Rafael Narbona
Occidente se desliza peligrosamente hacia el autoritarismo. El genocidio de Gaza es un nuevo hito en la historia universal de la infamia. La desobediencia civil no violenta es el único recurso que nos queda para defender la paz, la dignidad humana, la justicia y la libertad.
Después de Gaza, es casi imposible seguir confiando en la democracia occidental. Estados Unidos y los gobiernos europeos han ignorado las protestas de sus ciudadanos contra el genocidio perpetrado en Gaza por el gobierno de Netanyahu, el más corrupto e inmoral de la historia de Israel. Lejos de frenar la masacre del pueblo palestino, Netanyahu y sus ministros han decidido recrudecer su ofensiva. Las Fuerzas de Defensa de Israel han movilizado a 60.000 reservistas para el asalto y la devastación de la ciudad de Gaza, donde la hambruna ya no es un mito inventado por Hamás, sino un hecho reconocido por Naciones Unidos. Al mismo tiempo, se ha autorizado la construcción de nuevas colonias ilegales en Cisjordania, que quedará dividida en dos zonas incomunicadas. Como ha manifestado el gobierno de Netanyahu, con este proyecto se destruye definitivamente la posibilidad de un Estado palestino.
La analogía con las acciones criminales de la Wehrmacht y las Waffen SS ya no es una hipérbole, sino una triste evidencia. Hace unos días, apareció el vídeo de un francotirador israelí disparando a un niño palestino. Las imágenes no fueron captadas por un periodista, sino grabadas por los compañeros del francotirador, que celebraron su puntería con gritos de júbilo. Es inevitable pensar en el infame Amon Göth, comandante del campo de concentración de Plaszow en la Polonia ocupada por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Göth solía disparar contra los deportados judíos desde el balcón de su residencia. Steven Spielberg recreó sus crímenes en La lista de Schindler. En los noventa, las escuelas alemanas llevaban a sus alumnos al cine para que vieran la película y repudiaran las políticas de exterminio del III Reich. Quizás los niños aprendieron la lección, pero está claro que las autoridades no asimilaron el mensaje. Hoy no es posible protestar en Alemania contra el genocidio de Gaza sin ser detenido y acusado de antisemitismo y connivencia con el terrorismo.
En Reino Unido y Estados Unidos sucede lo mismo. Horrorizada, la ciudadanía pide un alto el fuego y la entrada de alimentos y medicinas en Gaza. Ya han muerto de hambre casi 500 palestinos, la mayoría menores. Los niños de la Franja comentan a sus madres que desean morir para ir al cielo y poder comer. Vivimos un momento especialmente trágico. El nuevo orden internacional del que se habló después del 11-S se ha revelado como una nueva época de abusos y matanzas, donde gobiernos populistas normalizan la crueldad y el crimen. En Reino Unido, gobiernan los laboristas, pero eso no ha impedido que la policía actúe con brutalidad contra los manifestantes que se solidarizaron con Acción Palestina, una organización a la que el gobierno de Keir Starmer ha declarado terrorista por actos de sabotaje contra intereses israelíes.
La actriz y activista Bianca Jagger escribió un valiente artículo titulado “Un día para la infamia” relatando los vergonzosos hechos acontecidos el pasado 9 de septiembre en Londres, cuando la Policía Metropolitana detuvo a 500 personas, acusándolas de terrorismo. “Las cifras son tan impactantes como las escenas que presencié -escribió Bianca Jagger-. Según los datos de la propia policía, 112 de los detenidos tienen 70 años o más, y 15 de ellos 80 o más. Casi la mitad tiene 60 años o más, con una edad promedio de 54 años. La policía actuó de forma implacable contra los manifestantes. Muchos eran personas débiles, ancianos o discapacitados. Vi a sacerdotes y vicarios con alzacuellos conducidos esposados. Vi a enfermeras jubiladas y a trabajadores sanitarios del NHS (el Servicio Nacional de Salud) con sus uniformes llevados a furgonetas policiales [… ] Una imagen se quedó grabada en mi mente: Mike Higgins, un anciano ciego en silla de ruedas, era arrastrado por varios policías mientras los manifestantes gritaban “Suéltenlo” y “Vergüenza, vergüenza”. También presencié cómo la policía arrestaba a una mujer de 80 años con Párkinson, mientras su hijo suplicaba a los agentes que no la detuviesen”.
Bianca Jagger señala que no se trata de un incidente aislado. Los Estados están atacando las libertades y los derechos democráticos para transformar la disidencia en un delito. Hay un claro propósito de crear un nuevo modelo de sociedad, donde las instituciones ya se están utilizando para escarnecer y aplastar la soberanía popular. En Estados Unidos, Donald Trump ha desplegado innecesariamente a la Guardia Nacional en Washington, un bastión demócrata, y ya ha anunciado que hará lo mismo en Chicago, cuyo alcalde es el progresista y ex líder sindical Brandon Johnson, un demócrata al que apoyaron los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren. Occidente se desliza peligrosamente hacia el autoritarismo. Y no por medio de golpes de Estado, sino gracias a victorias democráticas de demagogos sin escrúpulos. Ya no hay cordones sanitarios para frenar a la ultraderecha. La derecha culta y moderada ha desparecido. Y la izquierda se ha debilitado gravemente con un discurso huero y oportunista. El wokismo fue una noble iniciativa en sus inicios, pero ya solo es una plática vacía que produce perplejidad en las clases trabajadoras. El panorama es tan desolador que no me parece gratuito hablar de una verdadera crisis del modelo democrático. Todos los déspotas de nuestro tiempo (Trump, Putin, Maduro, Bukele, Orban, Meloni) agitan la bandera de la libertad, pero lo cierto es que todos la pisotean obscenamente. Esa paradoja evidencia que la democracia puede ser instrumentalizada por sus enemigos y utilizada como un barniz retórico para justificar los peores abusos.
En la antigua Grecia, Pericles exaltó la democracia como el gobierno de los ciudadanos. En el discurso que pronunció en el homenaje a los muertos y que reproduce Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso, afirmó que “en las elecciones de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, ni excluimos a nadie por su pobreza, si puede prestar un servicio a la república”. La democracia de Atenas es una forma de gobierno concebida para ejercer una efectiva “tutela de todo el pueblo”.
Casi 2.500 años después, podemos preguntarnos si la democracia, tal como la conocemos, expresa la voluntad de todos de los ciudadanos y protege sus derechos y libertades. En realidad, la democracia no es el gobierno del pueblo, sino de una mayoría, a veces exigua, pues en un gran número de países la abstención es abrumadora. Muchos ciudadanos ya no confían en el sistema y se abstienen de acudir a las urnas. Ese no es el único problema. Los partidos políticos suelen manipular, mentir e incluso coaccionar. Su arsenal para llegar al poder incluye bulos, amenazas, promesas irrealizables, demagogia irresponsable y financiación irregular. Su descrédito es cada vez mayor, pero no se atisban alternativas. Podemos afirmar que los partidos no resuelven las crisis. Se aprovechan de ellas o las crean para desalojar del poder a sus rivales. En las democracias donde impera el bipartidismo, las diferencias son cada vez más tibias. Biden y Trump han mostrado el mismo desprecio por la vida de los palestinos. Trump y Putin, a pesar de ser los presidentes de sistemas tradicionalmente enfrentados, confraternizan en público, repartiéndose áreas de influencia. Ambos son presidentes electos. Presidentes democráticos, si bien la las elecciones rusas carecen de las mínimas garantías de justicia, igualdad de oportunidades y transparencia.
La democracia ateniense no reconocía derechos a las mujeres, los esclavos y los metecos. Solo el diez por ciento de la población gozaba de los privilegios de la ciudadanía. Actualmente, la ciudadanía es un derecho universal, pero desgraciadamente ese avance no implica que los mejores accedan al gobierno. En el Protágoras, Platón ironiza sobre la democracia, señalando que los asuntos de Estado exigen sabiduría y no siempre los ciudadanos poseen esa cualidad. Platón recurre a su maestro Sócrates para expresar sus reparos: “En efecto, yo opino, al igual que todos los demás helenos, que los atenienses son sabios. Y observo, cuando nos reunimos en asamblea, que si la ciudad necesita levantar un edificio llama a los arquitectos para que aconsejen sobre la construcción a realizar. Si de construcciones navales se trata llaman a los ingenieros (armadores)… pero si hay que deliberar sobre los asuntos políticos entonces se escucha por igual el consejo de todo aquel que toma la palabra, ya sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar. Y nadie le reprocha, como en el caso anterior, que se ponga a dar consejos sin conocimientos y sin haber tenido maestro”.
Evidentemente, hay una carga insoportablemente clasista en este argumento, pero no podemos negar que la democracia solo funciona cuando la ciudadanía asume su compromiso de informarse y reflexionar para emitir su voto. Si la ciudadanía no cumple ese requisito, los demagogos prosperan, logrando mayorías vergonzosas. Anticipándose a Ortega y Gasset, Aristóteles advierte que es una insensatez atribuir infalibilidad a las mayorías. En vez de elegir a los mejores, muchas veces prefieren a los oportunistas que halagan sus oídos o deforman sus mentes con argucias retóricas. En la segunda década del siglo XXI, el genocidio de Gaza ha puesto de manifiesto que las objeciones de Platón, Aristóteles y Ortega y Gasset no se pueden despachar como un simple elitismo antidemocrático. La democracia se está desplomando ante nuestros ojos. A pesar de su apariencia democrática, EEUU, la UE, Israel y Reino Unido están perpetrando un genocidio. Los gobiernos europeos no son meros testigos de esta tragedia. Venden armas a Israel y, en muchos casos, reprimen violentamente las protestas ciudadanas que exigen un alto el fuego.
Auschwitz marcó un antes y un después en la historia del mundo. Hiroshima y Nagasaki acentuaron la crisis moral y política que representó la Shoah. Gaza es un nuevo hito en la historia de la infamia. Si las democracias no se reforman, perderán su legitimidad. Desgraciadamente, el problema no está solo en las elites. Es cierto que en muchos casos se ignora o vulnera la voluntad popular, pero en otros es la ciudadanía la que elige y respalda a políticos que no escoden sus propósitos antidemocráticos. Netanyahu y Trump nunca han ocultado sus intenciones y ahí están, gozando del apoyo necesario para perpetrar sus felonías. No hay solución fácil, pero si no la encontramos entre todos, el porvenir se escribirá con hambrunas, montañas de escombros, muros fortificados y horribles matanzas.
No quiero finalizar esta nota sin una señal de esperanza. La escritora irlandesa Sally Rooney ha desafiado al gobierno británico, expresando su apoyo a Acción Palestina. La desobediencia civil no violenta quizás no produzca frutos inmediatos, pero acabó con la dominación inglesa en la India y la segregación racial en Estados Unidos. Quizás es el único recurso que nos queda para defender la paz, la dignidad humana, la justicia y la libertad. Solo una ciudadanía valiente y comprometida podrá evitar que la democracia se degrade hasta transformarse en una nueva forma de tiranía.