El hipopótamo cacareco y el perro petardo

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Hace más de medio siglo, la ciudad de Río de Janeiro (algunas fuentes hablan de Sao Paulo), en Brasil, eligió como concejal al hipopótamo Cacareco. Sí, tal cual; un hipopótamo obtuvo más de cien mil votos en una elección municipal.

Y no es el único caso. Procesos electorales con varias papeletas y no automatizados permitieron que varios candidatos fuesen animales, pero lo que llama la atención es que no les fue nada mal.

El buen Goggle nos dice que Cacareco no fue el único candidato no humano. En la década de los 30 del siglo pasado, el alcalde Kenneth Simmons de la ciudad de Milton (Washington, EE.UU.) propuso a Boston Curtis como su sucesor; este candidato no hizo campaña, no presentó programa ni se presentó a debates… y ganó por 51 votos. Tarde se dio cuenta la ciudad de que había elegido como alcalde a una mula. Lo más rescatable de este caso es que Simmons dijo luego que había urdido la trampa para demostrar que los electores votan sin saber en realidad quién es ni qué ofrece un candidato (como decía el gran Facundo Cabral, esto es algo que los hombres no aprenden jamás).

En 1988 el chimpancé Macaco Tião obtuvo el tercer puesto en la carrera para alcalde de Rio de Janeiro, con cuatrocientos mil votos. Alguien dijo que le veía pasta de político porque tenía pésima educación y porque echaba lodo y excrementos a sus visitantes, en el zoológico de la ciudad de la que casi fue alcalde.

“¿Cansado de votar por ratas? Vote por un gato” fue el slogan que casi llevó al gato Morris a la alcaldía de Xalapa (Veracruz, México), donde obtuvo un honroso cuarto puesto. Otro felino, el gato Hank, obtuvo el tercer lugar en la votación para senadores por Virginia, EE.UU.,  en un nada lejano año 2012.

¿Difícil de creer? Espere… aún falta.

Hace algo más de 50 años, Pulvapiés obtuvo la mayoría de votos en las elecciones para alcalde de una pequeña población ecuatoriana. Está de más decir que no era un candidato humano… pero tampoco era animal. Se trataba de un talco contra el pie de atleta.

Por supuesto que ninguno de esos candidatos asumió nunca (siempre tendremos la duda de cómo habría sido su gestión), por lo que su éxito no puede entenderse sino como una forma de rechazo a la política tradicional, como una muestra del cansancio del electorado ante los candidatos recurrentes, ante propuestas vagas o falsas; en fin… hastío de lo mismo.

En Bolivia, las últimas encuestas de un periódico de circulación nacional dieron como ganador para una siguiente elección presidencial a… “Ninguno”.

¿Cómo entendemos esos resultados? Una vez más, como rechazo al resto de los candidatos que figuraban en la encuesta. Mala noticia para todos ellos, sin duda; para todos, oficialistas y no oficialistas, porque la gente no los quiere, y prefiere votar por nadie a votar por ellos.

Optimista incorregible como soy, prefiero entender esos datos también de otra forma. Quizás los bolivianos estemos aprendiendo a votar mejor; me explico: Si se prefiere otorgar el voto a alguien sin nombre ni rostro, es posible que estemos empezando a darnos cuenta de que lo importante de un candidato no es su nombre ni su rostro, ni cuánto prometa sin decir cómo cumplirá sus promesas, ni –como Macaco Tião– cuánto barro eche sobre sus adversarios políticos (que no enemigos). Entonces, ¿por quién se votaría? Acaso, ¡por fin!, estemos entendiendo que deberíamos votar por un candidato que ofrezca un plan de gobierno coherente, y que tras ser elegido rinda cuentas de sus actos periódicamente, mostrando cuánto avanzó, cómo y por qué sí o por qué no. Sin mentiras.

Si los candidatos (oficialista u opositores, actuales o potenciales, de izquierda, centro o derecha) no entienden eso, no se necesitará más que a alguien irreverente e imaginativo para que en la siguiente encuesta el querido y famoso perro Petardo desplace a “Ninguno” del primer lugar… y que el resto de los candidatos vea la mejor forma de negociar un acuerdo con él.