Andrés Canedo

El café y los amigos, que son cinco en total pero que le dan a la mesa un aspecto un tanto abigarrado, mientras sus voces se suman y se entremezclan, en esa mala costumbre que surge ya casi al final de las reuniones, en las que la conversación se va haciendo, por momentos, una suma de monólogos, porque ya casi todos quieren decir y no escuchar, y lo dicen aun sabiendo que ya nadie los escucha y que sus voces son apenas un aporte adicional al ruido general incomprensible, que sus expresiones se pierden como un rostro apenas vislumbrado en la calle repleta cuando todos salen del trabajo. Es como uno de esos programas de televisión argentinos que yo intentaba ver, donde todos hablan al mismo tiempo y en los que no se entiende nada y en los que, por lo general, no hay mucho importante que entender. Pero más que eso, es la tierra de Borges, Sábato, Cortázar, Girondo, pienso para corregir el agravio. Ya hace rato que pasó la conversación sobre libros, pintores, teatro. Tal vez por eso me abstraigo, me sumerjo en mí mismo, me convierto en una especie de iceberg; una parte de mí todavía los escucha. Algunas expresiones sí hacen eco y permanece el vigor del sentido de las palabras, como cuando Juan, sobreponiendo su voz a las de los demás, logra pronunciar: “Digan lo que digan, comparen con cuanta hembra maravillosa del cine de hoy, no hubo ni habrá mujer más maravillosamente sexy y divina que Brigitte Bardot: esa boca, esas piernas, ese culito para morder con devoción, esos pies como saetas de belleza y placer, esa voz de gata en celo que te golpea en el centro mismo de los testículos”. Todos aprueban, añaden adjetivos superlativos, aunque alguno esboza una defensa de Angelina Jolie, pero es acallado por el abucheo generalizado, y no falta uno que agregue con la maldad que sólo los amigos pueden permitirse, que le responde: “Claro, como vos tenés la pinta de Brad Pitt”, a lo que el aludido responde con igual generosidad, “Sí, y vos seguro que te hubieras podido coger a Brigitte”. Hasta yo, salgo de mi meditación, perdido como estoy en imágenes de una mujer real, no de esa realidad de los sueños inútiles, y agrego: “Sí, como Brigitte no hay”.

La veo, en los días primigenios, cuando le estoy quitando la ropa y ella se va manifestando como una revelación mágica. La palabra para ello, es, claro, epifanía. Son revelación sus senos que caben en la palma de la mano; su cintura que se abre hacia abajo en el estuario de sus caderas; sus muslos infinitos que amenazan con el germen de la locura. Es una alucinante epifanía el sexo tan bien hecho, tan sabio y también tan intuitivo. Y su reír final, sin complejos, sin vergüenza, resonando entre las paredes de la habitación y filtrándose en mis oídos como el canto a la libertad y a la alegría. “Me alegro de haberte gustado”, dice como afirmación contundente, segura, sabedora de lo que es. Y agrega, gentil, posiblemente veraz: “Vos también me gustaste”. “Eras más linda que Brigitte Bardot”, siento y pienso, retomando lo escuchado hace algunos segundos. Eso me trae al presente.

Hoy no se habló de Bach, ni de Mozart, ni de Brahms… Al menos, eso creo. En este prolongado epílogo de la charla, los amigos están, alcanzo a comprender, comparando a Aretha Franklin, Janis Joplin y Ella Fitzgerald. Pedro, remata diciendo que “la versión desgarrada, quebrada, sufriente, de Summertime por Janis Joplin, es lo máximo, lo absoluto, lo que te sacude desde el alma hasta los cojones”. Los demás aprueban. Yo, que he logrado emerger, que salgo por un momento de las imágenes de esa mujer que ya no es tan real, alcanzo a decir: “Sí, ella es lo máximo”.

Hace unos días que vivimos juntos y yo, cuando le escapo al trabajo, la encuentro porque ella me está esperando, para hacer el amor. Pero lo hacemos con tal prodigalidad, con tanta dedicación y abundancia, que con innegable beneplácito le quito horas al dormir y cada vez llego al trabajo con más sueño, que hasta he adoptado la práctica de irme a dormitar unos minutos al baño. Sin embargo, el amarse es la prioridad absoluta e inagotable, de manera que el regreso a casa lo hago como flotando, como degustando el paraíso al que pronto ingresaré y que se expresará en besarle, además de la boca y del pubis, sus pantorrillas contorneadas en fuego, la parte interna y superior, tan suave, tan sedosa, de sus muslos de maravilla exhibidos sobre las sábanas blancas, las que pronto perderán su lisura y se alborotarán bajo los cuerpos, que se arrugarán resplandeciendo sin quejarse y podrán emitir los testimonios más descarnados de la pasión de la que se hacen cómplices. Y el amor, esa expresión del alma, en mí se manifiesta y va creciendo cada día. Lo busco en ella, trato de develar si está presente en los rastros de su cuerpo, en la sonoridad de los orgasmos, en el sabor de su saliva, pero tal vez me he vuelto invidente y no lo encuentro, aunque en los paroxismos ella pronuncie “te amo”. Es que más allá de los arrebatos, ella, aunque gentil, se me muestra como un papel blanco, en el que no hay nada que leer. He llegado a compararla con un piano que tiene teclas muertas, en el que sólo es posible producir algunos acordes, pero que todos los demás permanecen mudos.

              Mauricio, a pesar de la algazara generalizada, ha logrado leer un nuevo poema suyo, que dice que no lo hizo antes, en el tiempo de los temas serios, porque la joda se desató antes de lo que esperaba. En este ir y venir de adentro, donde radica la mujer de mis recuerdos, he logrado escuchar algunos versos. Es un poema de amor, de un coito mágico, cuyo verso final me ha golpeado: “Y yo, inundando con estrellas blancas, el origen de tu ardor”. Los amigos aplauden, yo incluido. Algunos clientes de las mesas vecinas, levantan el pulgar mostrando una sonrisa, una muchacha linda que por ahí cerca come un sándwich, no se aguanta y le dice “maestro” y se ruboriza al mismo tiempo que lo hace Mauricio, que ya no puede agregar palabras y apenas logra inclinar la cabeza como signo de agradecimiento. Yo encuentro en ese verso, el motivo para volver a sumergirme, a escaparme, a buscarme a mí mismo.

              Yo inundo de estrellas blancas tu sexo, unos pocos centímetros cúbicos que sumados pueden ser ya litros de tanto depositarme en “el origen de tu ardor”. Quiero que las estrellas que coloco en ti alumbren tus arcanos, que entre toda esa bruma en que te apareces, descubrir los fulgores de tu amor por mí. Pero nada de tu alma brilla y toda mi criptografía fracasa. Únicamente deslumbra tu cuerpo, sólo gritan los espasmos de tu piel. Aunque ese día, en tu amenaza, creí descubrir un breve resplandor. “El día que yo te descubra con otra, en ese mismo momento buscaré otro hombre para acostarme con él”, me dijiste y yo me quedé asustado, aunque también sentí un esbozo de esperanza. Pensé que me celabas. ¿Me celabas por amor o era simplemente el indicarme que eras, que debías ser, la dueña absoluta de mi cuerpo? Sin embargo, esa ya era de tu parte una expresión puramente humana, porque los humanos tenemos alma y eso, había sido hasta ese día, tu más notable manifestación de sentimientos hacia mí. La antigua amante que llamó por teléfono y que tú contestaste porque yo no estaba, la que posiblemente se enteró de que yo ahora vivía con una mujer, la que con maldad, apenas te había dicho, “Él tira muy bien. Disfrútalo mientras puedas”, posiblemente me había hecho un favor; había posibilitado que manifestaras un sentir, uno de aquellos que yo quería conocer, que podría empezar a iluminar el circuito de luces que me mostrarían los peldaños de tu esencia.

“Los noticieros…”, ha dicho alguien. Presto atención, pero esas dos palabras constituyen el final de la idea. Me he perdido lo anterior. Ahora casi todos coinciden en que no ven series de televisión, aunque sean la gran moda, ya que las series son un tiempo esclavizante, que puede entretener, pero que no deja nada, o lo que es peor, toda la televisión te va haciendo un lavado mental, volviéndote más idiota y por lo tanto, más sometido, menos libre, en una acción perfectamente planificada, para atraparte en la ideología dominante que responde a los intereses de las grandes empresas transnacionales. “Por eso somos cada vez más brutos”, concluye Mauricio. Claro, todos fuimos hace unos veinticinco años, de aquellos que llevaban el corazón a la izquierda. Nos hemos modernizado, o tal vez degradado. Ahora somos fuertemente ecologistas en nuestras declaraciones, aunque nuestra acción a propósito de esa causa sea nula o puramente declamatoria. Es la necesidad de seguir creyendo en algo, de que algo nos sostenga la posibilidad de la siempre esquiva utopía. Luis, sin embargo, toma coraje y cuenta que ha visto dos o tres series de TV, que aunque se empeñó le faltó el valor para terminar de ver Juego de Tronos, pero que sí vio una maravillosa serie española que se llama El Ministerio del Tiempo. Se trata, dice, de unas patrullas que pueden volver hacia el pasado y evitar que este se modifique (siempre hay grandes intereses que intentarán modificarlo para su beneficio actual). “La cosa es que en esos viajes al pretérito, ves fragmentos de la vida de grandes personajes españoles: Lope de Vega, Diego de Velásquez, Dalí, García Lorca, Bécquer… Véanla, no se van a arrepentir y no es tan larga como la mayoría”.

El tiempo ha ido pasando, y aunque no con el frenesí de los primeros meses, la cama seguía siendo el punto focal de nuestras vidas. Sólo allí se daban nuestros encuentros, en esas explosiones de luces arrebatadoras que zanjaban todas las rencillas, todos los malentendidos. No obstante su alma, esa que yo me desesperaba por alcanzar, permanecía en el misterio, se distanciaba a velocidades vertiginosas como se alejan las galaxias. Era su cuerpo el que yo tenía y que, a pesar de las reiteraciones, me seguía siendo lo más apetecible del universo. A veces, mientras conversábamos sobre las banalidades cotidianas, ella movía levemente el dedo meñique, y ese simple hecho, me ponía en un estado de efervescencia, de inaplazable deseo, que entonces ella, no siempre estaba en disposición de complacerlo. El lecho, el tálamo, también iba perdiendo poder y yo, rindiendo la dignidad, debía implorarle que hiciéramos el amor, lo que no siempre lograba. No encontraba su espíritu, quería conservar la posesión de su cuerpo. Había, a pesar de todo, momentos excepcionales, como un día en que le pedí que me dejara tomarle fotos desnuda. No vaciló en decirme que sí. Ahora pienso que ella sabía que su belleza debía encontrar una posibilidad de eternizarse o al menos prolongarse más allá de las peripecias del tiempo que nos iría atrapando en su fluir incesante. Le hice las tomas en todas las posiciones que me parecieron las más estéticas. Ella percibía, en mi rostro, en todo el lenguaje callado de mi cuerpo, el deseo por el suyo. Eso no era novedad, claro. Pero el sentir que sus formas estaban siendo registradas y que desde ese hecho se establecía un principio de eternidad, la fue excitando, porque su desenfado ante cada nueva toma era mayor, sus labios, sus pezones, adquirían una turgencia fulgurante. En cuanto dejé la cámara me le acerqué y ella se apresuró en desvestirme. La cópula, dos veces repetida, fue tan honda, tan intensa, tan radiante, como en los primeros días. Sus orgasmos, varios, fueron bestiales y la música exacerbada de sus gemidos, llenó de melodías primigenias el apartamento.

“Hay algunas putas dulces, enormemente generosas”, dice alguien de la mesa. “Yo creo que las putas siempre son putas…”, le responde otro. La conversación se me pierde, como se me van perdiendo tantas cosas.

Y yo la voy perdiendo. Todo se va yendo a la mierda. Cada vez la distancia de ella es mayor. De vez en cuando sus permanencias en el trabajo se alargan dos o tres horas. Hacer el amor, se va volviendo una excepción y, en consecuencia, el fervor por tenerla se incrementa en progresión geométrica. Hace poco, entré al baño mientras ella se estaba duchando. Ver su cuerpo desnudo, con las gotas de agua recorriéndole golosas el cuerpo, me impulsó a querer tocarla. Se horrorizó. Sus manos temblorosas me rechazaron mientras su cabeza me hacía signos de negación y los ojos se le desorbitaban. Por primera vez sentí una sensación de derrota, de imposibilidad total. Más tarde se disculpó, me dijo “No siento ganas de coger ni de hacerte el amor. Algo extraño me pasa. Soy yo, no sos vos. No insistas por favor”. Desde entonces, el trabajo, dice, le exige cada vez más. Yo suelo llegar a casa y ella no está. Pienso que debo sugerirle que vea a un psicólogo. Pero, ¿será cuestión de psicólogo lo que ella necesita para su problema? Hace unos días, mientras yo regresaba en un taxi, la vislumbré un momento caminando por la calle, lejos de su oficina. Iba vivaz, sin apariencia de derrota. Al menos eso me pareció en el par de segundos que la vi. Cuando llegó al departamento, dos horas después, me dijo que había estado trabajando. No le respondí nada, no le dije que la había visto. Tal vez soy un cobarde, quizá prefiero no saber.  Ahora transito la noche del espanto. El mundo se ha vuelto gris y mi derrotero es el de una derrota anticipada. Casas grises, cielo gris, gente gris, sol gris. Apenas el consuelo de los amigos, a los que ya no puedo prestar atención. Sus voces, queridas más allá de todo, resuenan como ecos vacíos en la oscuridad a la que he sido arrojado. El planeta se me ha ido reduciendo a estos amigos con los que estoy sin estar y a aquella mujer que se va. Ese amor mío apenas correspondido, hasta hace poco, por el deslumbrante cuerpo de ella, es ahora un terrible naufragio.  Camino por las calles y aunque mis pies se arrastran más sobre el piso, ya no quedan sus huellas vibrando en la vereda. Miro las cosas y la gente, pero veo apenas formas borrosas suspendidas en un espacio deformado por las numerosas cortinas de la sombra. Trapos sucios de piso botados en el baño, comidas insulsas, el agua que ya no calma la sed y mi propia alma moribunda entre todo ese sinsentido. Ecos, únicamente ecos vaciados de toda presencia humana.

—Oí cojudo— me dice la voz de Juan, mientras me apoya la mano en el hombro—. Hoy has estado más ausente que en las anteriores oportunidades. El hecho es que ya nos vamos. Yo pagué tu consumo, no tenés de qué preocuparte. ¿Vamos?

—Sí, amigo. Tenés razón. No tengo de qué preocuparme. Vamos. Vamos.