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Escape a la eternidad

Maximiliano J. Benítez

Saltarse las leyes, las de los hombres y las divinas. Ir a paso firme por el arcén pisando charcos pestilentes, pateando normas, quebrantando la rutina propia y ajena, carbonizando la mecha hasta la misma explosión. Decir la verdad, la nuestra, no esa que adoptamos, firmamos y lamemos diariamente. Y que esta verdad sea universal y cristalina, abrazada y comprendida, diseminada y asimilada. O, pensándolo bien, creo que no, que lo mejor es que sea combatida y aplastada, ultrajada y eternamente hermética. Que sea el alma de lo que llore el poeta o la hipóstasis del novelista y sus tribulaciones, que sea óleo e idea, que resuene en cada acorde por los siglos que queden; y que si muere, que sea con nosotros…

En Runaway train (El tren del infierno en España, Escape en tren en parte de Hispanoamérica), partiendo de un guión de Kurosawa, retocado pero latente en la historia final, Andrei Konchalovsky (Moscú, 1937) lleva temas atemporales tan presentes en la literatura rusa, tan vigentes como el sentido de la palabra, el concepto del bien y el mal y la culpa, a bordo de un tren sin control que avanza inexorable hacia el desastre final. El convoy transporta en una de las locomotoras enganchadas, a dos convictos recién fugados de una cárcel de máxima seguridad en Alaska (Manny, el héroe carcelario, y Buck, un paleto que aprovecha la fuga de su ídolo para escapar; Voight y Roberts, respectivamente) y una empleada del ferrocarril (Sara, Rebecca de Mornay) que eventualmente está echando una cabezada en el momento, casi simultáneo puesto que todo sucede al mismo tiempo, en que el maquinista muere de un infarto poco después de iniciar el viaje y los presidiarios abordan una de las cuatro máquinas. Esta circunstancia deja el tren a su suerte, sin control y acelerando progresivamente por la inercia.

Estos ingredientes y el del alcalde Ranken (un impertérrito John Ryan) persiguiendo a los reclusos en helicóptero, surcando horizontes nevados, bien podrían ser tomados como los elementos tradicionales de una vulgar película de acción de los años ochenta; una más a engrosar una década de luces y sombras volcada al espectáculo, al entretenimiento a falta de otros somníferos. Pero nada más lejos de la verdad.

La historia de Manny (quizás la mejor interpretación de Voight aunque tenga el recuerdo de “El campeón” muy fresco en la memoria como una de las películas más lloradas de varias generaciones), Buck, Sara y Ranken es algo más que una película de fugas carcelarias concebida para divertir al respetable. Y desde luego que no se trata de un panfleto de aspiraciones humanistas. Yo creo que es mucho más que una denuncia, que una queja lo que subyace bajo la costra. Porque Runaway trainno pretende moralizar una conducta, ejercer de hierático árbitro de la justicia. Es, en tal caso, un acertado retrato de la conducta humana, de la capacidad de crear o destruir en una situación límite, en un escenario en el que la bondad y la maldad se hallan a un gesto de distancia.

No son muchas las películas de este género que consigan que tan pronto podamos ponernos moralmente en los zapatos de un personaje para luego acabar mudando de piel, de criterio, de perspectiva conforme el filme acelera hacia el final y desnuda, en unas pocas acciones, en duras palabras, la naturaleza trágica del ser humano: de la conciencia de bestia racional que encarnan Manny y el alcalde Ranken, a la voluntad de vivir de Sara y su espíritu de sacrificio; o del vaivén de emociones y arrepentimientos del patético y entrañable Buck a, en el desenlace,  nuevamente a Manny ya cabalgando el techo de la locomotora despojado de dudas y conveniencias, arañando el destino y a punto de recibir, extático, la última bofetada de vida, como una bandera izada a la tormenta, al infortunio como llave a la entereza, a la palabra.

Es cuando entendemos cómo, dócilmente, caímos en la trampa, sufrimos su desapego. Y ya no hay vuelta atrás, elegimos subirnos con él, con Manny, y no podemos retroceder, no queremos hacerlo. Porque los personajes, en principio estereotipados, nos mueven a prejuzgar desde los pocos elementos que nos ofrece una historia en apariencia lineal. Sabemos que Manny no es Jean Valjean, ni Ranken el inspector Javert, y que el metraje de la película no va a permitir la redención o nuestra simpatía ante tanta miseria espiritual, pero aquí entra el ángel de Kurosawa y el oficio del director ruso, que nos empuja del rechazo a la conmiseración, al pleno reconocimiento de nuestros miedos y cercos morales.

Porque si vamos a morir, que sea como Manny, en guerra contra el poder establecido y contra sus propios demonios, subido al lirismo de Vivaldi en los últimos acordes de la película y a la belleza inconmensurable de una Alaska ruda e inasible. Que si nos vamos de este mundo sea con la valentía de los desheredados; los que abordan todas las madrugadas los trenes de los confines del mundo, sin horizontes, plenos de tempestad.

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