Gabriel Salinas

Uno, dos, tres, dos, uno… dicen que hay cosas que no se pueden cuantificar como las sensaciones, pero no siempre se puede estar de acuerdo con esa idea, si pensamos en la experiencia emotiva que inspira el silencio general emanado por las calles de Sucre, en estos días de cuarentena. Frente a ese escenario, se despierta la expectativa finamente aterciopelada de asistir a un momento de paréntesis en la dinámica desenfrenada del mundo, y el profundo rugido insondable que resuena en su marcha interminable, que al quedar suspendida temporalmente, inspira perplejidad ante el silencio reinante, únicamente interrumpido por la pregunta mental de cuánto durará. Entonces, esa compleja sensación se empieza a contabilizar bajo un impulso acaso instintivo por tener el control, pero contar el tiempo en sentido ascendente o descendente, no importa la forma, apenas permite tantear a ciegas la dimensión desconocida en que ingresamos, cuyos límites sólo son palpables a través del engañoso velo del delirio.

Mientras tanto, las otrora agitadas calles, desde nuestras ventanas parecen peceras diezmadas por el abandono, donde ya no sobrevive ningún “pez de ciudad”, como diría Joaquín Sabina, esos “que mordieron el anzuelo, que bucean a ras del suelo, que no merecen nadar”. Inundado de lluvia caprichosa o sol impenitente que hace crepitar el asfalto, yace el indolente espacio público, donde el silencio de la maquinaria social es tan preeminente que casi se puede tocar; por ejemplo, cuando uno divisa un raro transeúnte con su andar huidizo de expatriado ansioso de llegar a su hogar, y su presencia se torna en una expresión de la ausencia general, que lo engulle a cada paso de distancia, hasta desaparecer en el tacto tibio de una taza de café y el beso suave del tabaco negro, que con un sentimiento de extrañeza se pueden disfrutar plácidamente mirando el día pasar, sin más, desde algún lugar de nuestra casa con vista suficiente para divisar el pasado y el presente, que distraen del sopor auspiciado por una holgura quizás nunca experimentada, no de esta forma, en medio de esta situación inédita en la historia humana; donde la mejor acción para sobrevivir es aguardar pacientemente que nuestro futuro se resuelva.

Pero la realidad es la realidad, y su naturaleza encarna la constante movilidad del universo, por lo que se deja deslizar por el tiempo hacia el futuro irrefrenable y vertiginosamente, aunque nosotros nos detengamos silenciosamente, el sigiloso rumor de la tierra girando sobre su eje, mantiene en vilo nuestras existencias habidas de captar el pulso de nuestro mundo a través de los medios de comunicación, que producen una bulla distante y a veces histérica, cuyo volumen se puede regular hasta enmudecerlo, permitiéndonos retornar al lugar del silencio sereno de la paciencia más humilde, un estado, casi siempre, difícil de alcanzar para nosotros, porque tendemos a ser seducidos por el ruido, la marca del espacio opuesto a la serenidad, donde empezamos a calcular los días, los minutos, los segundos, los contagios, las perdidas, los efectos, etc., hasta perdernos en un mar de ansiedad, que caracteriza al mundo que intentamos dejar en pausa con la cuarentena, y entonces ajenos a nosotros mismos, nos hallamos cambiando canales de televisión sin parar, hojeando algo sin prestarle atención o intentando conciliar el sueño a cualquier hora del día, en fin, acudiendo a diversas formas para escapar a la negación de la psicosis impenitente, que se antoja un horizonte catastrófico al que estaríamos condenados, dejando florecer el miedo en las almas más vulnerables, cual altivos e intimidantes lirios negros como la noche de la ignorancia; cuando la única condición irrecusable para nuestro devenir en la vida, es la luminosa incertidumbre que señala todos los rumbos posibles, no sólo en estos momentos, si no siempre, como sabemos todos muy en el fondo, y eso no vaticina nada malo ni bueno para el futuro, ya que son nuestras acciones las que sortean el sentido del porvenir, y hoy, guardarnos parece lo mejor, entonces, porqué no tomárnoslo con calma, como clamaban The Eagles, en su clásico “Take it easy”, con una de sus líneas: “Puede que perdamos y puede que ganemos, aunque nunca volvamos a estar aquí otra vez. Así que abre la puerta, que me subo, así que tómatelo con calma”.

Después de todo, al llegar los primeros días de la cuarentena, entre preparativos de abastecimiento, recomendaciones contradictorias, informes amenazantes y una aguijoneante zozobra; el rugido del mundo en marcha todavía persistía en nuestras mentes, hasta difuminarse poco a poco en esta nueva cotidianeidad calma y silenciosa como un estanque al resguardo apartado de la caudalosa corriente, ese flujo impasible de la productividad, que dejábamos en un suspenso momentáneo, no sin interrogarnos neuróticamente, cuándo volveremos al ruedo; sin embargo, hoy, a medio tramo de este trayecto desconocido, casi imperceptiblemente, se ha gestado la posibilidad de reencontramos poco a poco con nosotros mismos, al vernos obligados a parar un momento a descansar de la frenética carrera en la que muchas veces nos dejamos atrás, con el propósito de avanzar más ligeros, y asegurar el objetivo de seguir avanzando, ¿para qué?, si la vida consiste en aferrarse a uno mismo, y por lo tanto, a nuestra humanidad, entonces, esta es una oportunidad que no sería sabio desperdiciar, porque siendo plenamente nosotros, sólo entonces podremos volver a dejarnos llevar por una conversación, un libro, meditar, cuidar las plantas, o jugar con las mascotas, entre otras cosas, sin olvidar la más importante, disfrutar de nuestros seres queridos, como en mi hogar, donde cada tarde practicamos yoga disfrutando del silencio, porque si hay algo cierto sobre la crisis de salud global que enfrentamos, es su capacidad para recordarnos que vida, hay una sola, así que tómatelo con calma.