Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hay una hilera de mujeres acostadas. Llevan blancas máscaras. Un diamante rojo o púrpura en la frente. Oscuros cuerpos de albo rostro. Parecen chinas y son negras; no son han sino punu del Gabón, bapunu de etnia bantú. Y están muertas. Echadas a la intemperie, vestidos coloridos, piel lustrosa, brillosa, ajada, martirizada, joven, anciana. Las máscaras esconden la verdad de los cuerpos. Hieráticas, aguardan el sombrío rito del final. De ese grupo consigo tres, robadas al silencio. Dos delgadas y otra de anchos pómulos y largas orejas. Chinas parecen de rasgados ojos. Mientras en casa la chacarera cuenta de la raza muerta. Será calchaquí o huarpe. Dice mi prima Graciela que sangre de huarpe corre en nosotros, en avenida de río de piedras, galgas interiores que destrozan los propios huesos. Duele la espalda, tiemblan rodillas y para la chacarera quedan solo brazos; las piernas se fueron en carromato al rumbo incógnito.

Sombra de la tierra sobre la luna. 1:43 de la mañana comienza. A las 4:16 sigue, pero se muestra de a poco la luz. El tren del desierto de Mauritania es levantado por la arena con carga de hierro. Me recuerda los barcos que viera el loco Aguirre en las copas del Amazonas, suerte de naves fantasmas, de holandeses errantes, veleros al viento y del viento. El tren de Mauritania lleva miles de kilos consigo y las dunas lo mueven como cubos de hielo en algún whisky. Inmensas palas pegadas a las ruedas van barriendo los granos, y los obreros agitan las suyas casi en concierto barroco. El hierro se descarga sobre las bantúes muertas, ya cerca del mar y al sur, las mezclan con el mineral y nunca serán tumbas sino lingotes de acero. Es, quizá, una metáfora. Un judío de barba lenín ha instalado un telescopio a medianoche en medio de la calle Eastman. Me invita a mirar cómo el eclipse devora la luna. Miro con el ojo malo y luna no hay ni existe sombra, solo un vaho alcohólico que se mimetiza con el aire de invierno.

Me detengo. Coyotes y zorros escudriñan. Tiembla todavía el conejo en las fauces de la zorra madre. Me mira. No hay en su mirada dolor, grandes pupilas si son pupilas, dilatadas y sin siquiera asombro del futuro de ser devorado vivo. Me mira sin nada. Yo observo el eclipse. Un millón de años y nada. Los conejos y nosotros, el magro coyote astuto que juega a mísero para tener festín, la cola de zorra como fino plumero de punta blanca. La Salamanca, diablo del quebrachal, de la selva seca no lejos de Atamisqui, hace de pasos malambo y la tierra resuena como tambor macho en aureola de carnaval.

Péndulo entre el baile y lo estático, entre las coloridas máscaras de México y las funerarias del Gabón. Piso húmedo, este, allá en el África occidental. Pasan botes españoles, aterrados de los espectros del agua del Río Muni. Peces tigre marchan en desfile hasta la muerte. Se esconden en el torrente y decapitan ciervos y niños. Comen tanta gente que su carne se ha vuelto gourmet. A la larga, entre nosotros, es únicamente eso: antropofagia, antropomagia.

¿Por qué mi memoria y mi deseo vagan entre dos costas tan lejanas entre sí, entre Gambia y Salamina? Si me he deshecho de todo y alrededor no tengo más referentes, ni los ibis de Ghana ni los aguará guasú del litoral argentino en madera balsa. Que del puente imitando al medioevo sobre el Pilcomayo hasta la turbia agua de Biafra hay mucha más distancia que un simple sueño. Escribiendo busco a Prometeo, desafío a los dioses. Crearon y yo también creo. Pintaron y pinto, cantaron y bailo, asesinaron y decoro con sangre los labios de las mujeres muertas, en fila, en lista de espera, mientras sus agitados vestidos parecen ferias del arcoíris y el tren hace chúchú pesadamente, a medida que viaja hacia el cielo y que lo engolfan los nimbos hasta desaparecerlo.