El festejo democrático y la razón del poder

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Las últimas semanas hemos vivido una serie de expresiones en torno al retorno de la democracia en Bolivia al conmemorarse 40 años de aquél épico momento de octubre de 1982. Y no es para menos. He disfrutado de ver decenas de imágenes que me han removido el alma y desempolvaron mis recuerdos de aquella lluviosa tarde en San Francisco, a la que asistí con mi madre y mi hermana, a mis doce años; mi padre había sido asesinado por la dictadura unos meses antes, pero de alguna manera nos acompañó. Sin embargo, el toque político no estuvo ausente de esta rememoración. Sucede que el régimen masista, en su afán de refundarlo todo, se ha empeñado en acomodar la historia a su conveniencia, hacerla calzar a voluntad, retocarla como si fuera un photoshop. Pero ya hemos aprendido que “sin memoria no hay historia”, así que no será tan fácil borrar los episodios, las verdades, las luchas que no convienen a la narrativa oficial.

La primera acrobacia argumentativa de los defensores de la historia dictada desde el Palacio, consistió en disminuir la importancia al evento del 10 de octubre: no se trataría de la reconquista verdadera de la democracia, pues habría sucedido otra el 2020. Bueno pues. La segunda fue definir dos democracias: la neoliberal (oligárquica y excluyente) y la popular-comunitaria (plebeya incluyente).

Habría mucho qué decir, sólo quiero destacar algunas contradicciones. La “democracia neoliberal” fue la que construyó instituciones decentes como la Corte Nacional Electoral -la más noble y honesta que tuvimos en nuestra corta historia-, la Defensoría del Pueblo -en manos de Ana María Romero, la mujer más lúcida y honesta que ocupó ese cargo-, la participación popular -que dio capacidad de gestión y descentralizó el poder en los municipios permitiendo la emergencia de nuevos actores-. Es decir que las endemoniadas reformas neoliberales fomentaron formas populares de participación en la vida política de los sectores excluidos -lo he dicho en otras ocasiones: Evo es el hijo no deseado ni reconocido de Goni-.

Y en sentido contrario, los que se reclaman promotores de una democracia comunitaria, son, por un lado, los que mejor han gozado y aprovechado de las reglas marcadas por el período anterior -nunca un partido tuvo tanta votación y tan sostenida como el MAS-, y utilizaron cada institución -controlándola, desnaturalizándola, sometiéndola- para mantenerse en el poder. Es decir que el mayor beneficiario de la “democracia neoliberal” fue y es el MAS.

Y no sólo eso. A pesar de su retórica “nacional popular”, es el MAS quien ha impedido sistemáticamente que “lo popular” -con lo que ello signifique- tenga acceso a la política; no es su vehículo, menos su “instrumento”, sino su freno. Toda institución que quiera ser parte del juego, debe someterse al partido -expresión liberal de la política-. La “democracia comunitaria” no existe si no funciona a la sombra del partido dominante, sólo se le dará voz si es funcional, cooptada, sometida, y si fortalece el sistema unipartidista. De lo contrario, merecerá ser destruida. En suma, ni la “democracia neoliberal” fue tan neoliberal, ni la comunitaria es tan comunitaria. Más bien vivimos una combinación compleja, contradictoria, con fronteras e interpretaciones siempre discutibles.

En fin, entre tantas cosas, estos festejos han servido nuevamente para ver con mayor claridad la pobreza intelectual de quienes se someten a la política, de los nuevos intelectuales cortesanos. Y retomo a Orwell, siempre tan pertinente, cuando criticaba a los que se pliegan “a la línea del partido”: “La ortodoxia, sea del color que sea, parece exigir un estilo inerte, puramente imitativo. Los idiolectos políticos que se hallan en panfletos, artículos de opinión, manifiestos, libros blancos o en los discursos de los subsecretarios varían, como es natural, de un partido a otro, pero todos son iguales, cuanto casi nunca se halla en ellos un giro expresivo realmente fresco, vívido, original”.

La última discusión ha desnudado, otra vez, la pobreza de las maromas oficiales y cuánto se evaporó la imaginación en quienes otrora aportaron con ideas. Pero ellos tienen el poder, y a menudo quien lo posee, detenta la razón. Me quedo otra vez con Orwell: “en nuestro tiempo, el discurso oral y el discurso escrito de la política son, en gran medida, la defensa de lo indefendible”.