar de llamarnos pobres y ser clase media. Y en la medianía nos quedamos. Tragando mierda, eso sí, pero medianamente. Y comenzamos a lerdear, a decir “ay, pobre gente” a aquellos que veíamos por la tele y creíamos estaban peor que nosotros. Ilusos, buenos, creyentes, tontos… póngase ustedes el calificativo. Y nos venden la democracia como panacea, que todos somos iguales en el mundo, que cuentan contigo para formar un espacio mejor, más justo, más seguro… Estoy cansada de tanta venta. No tengo manos, dinero, vida para tanto oprobio, para tanta cosa .

He comenzado a verlos, a los distintos gobiernos, como los extras de alguna película  esperando hacer méritos para que les den una escena con frase. Un puestito, que poner el careto cuatro años seguidos bien lo merece ¿no? Y ya no hablemos de los demócratas de por vida, de los partidos y  los partidarios. Y se visten de pana, de comprensión, de tí, de pájaro carpintero para salir en los papeles. Y se dicen de izquierdas o derechas, que no se qué de la transparencia… como si el dinero tuviese ideología, como si el capital fuese a repartirse, como si fuese solidario, igualitario, transparente. Si conociéramos su cara, podríamos actuar, y lo saben.Y se reúnen para ver cuándo se reunirán para discutir la reunión que tendrá lugar cuando se reúnan por segunda vez por el problema del hambre. Y así, entre reunión y reunión, se acaba el hambre por incomparecencia del muerto. Que somos más de lo productivo. Y tras la reunión llegan a acuerdos y hacen proclamas y se dan las manos y firman tratados y se comprometen a cumplir lo que saben incumplirán y ven a la cámara y nos lo cuentan. Y crean organismos y organismos y más organismos que se encarguen de que se cumpla lo que se incumple, que tampoco se cumple con el organismo y que ni el organismo cumple. Y pagamos impuestos  y más y más para mantener los organismos que organizará como vamos a pagar impuestos. Y acabarán con los paraísos fiscales mientras los rellenan de pasta, con las guerras mientras la industria crece y venden los excedentes a los muertos de hambre. ¡Qué más dará, si ya están muertos!. Acabarán con la enfermedad y las epidemias mientras se blindan a las farmacéuticas y la luz y el agua y los alimentos y la tierra y la luna y ,ahora, ya nos venden viajes a Marte. Nos dicen que cuidado con el vecino, que es más pobre que tú, que viste raro y es más claro u oscuro o vietnamita o con tres pies, y nada tiene que perder. Que la cultura está en peligro, que tu modo de vida tradicional terminará, que más vale malo conocido que bueno por conocer. Pero, aunque sepas que el vecino se ha muerto hace dos años, tiene hijos, amigos, primos, una esposa o dos, que esa gente era muy rara y ya se sabe o no, pero qué más dará. Siempre es bueno temer a algo ¿no? Y venga leyes, y venga policía, y venga blindajes y Charlies Hebdos que somos todos, pero no siempre.

He llegado al punto de no retorno: ni espero ni quiero ni participo de nada que tenga su tufillo. Si pudiese, me daría de baja para convertirme en apátrida. Ni a eso tengo derecho: a no existir.

Dirán que es una tristeza ser un descreído, que si no participas no tienes derecho a decir, a pensar, a criticar. Lo siento, nací con boca, cerebro y un problema en el cuello que me lo deja bien tieso. Me dedicaré a mis viejis, a mis niños, a mis clases, a mis viajes y tonterías. Seguiré dedicándome a lo que me den las manos, los ojos, las ganas, porque sé que es la única manera de lograr algo: la solidaridad con el hijo y las ocho esposas del vecino muerto. Que si algún día necesito una mano, vendrá de ahí y no de otro sitio. Y si no llega, me da igual porque sigo esperando morir a los 180 y ruego para que me dejen en paz, que me olviden porque, dice la ONU, que hoy es el día internacional de la felicidad y motivos, me sobran.