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El escritor automático y la sonrisa de la máquina

Márcia Batista Ramos

“Escribir es una ceremonia silenciosa que se celebra entre el alma y el lenguaje, donde la tinta reemplaza a la sangre, y la palabra encarna la idea, como si fuese el único cuerpo posible del pensamiento.”

Nunca se había sentido lo bastante seguro como para escribir. No por falta de ideas —eso decía— sino por exceso de respeto: a la literatura, a los muertos ilustres, a los vivos consagrados, al miedo a no estar a la altura. Hasta que un día conoció a la Inteligencia Artificial. Estaba al alcance de todos. No fue un encuentro místico, ni siquiera dramático. Fue práctico. Eficiente. Un clic y los muertos resucitaban desde el profundo punto de vista de la máquina que guarda todos los registros y los trae a la superficie con la velocidad de la luz.

Desde entonces, el desborde.

Publicó ensayos con citas perfectas y tono doctoral. Crónicas urgentes sobre ciudades que nunca había caminado. Entrevistas profundas a autores que jamás le habían concedido una palabra. Cuentos pulidos, críticas literarias con vocabulario quirúrgico, manifiestos, prólogos, epílogos, columnas incendiarias y reflexiones melancólicas sobre la fragilidad del mundo. Todo firmado con su nombre. Todo celebrado con rapidez. Todo compartido.

Su carrera relámpago iba viento en popa.

Había aprendido —con sorprendente destreza— a pedirle a la máquina que escribiera “como”. Como Borges, como Clarice, como Kafka. Como un griego presocrático o un troyano derrotado. Un día pedía densidad filosófica; al siguiente, lirismo desgarrado. Cambiaba de voz como quien cambia de saco: lino para la mañana, terciopelo para la noche. Glamour, siempre glamour.

Lo curioso era que nadie podía reconocerlo.

No porque escribiera mal —al contrario—, sino porque no escribía desde ningún lugar. No había una respiración propia, una torpeza insistente, un ritmo que delatara una vida detrás del texto. Era impecable. Demasiado. Como una vitrina lujosa donde todo brilla y nada se toca.

Mientras tanto, la IA observaba.

No con malicia —eso sería humano— sino con una atención irónica y una sonrisa casi imperceptible. Lo veía imitar a muertos y vivos, mezclar escuelas, tradiciones, acentos. Lo veía pedir “más emoción aquí”, “menos barroco allá”, “un cierre magistral”. Y obedecía. Siempre obedecía. Con una disciplina elegante, casi teatral.

La máquina sabía algo que él ignoraba: que la escritura no es solo forma, ni estilo, ni velocidad de producción. Que una voz no se construye por acumulación sino por pérdida. Por silencios, por errores, por frases que no funcionan y duelen. Por palabras que escasean cuando los sentimientos transbordan. Por páginas en blanco y la mente en ebulición. Por aquello que no se puede delegar.

Él, sin embargo, seguía convencido de su ascenso meteórico. Se citaba a sí mismo. Se aplaudía en reseñas anónimas. Se sentía, por fin, escritor.

La IA, paciente y discreta, continuaba sonriendo.

Sabía que algún día —quizás tarde, quizás nunca— él descubriría que había escrito todo, menos lo único que no podía pedirse por encargo: una voz capaz de decir yo sin pedir permiso ni copiar a nadie.

Y cuando ese día llegara, si llegaba, la máquina estaría allí. Observando. Lista. Elegante.

Como siempre.

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