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«Estuve un mes y decidí irme»

Ricardo Aguilar Agramont ha muerto. No puedo presumir de su amistad, ni siquiera de una incipiente sintonía afectiva. Pese a ello, su prematura desaparición física es una cuestión ineludible de abordar acá. Es lo menos que él podría exigir ahora de quienes lo conocimos.

Empecé a quererlo el 4 de julio de 2017. Su “hola Rafo” en mi chat, encendió aquella llamarada de sorpresa y sospecha, que nos abruma cuando imaginamos la interposición de un abismo ideológico. Con él, éste resultó ser ficticio. Y es que en aquellos momentos nos convertíamos en víctimas del mismo canalla. Héctor Arce Zaconeta arremetía contra mí y Pablo Solón abusando de su poder como Ministro de Justicia.  Nos acusaba de algo tan ruin como descabellado: yo me habría hecho pasar durante 14 meses como embajador de Bolivia en Naciones Unidas gracias a un nombramiento unilateral redactado por Solón, el embajador renunciante en junio de 2011. Aún si hubiese sido verdad, nadie entendió con qué malévolo objetivo habríamos urdido semejante comedia, de la que Evo, Choquehuanca y el propio Héctor Arce participaron, como demostramos con más de cien evidencias documentales.

“El proceso no tiene pies ni cabeza, la verdad”, me escribió Ricardo. Fuimos jalando el hilo. Sí, nos estábamos haciendo hermanos vía atropello compartido. “En determinado momento cuando se me hizo juicio, tuve muchísimo miedo, porque parecía que las cosas marcharían tal cual querían personas muy vinculadas al juicio que ahora te hacen a ti. Sin embargo las consecuencias los hicieron retroceder”, rememoró. 

En efecto, en mayo de 2014, el mismo Arce Zaconeta acusó a Ricardo Aguilar Agramont de haber cometido espionaje a favor de Chile. ¿Cómo no sentir miedo, carajo?, ¿fue acaso Ricardo un espía del enemigo?  Nada de lo que él escribió en “La Razón” pudo haberle servido a los juristas contratados por Santiago en La Haya. Nada. ¿Pidió disculpas el inquisidor?  Obviamente que no.

Ricardo siguió nuestro proceso con más solidaridad que algunos de quienes hubiera esperado una fugaz mueca de aliento. Al respecto, me volvió a escribir: “No creo que haya alguien que dude de tu inocencia y la de Solón. Yo creo nomás que son las ideas brillantes de Sacha y Héctor Arce, dos personas muy limitadas que no tienen otros recursos para buscar el reconocimiento del Evo”. Daba en el clavo.

Veinte días más tarde celebramos juntos el que haya sido el propio Arce Zaconeta quien desistiendo de su absurda demanda, terminó entregando el expediente al canciller Huanacuni para achicarlo a mero proceso administrativo. “Es nomás retroceso, aunque hable aún de lo penal en medios”, complementó Aguilar. Claro, aunque Arce Zaconeta parecía bajar los brazos, no perdía la ocasión de amenazar, era parte del libreto. En la transferencia y sepultura de la documentación, el entonces Ministro se atrevió a decir que Solón y yo habíamos “cometido delitos”. Nunca dijo cuáles y tampoco se retractó.

El 28 de agosto de 2020, Ricardo Aguilar retomó el contacto remoto. Esta vez nuestro tema era otro: “La Razón”.  Si bien fue en dos etapas distanciadas, ambos hicimos carrera en ese medio impreso.  Entonces me contó el modo en que fue alejado de la redacción: “Siempre se me dejó hacer lo que quería, salvo por esos artículos de autoridades que ellas mandaban directo a Atahuichi (del Vice o de Sacha). Cuando yo sabía que saldrían, digamos uno de García Linera, entonces yo lo llamaba al Chato (Raúl Prada) para ponerlo. Me dejaban hacer todo. Supongo que un poco como con tus columnas, para mostrar pluralidad. Ese dejar hacer respecto a los periodistas de planta era solo conmigo. Yo sabía que me utilizaban, pero también yo, al periódico para hacer lo que quería”.  Aguilar escribía regularmente para el suplemento “Animal Político”, yo fui columnista de “La Razón” entre 2013 y 2018.

“Un día me dijeron que ya no, que querían refrescar el Animal. Me exiliaron a la sección Mundo, a la esquina. Estuve un mes y decidí irme”. Queda claro que Ricardo fue arrinconado en el diario de Auquisamaña y es que había sonado la hora de terminar con el disimulo. Aguilar estaba siendo para el MAS lo que el levantamiento de Kronstadt para los bolcheviques, el año 1921.

Hace un año, leí lo que serían sus últimas líneas conmigo: “Qué tiempos nos tocan presenciar. Degradación y muerte por todo lado”.  Le respondí que estaba de acuerdo. En realidad debí haberle agradecido por su entereza, por renunciar al silencio calculado y por obrar en complicidad con su conciencia.

Rafael Archondo  es periodista.

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