Frustraciones futboleras y relaciones agridulces

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De: Álvaro Vásquez / Para Inmediaciones

Molesto por haber tenido que festejar el campeonato luego de perder el último partido del año, preferí leer algo en lugar de ver los programas deportivos de domingo.

Elegí una novela breve, Lima y Limón de Antonio Jiménez Morato.

Conocí a Antonio hace varios meses, cuando llegó a La Paz a dar algunas charlas y dictar un taller de escritura. Persona amena, locuaz y de ideas claras, me cayó bien. Al  reencontrarlo en la Feria del libro de La Paz, fue natural el conversar unos minutos con él, enterarme de que presentaba este libro en una edición boliviana, asistir a su presentación,  y hacerle un lugar en los estantes de casa.

Fue una buena elección para hoy. Me quitó el mal sabor futbolero en las dos horas y algo que tomó su lectura. Quizá simplemente porque está bien escrito, quizá porque partes del texto encontraron eco en mis propios recuerdos, o quizá por ser una historia común a todos, contada de una forma mejor a la que la recordamos, la lectura hizo “click” desde el inicio.

La novela narra una relación de pareja, desde su inicio hasta su final.

Nada novedoso, hasta ahí. Creo que su encanto está en cómo la narra. En realidad, hay un solo narrador con dos voces. Una cronológica, que narra los acontecimientos de  una manera bastante libre, pero con cierta coherencia temporal. La otra voz, que apenas toma pocos párrafos en cada aparición, nos brinda flashbacks que muestran momentos específicos de la relación, sin mayor sentido cronológico, como si nos mostrara al azar fotografías de un álbum, redondeando así la historia que la primera voz narra de manera más bien distraída (y quizá por eso mismo, atractiva).

Y de esa manera tan simple (pero tan bien trabajada), nos muestra los momentos graciosos, tensos, alegres, inolvidables que toda relación tiene. Y con ellos arma una historia, una buena historia. Una que seduce con su sencillez, con su honestidad y con cierto desparpajo de quien parece creer que la vida, sus amores y desamores deban tomarse en serio, pero sin solemnidades.

Comparto una frase que subrayé en el libro: … a todos nos gustaría elegir un final agradable para los que queremos. También para nuestras relaciones. Habría que instaurar una eutanasia sentimental.

Y comparto también un texto de Ricardo Piglia citado al final del texto: Y cuando hay finales, son siempre trágicos; y si no, hay un fluir de acontecimientos que uno después retrospectivamente recuerda como si hubieran sido un final. Pero uno no vive el final. Salvo la muerte de alguien o el fin de una relación en la que uno de los dos queda con la sensación de que hubiera querido seguir.

Estuve tentado de referirme al último párrafo del texto, el que cierra la historia, y preferí no hacerlo. Me pareció magnífico, y merece ser leído dentro de la historia que cierra con maestría (como debería cerrar el campeonato un equipo grande).