El fin del mundo

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Un amigo evangélico, peruano, me telefonea cada mañana, a las cinco, con las premoniciones del fin del mundo. No deja de tener razón, pienso, aunque le quito la connotación religiosa, el miedo, y también la esperanza del más allá que para mí no existe. Sé que el jueves, día después de hoy, me contará lo que he visto en un noticiero fugaz: la bomba de Kabul. Agujero de veinte pies de profundidad y ochenta de ancho, boca del infierno, por cierto, camino por el que se han ido despedazados cien tipos. Mictlán, me digo -recuerdo-, y el agujero escondido en el municipio de Cocula, Jalisco, por el que se entraba al infierno.

Me siento a escribir y es tal la dinámica, el frenesí, que debo detenerme y rectificar el texto de acuerdo a lo nuevo, nunca esperado, inestable mundo alrededor. Como era siempre, solo que ahora la inmediatez le ha dado un muy acentuado gusto amargo, sin ambages. Ya no podemos mentirnos.

Esto va a que tenía un texto a medias que terminó en el basurero. De pronto se hizo obsoleto. Será que -filosofemos- ha llegado otra vez el tiempo de las grandes ideas, de pensamientos profundos como raíz de eucalipto. Llegar a ellos en medio del caos del siglo veintiuno y un futuro incluso peor, parece difícil sino imposible. Pienso en la literatura y en un artículo que leí en un blog acerca de cómo el hoy ha resultado en la muerte de los libros voluminosos, las novelas de Hugo y de Balzac, las mil páginas de Vida y destino de Vasily Grossman. El escrito es en sí un consejo a noveles escritores. Diría, sin afirmarlo el autor, que una novela no debiera exceder 200 páginas. Hay una malévola y gigantesca tijera, más dramática y temible que el Gran Hermano, que corta lo que se le cruza al paso: vidas, palabras, significados y significantes. Y ese corte, bienvenido sea porque obliga a apresurarnos, es el brillo de la realidad.

La explosión de un coche bomba, camión cisterna esta vez, en la capital afgana, trae de retorno tal realidad, no excluyente de otras realidades en este multifacético panorama. Imaginar que lo que se construye no tiene ya el peso de los monumentos de Luxor. Paradigmática la liviandad del presente, como si viviésemos dentro de un holograma que en cualquier momento se puede apagar. El concepto de sólido vale mientras se lo toque y perciba. Puede de un momento a otro desaparecer. Llego a pensar que la guerra de hoy no es ni entre religiones ni economías, sino entre el hombre que habita y aprehende la tierra y el que la exige; el que retorna por sus acciones a un pasado salvaje (tal vez la única forma de preservarnos como especie) o aquel otro que acompañado de la ciencia ha entrado dentro de los límites prohibidos entre vida y muerte. Escoger viene a ser una opción; reflexionarla es otra cosa.

Y así pasó media hora, llenándome de preguntas y ninguna respuesta. Una página y media de papel garabateado, pensamientos inconexos, inconclusos, irresponsables. Mientras anoto en una pantalla en la otra miro el Facebook, una discusión acerca de la literatura boliviana. Me pregunto si he leído lo suficiente de lo mío como para opinar y sé que no. Recuerdo, si se recuerda es porque quedó un rastro, La candidatura de Rojas, de Armando Chirveches y veo con tristeza que ese nombre se convirtió en impronunciable en la geografía de Bolivia. Quizá algún viejo se acuerde de sus años escolares, que lo leyera por orden de una maestra con palo en ristre y listo. Dudo que los literatos de la época, de la moda y la modernidad, se interesen siquiera siendo un libro exquisito, tan nuestro, tan contemporáneo como el presidente actual y tanto también de la guerra eterna entre lo que viene y lo que nos anima, lo por aprender y lo básico…