Ulises Paniagua
A Julio Cortázar, capo cannonieri del cuento
Minuto 96, tiempo de compensación; el encuentro está empatado a dos goles. Partido de vuelta, final de liga. Ha sido una batalla cruenta contra el eterno rival. El escenario es perfecto aunque riesgoso, ideal para convertirse en héroe o villano. Hace rato que la hinchada dejó de saltar en la tribuna. La tensión recorre el estadio, los rostros de los aficionados reflejan la más honda preocupación; hay fantasmas del pasado recorriendo la memoria colectiva. La moneda está en el aire: puede presentarse una tarde fabulosa, histórica, o la más horrenda decepción. El infierno o la gloria en una jugada.
El balón desciende de los cielos desde la franja izquierda como una anunciación, un obsequio divino. Es un gran pase por parte del mediocampista central. El tiempo se congela. Un defensa sale al frente con fiereza. El crack recibe la pelota de forma sutil, casi con ternura. Amortigua el balón con el empeine, conduce el pie abajo a la par que vuelve a alzarlo sin perder la compostura (el paso de un bailarín). Levanta el balón sobre el defensor, quien termina en el césped víctima de la desesperación y el impulso. Un segundo jugador intenta detener al crack; pero éste se inventa otro “globo”, una pincelada artística sobre el defensor. Alguien, de manera inútil, intenta jalonearlo. Los contrarios miran pasar los eventos con angustia, para ellos el instante parece una tragedia orquestada por los dioses.
El crack espera la esférica y, sobre la salida de “cristo” del guardameta (quien arriesga el físico en la jugada), el crack acomoda con gracia el cuerpo y el pie derecho hasta impulsar el balón con el interior del zapato. Una caricia. El estadio enmudece. El destino, redondo, cruza el espacio situado entre los cuerpos como una realidad alterna. De aquella jugada depende la gloria, el campeonato soñado. Todo mundo contiene el aliento.
Es un gol tremendo, una joya de antología. El crack la ha mandado a guardar. El árbitro señala el medio campo, confirma la anotación y enseguida silba el final para no dar lugar a polémicas. El crack se saca la camiseta, salta para caer al césped con autoridad y mostrar los músculos. Los compañeros lo abrazan, lo llenan de elogios. El público enloquece, salta a la cancha, ignora las vallas, esquiva al cuerpo de granaderos. La muchedumbre se lanza sobre el crack (semidios contemporáneo), y lo levanta en hombros. Lo pasan de mano en mano sobre sus cabezas. El estadio es un espacio-tiempo orgásmico; hay un paroxismo feliz e incontrolable. Los que pueden, los que están cerca, besan, acarician, lamen el cuerpo del ídolo. La situación sale de control. Los aficionados transforman la felicidad en una especie de rabia. Muestran los dientes. Un brillo extraño aparece en sus ojos.
Arrojan al futbolista al césped. Extasiado, en un inicio se deja hacer, pero enseguida comprende con terror el extraño fulgor de aquellos ojos. Intenta defenderse, no lo logra. Los fanáticos arrebatan la cadena de su cuello, le hacen jirones la playera. Cada cual quiere un trozo de memoria; un retazo del cuerpo del ídolo; decenas de manos rompen el short y las medias, le roban las espinilleras, los zapatos. La policía intenta actuar. Los hinchas repelen a los uniformados. En su paroxismo, los seguidores arrancan la piel del crack a arañazos; muerden partes de su cuerpo, lo devoran de forma furiosa, no se compadecen de sus alaridos. Los compañeros de equipo, llenos de horror, han salido corriendo a los vestidores desde el primer mordisco, la porra rival huye desesperada por los pasillos; los conductores deportivos hacen lo mismo. Algunos policías, lejos de ayudar, poseídos por la fiebre consiguen un sangriento souvenir. La cancha se tiñe de rojo.
En cuclillas, la gente engulle trozos de carne sobre el pasto. Algunos ceden espacio para compartir el alimento. Más tarde irán a celebrar a la glorieta más importante de la ciudad, llevarán lo que queda del cuerpo del crack, “comiendo todos de él”. Cuando pase la euforia se darán cuenta de su salvajismo. Será tarde. Así es el juego: una arena es capaz de devorar a sus máximos gladiadores.