El pajpaku de la plaza Murillo

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Nuevamente aparece el pajpaku de la Plaza Murillo. Para no caer en el olvido y mantenerse a flote, la figura más decorativa del régimen del MAS hace declaraciones como un pavorreal que despliega sus plumas para hacer notar que sigue allí, entre las palomas de la plaza.

Probablemente muy frustrado por no haberse graduado, ya que nunca pudo presentar su tesis de licenciatura, el sujeto arremete contra cualquier indicio de inteligencia, y hace pensar en Millán-Astray, el general fascista que, durante la Guerra Civil de España, irrumpió el 12 de octubre de 1936 en una conferencia de Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca, al grito de “Viva la muerte, muera la inteligencia”. Aunque los historiadores no se ponen de acuerdo en los detalles, el hecho ocurrió y hoy podría definir de cuerpo entero a David Choquehuanca, que estuvo 15 años a cargo del ministerio de Relaciones Exteriores y luego cruzó la plaza para asumir la vicepresidencia del Estado y la presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

¿Cómo llega un personaje tan mediocre a tan altos cargos en el Estado? Unos dicen que por su obsecuencia y oportunismo, y otros porque conocía muchos secretos de la vida de Evo Morales y podía chantajearlo. Ahora, en medio de la confrontación entre Morales y Arce, lo único que le espera a este aymara proveniente de una familia evangélica, es una caída libre al vacío.

Las frases vertidas por este servidor público son siempre estridentes. Sus dichos y hechos podrían llenar un libro como los que fueron dedicados a Melgarejo, Barrientos o a Evo Morales (con varias ediciones). Hay algo en la ceguera del poder que hace que estos personajes oportunistas crean que todo lo que dicen va a ser tomado en serio, y no se dan cuenta de que quedan como payasos en la historia.

Algunos llevan la cuenta de las majaderías del “sabio rebelde” sobre el sexo de las piedras, los derechos humanos de las hormigas, la papalisa como viagra, o el pasto para curar el Covid (menudo ejemplo: enfermó dos veces y fue el último funcionario en vacunarse). Yo recuerdo una insólita: “no leo libros, solo las arrugas de los abuelos”, la cual me dio pie para preguntar: “¿También ve televisión en las arrugas de los abuelos?”, porque me pareció inconcebible que un Canciller no leyera al menos un centenar de libros sobre la causa marítima. Y así nos fue en el tema del mar, gracias a personajes como este y los que lo sucedieron: el del sombrero y el esotérico, enfundados en trajes de diseño exclusivo con ribetes supuestamente tiwanakotas.

Hay ilusos que querían a la fuerza auto-convencerse de que el “guerrero del arcoíris” era “diferente”. No les bastó conocer sus acciones durante los primeros 15 años del MAS, se dejaron engatusar con frases oportunistas como “ya no más judicialización de la política”, el discurso meloso del cóndor que equilibra sus alas y otras imágenes para desfile escolar. Esos devotos lo calificaron de “aymara universal”, “hombre clave a la hora de reconciliar el país”, y le dijeron “en quien más podemos confiar es en ti”, pero se dieron cuenta después de la distancia abismal entre el discurso urbano (castellano) y rural (aymara), y entre la pose “for export” y la realidad.

Aupado por asesores de ONG que le hacían creer que era un gran líder (ahora se volvieron invisibles, pero siguen cobrando), Choquehuanca fue siempre un racista resentido y odiador (“ni un blanco más en el gobierno”). Ya no va a cambiar a la edad que tiene y menos con la poca educación que exhibe. Copia sus frases poéticas de amautas que ha conocido o de algún folleto sobre el buen vivir, pero el fiasco pachamamista salta a la vista. La realidad ha demostrado que “el último inca” no ha cambiado, que sigue siendo el hombre vengativo que hizo asaltar la casa de su primo Víctor Hugo Cárdenas para mostrarle su poder.

Dos semanas antes del choque frontal con los “licenciados”, en un evento de profesionales indígenas con títulos (no como él), se permitió encomendar a su “wawa”, un joven disfrazado de indígena que partió a combazos la nariz de la estatua de Cristóbal Colón pero que aparece en fotos de las redes virtuales muy occidental, menos chascoso y hasta sonriente. Choquehuanca avaló la impostura y la barbarie contra la cultura y la memoria, porque él mismo es un impostor sin trayectoria previa a su llegada al poder.

De muchos personajes caprichosos está hecha la historia, algunos peligrosos porque su ignorancia es letal. Toda racionalidad parece ser derrotada cuando emergen esperpentos como Trump, Bolsonaro, Putin o Maduro. Las ideologías pasan a un tercer plano porque en el primer plano aparece la megalomanía y en el segundo la mediocridad.

David Choquehuanca pasará a la historia por un reloj que marcha hacia atrás. No habrá nada más que recordar sobre él que esa tontería que se copió de una relojería que visitó en Londres.

Alfonso Gumucio es escritor y cineasta.