Dicen que hasta los paranoicos tienen enemigos reales. Igual que, eso lo digo yo, hasta los hipocondriacos padecemos enfermedades diagnosticadas. Yo tengo varias en mi haber -no dudo de que mis padres me hicieron con cariño, pero también con alguna distracción- y, sobre todo, sufro de alergias que por lo general me conducen a Urgencias. El último ingreso (no la “entrada”, que según la RAE es solo el acto de pasar de fuera a dentro y no de “ser admitido”) fue hace poco. Como sé de memoria el procedimiento (qué meterán en las venas y los tiempos hasta el alta) me lo tomo con calma.
En esta reciente ocasión me encontraba analizando los matices del color del techo y contando los algodones debajo del cajón de las jeringas, cuando escuché el primer alarido en el cubículo contiguo, separado por una cortina verde agua. El médico de guardia, que ya había enchufado la cortisona y el antihistamínico de primera generación (evitando el shock anafiláctico ya sufrido otras veces) estaba ahora en algo más urgente.
El relato de mi vecina, una estudiante de la Academia Nacional de Policías (Anapol) me quebró. Con un llanto contenido, que le permitía explicar mejor lo sucedido al doctor, contaba que, durante un entrenamiento, en el que corría con velocidad, chocó con otro cadete que venía en sentido contrario. Hasta ahí, un riesgo propio del oficio. Lo espeluznante vino después: ella cayó de cara al suelo, inmediatamente el superior le gritaba que se levantara ¡carajo! Ante la imposibilidad de ella, él la presionó para que se parara de una vez, hasta que advirtió el charco de sangre. Él creyó suficiente una limpieza y un par de analgésicos, pero los compañeros buscaron mejor ayuda y trasladaron a la cadete a la clínica más cercana (que, pese a ser privada, era alcanzada por el seguro de la Policía, como para darnos un poco de esperanza).
Ahora quedaba esperar los resultados de la radiografía y el diagnóstico del especialista, que llegó cuando los padres y la hermana de la aspirante a policía ya estaban con ella y le pedían que se mantuviera “tranquilita”. Se confirmaba la fractura, lo que supe solo con escucharla. Aunque su llanto tuviera más que ver con la humillación que con el dolor, por muy fuerte que este fuera.
Pero como la violencia -física y sicológica- no tiene género, recordé lo que había sucedido en los días previos: el cadete Pablo Reboso, de 18 años, murió tras permanecer en terapia intensiva en un hospital de El Alto donde, según algunos medios, había ingresado con múltiples lesiones, que “habrían comprometido sus pulmones”.
Como este caso ha estado bajo luces y sombras, no sabremos con certeza lo que pasó con el joven. Si nuestra Policía tuviera un tris más de credibilidad, y yo no hubiera leído La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, mis oídos no se inclinarían hacia las voces que aseguran la existencia de moretones en el cuerpo del cadete, lo que evidenciaría el maltrato ejercido contra él, denunciado por la familia. Incluso si las declaraciones de los oficiales -de que murió por una neumonía- fueran ciertas, no dejaría de existir la negligencia (algo perversa) de no haberlo asistido oportunamente.
En el ámbito castrense, donde el abuso se ha presentado numerosas veces, dos instructores del Colegio Militar del Ejército fueron sentenciados (allá por el 2023) a siete años de cárcel, por la caída que sufrieron dos cadetes de esa institución durante una demostración llamada “el salto de la muerte”. Lo que hace más triste al hecho, es que (se probó judicialmente) los instructores actuaran con “dolo y premeditación”.
Los actos martirizantes en este tipo de escuelas de formación, en Bolivia y en otras partes, contra los estudiantes “malos”, “flojos” o “débiles” se parecen mucho al código rojo de la película A Few Good Men de 1991, con Tom Cruise, Jack Nicholson y Demmi Moore (véanla). La idea subyacente es que aquellos sean capaces de soportar los más duros embates físicos o sicológicos (embates que los policías de Tránsito bolivianos, tan dados a sus celulares y a la pereza de organizar el tráfico en las vías, jamás sufrirán). Hace unos cuantos lustros vi en un noticiero cómo en un regimiento de uniformados, aplicaban el entonces famoso método del “té sopado” que, como un tipo de castigo, consistía en meter al soldado de cabeza en un turril por varios segundos…
Persiste una creencia de que en las academias policiales o castrenses hay una elevada concepción del honor. De que la enseñanza supone, más que nada, la transmisión de valores y disciplina que alimenten la honra de sus miembros. Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando, para asegurar la honra de los aspirantes, se utilizan métodos humillantes y abusivos; que lejos de enaltecer la dignidad de nadie, germinan broncas o prácticas que forman círculos viciosos.
Mis cuatro horas de espera hasta que desapareciera todo signo de alergia y se agotara el suero, me permitieron acercarme a la muchacha una vez enderezada su nariz y vendadas las varias heridas de su cara hinchada. Yo había acumulado en esos cientos de minutos profundos sentimientos de pena y rabia: hacia ese instructor prepotente, hacia las instituciones que llevan décadas cubriendo estos procedimientos deleznables, hacia nuestro país. Ella estaba calmada y ya no lloraba; pero yo sí.