El crepúsculo de los políticos

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Junto con Jorge Luis Borges, esperamos que algún día lleguemos a prescindir de los gobiernos y los políticos, estrato decadente por naturaleza y proclive a la egolatría y la ligereza debido a las facilidades con que generalmente cuenta. Los tiempos lo dirán, pero la evolución del mundo debería irlos desplazando cada vez un poco más hacia el rincón de la inutilidad. En esto anarquismo y liberalismo tienen ciertos puntos de coincidencia, pues mientras el primero los considera nocivos y parasitarios y, por tanto, apunta a la abolición del estado, el segundo propone el achicamiento de este, por considerar a la casta política justamente nociva y parasitaria. Nosotros estamos de acuerdo en que, si bien el estado es necesario por la suma complejidad que supone el gobierno de una sociedad, lo público es degenerativo y tarde o temprano deviene ineptitud, sobre todo si se habla de países en los que la viveza criolla marca la conducta de sus autoridades.

Hace poco hablábamos en un café justo de estos temas con el politólogo y diplomático Boris Céspedes, quien con sus acertadas e intuitivas reflexiones me mostraba, por ejemplo, que la figura del diplomático hoy está venida a menos, no solo en la región, sino probablemente en el mundo entero. A no ser que tenga ideas frescas, renovadas y una personalidad que esté acorde al tiempo actual, el diplomático, al igual que el político, es una persona anquilosada por los arcaísmos de la etiqueta, el protocolo y la burocracia. Y la etiqueta, el protocolo y la burocracia son signos del pasado. De un mundo de formas y solemnidades que ya solo deslumbra, pero que no produce.

Las embajadas y legaciones, hoy, en el siglo XIX, ya son lugares de dignidad y honor más que instituciones de gestión práctica y efectiva. En general, el mundo nunca les hizo demasiado caso, a no ser que en su seno hubiera diplomáticos de coraje e inteligencia. Si revisamos la historia universal, veremos que el siglo de los diplomáticos fue el decimonónico. En el XIX, por las circunstancias del tiempo y el espacio, se requirió de emisarios gubernamentales que llevaran la voz de sus gobiernos a diferentes partes del planeta y canalizaran y ejecutaran programas culturales, económicos y sociales para sus países. Pero con el paso de las décadas el mundo se hizo interconectado y dinámico; los flujos comunicacionales y los mecanismos de transporte evolucionaron; en una palabra, el mundo se globalizó. Esto supuso que las relaciones de poder ya no se establecieran entre brazos oficiales solamente, sino que se fueran haciendo paulatinamente entre los individuos más creativos y proactivos, aunque estos fueran simples ciudadanos al margen del poder público: artistas, empresarios, intelectuales, inventores, etc.; y aunque hoy todavía existen esas instituciones que nosotros consideramos cada vez más del pasado, lo político (las relaciones de poder al margen del poder: el mercado, las ideas, la educación) ya se está imponiendo a la política institucional y formal.

En el café, Boris me comentaba que incluso hay teorías politológicas que entrevén que en lo consiguiente no serán solamente las cancillerías y ministros de Exteriores los que harán la diplomacia, sino todos los agentes propositivos y de acción cuyos medios lo permitan. ¿Estamos en el camino de una descentralización de la actividad política? Yo pienso que sí, aunque a paso muy lento.

El fracaso de los organismos internacionales (como la inefectividad de la ONU en las controversias de mayor polémica, que incluso comprometen la paz de los países, o la crisis en la que se encuentra la Unión Europea ante los nacionalismos que parecen rearticularse en Europa) son la prueba de que la diplomacia de los estados y los intentos de integración interestatal tiene serias debilidades y limitaciones y de que, antes que los acuerdos y pactos, lo que vale todavía es la realpolitik: la fuerza de las economías y la educación, traducida en la fuerza física de las sociedades.

Hoy —o tal vez siempre— un empresario y un pensador pueden más que un diplomático y un político. Y esto es natural, pues si asumimos que el ser humano es cada vez más autónomo y civilizado (o menos dependiente de una autoridad) porque posee más recursos (intelectuales y/o materiales) que ayer, la dirección de sus destinos ya no puede estar delegada a un superior ni a un representante. Con todo, y sin embargo, hasta el presente es todavía la democracia liberal representativa el sistema de gobierno que menos males innatos contiene, y por tanto el más efectivo.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario