Goliat

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El MAS va a la batalla de octubre como Goliat. Se siente el mercenario filisteo que apunta a todo lo gigante. Organiza concentraciones gigantes con plata del Estado y bajo gigantes chantajes, presiones y amenazas. Gigantescas son sus obras inútiles y pueriles que embelesan a los bobos y son desmesurados como gigantes sus recursos de chicanería para perseguir, silenciar, calumniar y procesar a sus detractores. Son gigantes hasta la deformidad sus ansias de poder, su egolatría patológica, su uso ilegítimo de información privilegiada, sus sobornos, sus tráficos de influencias, su furioso caciquismo, compadrazgo, cooptación y nepotismo. Gigantes son su impunidad y su despotismo. Gigante es su violencia.

Goliáticos son sus obscenos despilfarros en lujos insultantes. Sus 200 mil funcionarios públicos obligados a «defender» el proceso, sus mil guerreros odiadores, sus cientos de cuentas falsas, sus millones gastados en publicidad, sus ejércitos de sicarios de la desinformación y la mentira, sus multitudinarios enjambres de aduladores y su gigantesco entorno de serviles. Gigante es el desprecio del MAS a la austeridad, a la humildad, a la decencia, al respeto de las leyes, al juego democrático, a la libertad de discernir y a la disidencia. Gigantesca es la estructura de un partido que funciona por el uso del control y del chicote, gigante hasta la risa es su vocación para la obediencia.

Así, el MAS no está dispuesto a encarar el proceso electoral en urnas y en juego limpio. Su gigantesca maquinaria, su gigantesco y patético control de las instituciones del Estado, su gigante necesidad de permanencia, le han hecho sentirse Goliat. Sí, filisteos y brutales, el MAS quiere ganar a cualquier precio, quiere aplastar, quiere deshacer, quiere conquistar, quiere derribar, quiere destruir cualquier atisbo de oposición o de contrincante y está asegurándose de eso, de que todo el mundo vea que son el mounstruo Goliat. Lástima que su ignorancia es también gigantesca, porque si los del MAS, leyeran algo, sabrían que a Goliat -con pura inteligencia y coraje- lo derribaron para siempre con una piedrita. La ciudadanía, tiene esa mortífera piedrita, se llama voto.