Gramsci y la hegemonía como mecanismo del consenso

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El análisis de los clásicos del marxismo en el siglo XXI puede representar un trabajo que implica solamente una reflexión alrededor de la historia de las ideas. Sin embargo, también es posible reinterpretar algunos postulados teóricos con el objetivo de arrojar luces y comprender nuevos fenómenos, tratando simultáneamente de superar los viejos errores que refutaron a las teorías originales. Si bien los supuestos principales del marxismo, como la determinación en última instancia de la infraestructura económica, o la vanguardia esencial y revolucionaria de la clase obrera, han sido contradichos por la evolución histórica del capitalismo contemporáneo, sus preocupaciones sobre la lucha por el poder, permiten siempre estar alertas desde una perspectiva crítica.

Este es el caso de las contribuciones teóricas de Antonio Gramsci (1891-1937) que fueron fundamentales para rechazar el determinismo económico difundido por algunas tendencias del marxismo dogmático. Gramsci facilita la identificación de un conjunto de características específicas en la esfera del Estado y la sociedad civil, dando nacimiento a un debate sobre el concepto de “hegemonía” junto a las particularidades de lo político: la verdadera razón de ser para la captura del poder.

La hegemonía es un “proceso envolvente” que hoy día se caracteriza por convertir a la cultura en el tejido sutil de la propaganda política y en los condicionantes ideológicos de la persuasión en una época de democracia de masas. Asimismo, la hegemonía dentro del capitalismo postindustrial se transforma en un tipo de acción estratégica para obtener el poder, conservarlo y efectivizarlo a través de consensos y procesos de comunicación, con el fin de convertir al liderazgo fuerte en el vencedor, aliándose inclusive con las fuerzas derrotadas del campo político.

También se pueden considerar otros aspectos respecto a cuán útiles son las perspectivas críticas que inauguraron los denominados grandes pensadores de la revolución comunista, para seguir cuestionando nuestra contemporaneidad política. Si bien las diferentes versiones del marxismo-leninismo están devaluadas en la actualidad debido a la desaparición de la ex Unión Soviética y todo el orbe socialista de Europa del Este, algunas orientaciones crítico-analíticas de autores como Gramsci, todavía mantienen plena vigencia, en el sentido de invitar a los líderes políticos, partidos y movimientos sociales, a pensar procesos muy complejos como las raíces en las que prospera la dominación, o las estructuras ideológicas que abarcan la construcción de hegemonías expansivas en los sistemas políticos democráticos.

Una estrategia que busca la hegemonía exige convertir a la comunicación con los dominados y sujetos subalternos, en un proceso educativo y, al mismo tiempo, transaccional para lograr legitimidad o aceptación. Esto quiere decir que cualquier grupo dominado podrá negociar con el actor dominante, a cambio de subsistir en la lucha política. La finalidad de toda lucha hegemónica es obtener un equilibrio de consensos para consolidar las estructuras del poder en ejercicio que requieren el Estado, el líder o el partido fuerte. Un partido político eficaz es el denominado “príncipe moderno” de Maquiavelo; es decir, una organización eficiente y con una burocracia dirigente capaz de imponer la autoridad legítima por medio de intelectuales que representan una especie de cerebro en medio del conflicto de clases.

A pesar de las dificultades interpretativas que tienen todos los textos teóricos de Gramsci debido a su fragmentación, ausencia de sistematización y los problemas para tener una imagen completa de su pensamiento, los aportes respecto al concepto de hegemonía son muy convincentes. Permiten comprender que la cultura y la sociedad se desarrollan a través del entrelazamiento de diversos códigos de significaciones, interpretaciones y construcción colectiva de la dominación, otorgando sentido a todo lo que el hombre puede desarrollar en su vida social.

En las ciencias sociales, siempre llama la atención el desarrollo de la cultura como aquel entramado simbólico que no se reduce a meras prácticas discursivas o entretenimientos míticos. Los horizontes simbólico-culturales tienen su propia especificidad, su propia vida y autonomía que dan significado a todo lo que hacemos en las luchas sociales y políticas. Aquí ingresa la hegemonía como un ordenador de significados, de discursos y de comunicaciones para articular esfuerzos y constituir la autoridad intelectual en un flujo constante de conexiones entre el Estado y la sociedad civil. Es por esto que la hegemonía no está conformada únicamente por la ideología, ni ésta desaparece cuando se consolida el predominio de un actor político hegemónico.

Aquellas visiones del marxismo (mecanicista y ortodoxo) que, gracias a la extensión acrítica de la teoría del reflejo a las ciencias sociales, reducían todo análisis a los procesos materiales de producción, terminaron por esconder y abandonar en la oscuridad los fenómenos comúnmente conocidos como superestructuras político-estatales. Gramsci puede ser resucitado, justamente con el objetivo de realizar una lectura profunda de los fenómenos hegemónicos, sobre todo relacionados con la producción político-cultural y una serie de procesos de información-comunicación masivos que hoy en día son bastante influyentes, como las campañas políticas, el desarrollo de la opinión pública y las estrategias para “manufacturar consensos” en las democracias modernas.

Es en el horizonte del conjunto problemático del Estado, su legitimación ante la sociedad, lo político como campo de lucha y reconciliación, así como dentro de la cultura, que se desenvuelven los estudios de la hegemonía. En el tratamiento de estas temáticas, Gramsci reflexiona respecto a la identidad de lo político, como espacio propio de conocimiento, construcción de objetos de estudio particulares, y terreno para disputar el poder por medio de un uso imaginativo del saber, aplicado a la praxis organizacional revolucionaria.

La ideología como una estructura de significaciones, conduce a las “formas hegemónicas de la política”, transformándose así en los sutiles basamentos de la dominación estatal en toda sociedad. Por consiguiente, el horizonte de visibilidad teórico para el pensamiento político le debe mucho a las reflexiones gramscianas sobre la hegemonía y las formas ideológicas de la dominación sutil. En suma, Gramsci es aquel maestro que nos hizo entender que la política no es el arte de lo posible, sino la fuerza intelectual del partido y la conciencia que éste desarrolla para hacerle ver al sujeto dominado que no hay otra forma de obedecer, sino estar convencido de acatar la autoridad en una comunicación y concertación con los más fuertes.

Franco Gamboa Rocabado es sociólogo.