Rafael Narbona

Pacho había convertido la caza en una pasión que absorbía casi todo su tiempo libre. Salía al campo muy temprano y no dejaba de disparar hasta que mataba más conejos y perdices de las que podía acarrear. Le gustaba colgar las piezas abatidas en el cinturón para poder alardear de su talento como matarife. Ahora se preguntaba cómo podía haber sido vegano. Matar y comer lo cazado le producía una satisfacción que jamás habría podido imaginar. Ya no era un hombre de ciudad, tímido y pusilánime, incapaz de soportar la crudeza del mundo real. Había entendido que la supervivencia no era posible sin competir con el resto de los seres vivos. Matar o morir. Esa era la realidad de la vida, la única verdad elemental. Se había caído del caballo, pegándose un buen costalazo, pero se alegraba de haber sufrido ese descalabro. Sin él, no habría abierto los ojos, comprendiendo que se había comportado como un imbécil hasta entonces. ¿Por qué se hizo objetor de conciencia? ¿No habría sido mejor hacer el servicio militar, venciendo los miedos que le habían paralizado desde la niñez? Los tiros y la instrucción le habrían despejado la mente, librándole de las ideas absurdas que arrastraba desde el instituto. El pacifismo era una soberana tontería. ¿Acaso los animales no luchaban entre sí? ¿Se podía recriminar al lobo que se comiera a los conejos? La vida era una lucha interminable donde solo sobrevivía el más fuerte. Cada vez que pegaba un tiro y abatía a un conejo sentía que se liberaba de algunos sus prejuicios.

Siempre salía a cazar en compañía de «Viriato», un perro mestizo con algo de Beagle y la picardía de un viejo tahúr que siempre esconde un as en la manga. Había intentado adiestrarlo, pero el perro hacía lo que le venía en gana. Cuando Pacho dejaba seco o malherido a un conejo, «Viriato» lo agarraba con la boca, alejándose para comérselo tranquilamente. Si estaba saciado, ignoraba los gritos de su dueño, desentendiéndose de su obligación de rastrear y localizar las piezas abatidas. Pacho no compartía con nadie estas peripecias. Prefería mentir, asegurando que su perro era el compañero perfecto. Cuando le escuchaba, Martín fingía creérselo, pero en el fondo desconfiaba de su sinceridad. Aunque presumiera de su adaptación a la vida rural, Pacho le seguía pareciendo uno de esos memos de ciudad que no sabían distinguir una boñiga de oveja de una bosta de vaca. Su cuidado atuendo de caza solo corroboraba su opinión. Se notaba que compraba las prendas en una tienda especializada, cuidando hasta el último detalle. Parecía el maniquí de un anuncio, si bien su rostro moreno y algo africano –nariz ancha, labios gruesos, ojos muy oscuros- impedía confundirlo con uno de esos pijos que acudían al coto de caza con sus todoterrenos de lujo. Martín ya no cazaba, pero cuando aún lo hacía se ponían un mono azul y se protegía del sol con su boina. No necesitaba nada más. Tenía buena puntería, no como Pacho, que desperdiciaba la munición, disparando atolondradamente cada vez que percibía el más mínimo movimiento. Intentaba ser uno más en el pueblo, jugando a las cartas y al dominó con los viejos, pero siempre sería un forastero. Últimamente, hablaba como si quisiera ser el próximo alcalde, quejándose continuamente de los escasos servicios del pueblo y sus deficientes comunicaciones. No entendía que ningún vecino quisiera ser alcalde y que una junta gestora se ocupara de la administración del exiguo presupuesto, limitándose a garantizar los desbroces, la cloración de aguas y la reparación de las farolas, que sufrían el vandalismo de los más jóvenes, aficionados a apedrearlas y pintarrajearlas con obscenidades.

-¿Cómo es posible que no haya alcalde? –preguntaba Pacho.

-Sí que lo hay –le contestaban con desgana.

-¿Quién es?

-Martín.

-¿Martín?

-Sí, es el alcalde honorífico.

-¿Y eso qué significa?

-Pues que representa al pueblo. Cuando sacamos a la Virgen, dice unas palabras y se coloca al lado del cura, presidiendo la procesión.

-¿Y ya está?

-¿Le parece poco?

-¿Pero se presentó a unas elecciones?

-No, qué va. Aquí no hacemos de eso. Si te presentas como candidato, te arruinan la vida. Te llueven responsabilidades y nadie quiere algo así.

-¿No les parece que una junta gestora no entiende los asuntos del pueblo?

-¿Qué hay que entender? Aquí no hay problemas. Y si los hay, el cura o Martín hablan con los afectados y lo arreglan. Con buena voluntad, todo tiene remedio.

Pacho empezó a hablar de política en el bar de Martín, quejándose de que el pueblo estaba dejado de la mano de Dios.

-La carretera está llena de baches. Algunos son tan profundos que parecen barrancos. Y es demasiado estrecha. Cuando pasan dos coches a la vez, casi se rozan. Algún día sucederá una desgracia. ¿Y qué me dicen de internet? La conexión es malísima. Y no tenemos de nada. Ni farmacia, ni consultorio médico, ni oficina postal. Somos trescientos vecinos. No merecemos esto.

Durante semanas, Pacho repitió lo mismo a todo el que se cruzó en su camino. Todos los que le escuchaban le daban la razón, pero nadie parecía dispuesto a hacer nada. Harto de toparse con la apatía y la indiferencia de sus vecinos, decidió que solo él podía dar el paso necesario para que Algar de las Peñas mejorara sus condiciones de vida. Se presentaría al cargo de alcalde, asumiendo las tareas de la junta gestora. No podría hacerlo solo. Tendría que contar con el apoyo de un partido y no tenía ninguna duda sobre cuál debería ser esa fuerza política. Durante años había suscrito las teorías de la izquierda, pero ahora consideraba que el problema no era el capitalismo, sino el feminismo, el multiculturalismo, el animalismo y el lobby gay. Vox era la única fuerza política que se había atrevido a enfrentarse contra esas amenazas. Quiso saber algo más de su ideario y entró en su página web. Leyó las cien medidas urgentes que proponía y no se le ocurrió ninguna objeción. Todas le parecieron justas y oportunas. El globalismo constituía un gravísimo atentado contra la identidad de los pueblos. Si no se frenaba, el Monasterio del Escorial podría ser demolido para construir un gran centro comercial o una mezquita. Los «menas» eran los nuevos bárbaros. Había que blindar las fronteras, sustituyendo las vallas por muros. España estaba en peligro y sufría una horrible decadencia promovida por el narcosocialismo. Había que salvarla, reconquistando su grandeza. España y los españoles deberían ser lo primero.

Sin pensarlo dos veces, Pacho se afilió a Vox, proporcionando sus datos bancarios para abonar la cuota mensual y envió un correo electrónico, manifestando su propósito de ser el próximo alcalde de Algar de las Peñas. Explicó que nadie quería ocupar el cargo y que una junta gestora se ocupaba de la tarea, lo cual no beneficiaba al pueblo, pues solo un vecino sabía realmente cuáles eran sus carencias y necesidades. La respuesta no se demoró. A los pocos días, le invitaron a visitar la sede de Guadalajara para estudiar su propuesta. Pacho se puso una camisa blanca y una pulserita con la bandera de España. Se miró al espejo y contempló con desolación que sus jornadas de caza habían exacerbado su piel morena. Su nariz africana, sus labios voluminosos y su pelo negro rizado le daban aspecto de magrebí. Intentó remediarlo rapándose el pelo, pero solo consiguió que sus rasgos se endurecieran, imprimiéndole el aspecto de un skinhead despiadado. Ya no tenía remedio.

En la sede de Vox no prestaron mucha atención a su corte de pelo. Le escucharon con atención, comprobando que su ideario se atenía a las líneas maestras del partido y consideraron que era el candidato apto para ocupar la alcaldía, pero le explicaron que no reunía los requisitos legales. No se había empadronado en el pueblo y, aunque lo hiciera, necesitaba acreditar diez años de antigüedad como residente. Además, las próximas elecciones municipales no se celebrarían hasta dentro de dos años. Eso sí, podía agitar las conciencias y buscar un candidato que reuniera los requisitos. Pacho se quedó algo decepcionado, pero decidió seguir adelante. No sería alcalde, pero despertaría la conciencia política de los vecinos. De entrada, intentaría captar nuevos afiliados y convertiría su casa en sede local del partido. Los responsables de Vox le dieron el visto bueno, si bien se quedaron sorprendidos con su tenacidad y se preguntaron si no había un punto de desequilibrio en su conducta. Una semana después Pacho ya hacía proselitismo en el pueblo, pegando carteles y convocando mítines. Asaltaba a los vecinos por la calle, realizando preguntas intempestivas:

-¿No le preocupa que España se convierta en una república islámica? ¿Qué le parecería que le prohibieran comer jamón? ¿No cree que un niño es un niño y una niña, una niña?

Pacho recorría las calles con «Viriato», al que había puesto un collar con la bandera de España y una mochila con panfletos de Vox. Los vecinos les observaban con una mezcla de guasa e indiferencia.

-¿Le gustaría que hubiera manteros y «menas» en Algar de las Peñas? Aún estamos a tiempo de evitarlo. Afíliese a Vox.

Como el pueblo era pequeño, Pacho acabó dando vueltas en círculos, hablando una y otra vez con los mismos vecinos, que le escuchaban con santa paciencia.

-Hay que proteger nuestras tradiciones: los toros, la caza, la Semana Santa. España volverá ser grande y libre. Vox es la solución. Necesitamos un alcalde con sus ideas.

Martín observaba a Pacho desde la barra de su bar. ¿De dónde sacaba tantas energías? Ni su chucho le hacía caso. A veces, se alejaba de él, intentando atrapar a las palomas y luego volvía, con la lengua colgando y goteando babas. Pacho le regañaba, pidiéndole que permaneciera a su lado, pues llevaba los panfletos en la mochila que le había puesto sobre el lomo, pero al poco el perro volvía a marcharse, atraído por cualquier menudencia. Pacho lo llamaba, sin lograr nada, golpeando el suelo con el pie, como un niño enrabietado. Menudo líder, pensaba Martín. ¿Por qué había que buscar un candidato para ser alcalde? Ya tenían un alcalde honorífico, que era él, y del resto se ocupaba la junta gestora. ¿Por qué cambiar las cosas? Dirigiéndose a sus clientes, les preguntaba si hacía falta un alcalde que ejerciera las funciones de tal o era suficiente contar con uno honorífico que representara al pueblo. Todos les respondían que las cosas estaban bien como estaban, que no era necesario complicarse la vida, que los políticos profesionales eran ladrones e ineptos, que Martín lo hacía muy bien. Martín asentía satisfecho, pese a que honestamente reconocía que no hacía nada, salvo estar en su bar, atendiendo a los vecinos y a los forasteros, y desfilar con el cura en Semana Santa, situándose a su lado con su mejor traje y cuidadosamente afeitado. A fin de cuentas, ¿no era eso suficiente? El papel de un alcalde era transmitir dignidad, encarnando el sentir del pueblo. Además, nadie escuchaba como él: ni el cura, que solía escatimar las palabras y poner cara de idiota cuando un problema le desbordaba. En el bar, todos los vecinos contaban sus penas: Julián hablaba de su mujer, a la que tanto echaba de menos; Consuelo se quejaba de su hija Ana, diciendo que no había conocido niña más rara; Valeria y Beatriz no solían entretenerse en la barra, pero charlaban en el pequeño supermercado de la trastienda. Hasta Pacho hablaba de sus cosas en el bar. Echaba pestes de Anita, su ex pareja, y presumía de sus hazañas cinegéticas, alardeando de su puntería. Martín no era muy elocuente, pero oía con paciencia a todos, mostrándose cordial y cercano. De joven había sido algo pendenciero e impaciente, pero con la edad se había vuelto tranquilo y afable. Con sus ochenta años, tan bien llevados que despertaba el asombro de los turistas cuando les confesaba su edad, poseía la calma de un viejo patriarca. No se desprendía de la boina ni en verano y, en pleno agosto, se ponía su americana negra para acudir a misa, pese a que era de una tela basta y calurosa. Algunos le habían aconsejado que se modernizara, que cambiara la boina por una gorra con visera y la americana por un chándal, pero él se negaba. Como alcalde honorario representaba la tradición y se mantendría fiel a ella. El mundo quizás había cambiado, pero él, no.

El azar quiso que Pacho se topara en el pueblo con dos afiliados a Podemos. Aunque su campaña se orientaba a los vecinos, no dejaba de hablar con los forasteros, comentándoles que Algar de las Peñas era la España real, la España que no se avergonzaba de sus raíces y su pasado. Cuando se topó con una pareja con «rastas» y pulseritas arcoíris, pensó de inmediato que eran dos podemitas, pero no sintió animadversión, sino lástima. Hasta hacía unos meses, había sido uno de ellos. Secuestrado por el feminismo supremacista, el multiculturalismo disolvente y el ecologismo antihumanista, suscribía toda clase de sandeces, repudiando incluso a España, a la que consideraba un Estado opresor, pero su mente se había aclarado y no desperdiciaría la ocasión de abrirles los ojos a esos dos desgraciados.

-¿Conocen las cien medidas de Vox para España? –les preguntó, sin ignorar que le responderían probablemente de malas maneras.

-No y no nos interesan –contestó uno de los jóvenes, mientras palpaba el símbolo de la paz que colgaba de su cuello.

-No os dejéis llevar por los prejuicios. Os las paso y les echáis un vistazo en casa.

Pacho llamó a «Viriato», que le ignoró una vez más, atareado en perseguir una lagartija que corría por un banco de piedra. Irritado, insistió, levantando la voz.

-No parece que le haga mucho caso –comentó en tono de burla el otro joven, con una camiseta donde aparecía Angela Davis levantando el puño.

Pacho se acercó a «Viriato» y abrió la mochila, extrayendo varios panfletos.

-Tomad. Leed esto. Os sorprenderá. Yo antes pensaba como vosotros. No sois capaces de advertirlo, pero la dictadura progre ha lobotomizado a varias generaciones.

Los jóvenes cogieron los folletos por cortesía. Los arrugaron y los guardaron en la mochila, pensando en tirarlos más tarde. Sin embargo, los leyeron al volver a Madrid y se indignaron muchísimo, comentando con sus camaradas de Podemos que Vox hacía campaña en un pequeño pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Una semana después aparecía en Algar de las Peñas un joven licenciado en ciencias políticas con la intención de contrarrestar la campaña de Pacho. Acompañado de dos chicas y un senegalés, se dirigía a los vecinos, preguntándoles si estaban contentos con la junta gestora o preferirían tener un alcalde.

-Ya tenemos uno –contestó una vecina.

-¿Quién?

-Martín.

-¿Y quién es Martín?

-El dueño del bar y supermercado. Lleva toda la vida en el pueblo.

El joven licenciado en políticas, que se llamaba Fidel (un nombre que le habían puesto sus padres, dos viejos militantes comunistas), decidió hablar con Martín, averiguando quién era. Le sorprendió su aspecto rústico, que parecía un residuo de otra época, cuando las mujeres aún vestían de negro, las iglesias se llenaban los domingos y la Guardia Civil se paseaba a caballo con sus capas y tricornios. Mal afeitado, con boina y un palillo en la boca, Martín les preguntó qué deseaban tomar:

-Unas cañitas –contestó Eduardo.

Martín sirvió cuatro cañas y añadió un plato de aceitunas.

-Que les aproveche.

-Muchas gracias. ¿Es usted Martín?

-Servidor.

-Me han dicho que es el alcalde honorífico.

-Así es.

-¿Y en qué consiste eso?

-Represento al pueblo. Hablo con la gente. Escucho sus problemas.

-Suena muy bien, pero creo que usted no se ocupa de los presupuestos, ni de las tareas administrativas.

-La verdad es que no. Y eso que no se me dan mal los números. Llevo este negocio desde hace años y me he apañado bien.

-¿Sabe manejar un ordenador?

-No me gustan esos chismes. Me apaño con una libreta.

-¿Cuántos años tiene?

-Ochenta.

-¡Qué vergüenza! –exclamó una de las chicas-. A esa edad debería estar jubilado.

-¿Y no le ayuda nadie? –preguntó la otra joven.

-Sí, mi hermana.

-¿Qué edad tiene?

-Setenta.

-Otra víctima de la explotación capitalista.

-¿No necesitará una manita? –preguntó el senegalés-. Me llamo Mamadou y estoy en paro.

-No podría pagarle –respondió Martín-. Saco lo justo para mí y para mi hermana.

-¿Conoce el programa de Podemos? –preguntó Fidel.

En ese momento apareció Pacho, que se sentó a la barra, pidiendo un coñac. Estaba cabreado con la presencia de los podemitas y quería algo que le hiciera entrar en calor. No le importaba reconocer que le apetecía discutir.

-Aquí pierden el tiempo –comentó, después de beberse el coñac de un trago y pedir otro-. Esto es la España viva, la España real.

Fidel se arremangó la camisa, dejando al descubierto su pulserita con la bandera republicana. Un gesto al que respondió Pacho, alzando el brazo para que se viera su bandera de España.

-La España viva –dijo una de las chicas- es una España vacía, pobre y atrasada, donde las mujeres aún sufren una opresión medieval y los animales son brutalmente maltratados.

-La España viva –contestó Pacho- es la España real, la España que madruga y trabaja, la España que vive de la tierra y cuida sus tradiciones.

-Me encanta la España rural –intervino Fidel-, pero necesita modernizarse. Y hay ciertas fiestas con animales que no son tradición, sino barbarie.

-Ya está aquí el espíritu totalitario –contestó con sorna Pacho-. Os gustaría prohibir los toros, la caza, la pesca. Por vosotros, todos comeríamos lechuga. ¿Por qué no os marcháis a Cuba o a Venezuela?

-¿Y qué me dices de la situación de la mujer en el campo? –inquirió la otra chica-. Algunas no cobran por su trabajo y sufren violencia de género.

-La violencia no tiene género. Basta de victimismo. También hay hombres maltratados. Quizás más, pero son invisibles.

-¡Machista, machirulo! –chillaron a la vez las dos jóvenes.

-Vaya, con las feminazis me he topado.

-Bueno –interrumpió Martín-, aquí no quiero discusiones. Si quieren hacer política, organicen un mitin, pero no alboroten en mi bar.

-Eso es lo que voy a hacer –dijo Pacho-. Convocar un mitin.

-Es una buena idea –apuntó Fidel-. Creo que haremos lo mismo.

Durante las semanas siguientes, Pacho llenó del pueblo de carteles, anunciando un mitin en la plaza del pueblo, casi tan pequeña que podía confundirse con un simple ensanche. Fidel y sus ayudantes lo imitaron, convocando un mitin paralelo detrás de la iglesia, a escasos metros del acto organizado por su rival. Cuando se cruzaban unos y otros, intercambiaban muecas despectivas y miradas de odio. A veces no podían contenerse y se insultaban.

-Totalitarios, bolivarianos –escupía Pacho-. Sois más rojos que la Pasionaria.

-Facha –contestaban los increpados-. ¿Por qué no te marchas al Valle de los Caídos?

El único que no perdía las formas era Mamadou, que siempre sonreía y saludaba a Pacho, sin preocuparle que no le respondiera. Le gustaba el pueblo. Había crecido en el campo y en la ciudad se sentía incómodo. No perdía la esperanza de encontrar un trabajo. Siempre que podía entraba en el bar de Martín y le echaba una mano, sirviendo las mesas y barriendo. No pedía nada a cambio. Quería ganarse su simpatía y mostrarle que podría ser útil. A fin de cuentas, Martín era muy viejo y él solo tenía treinta años. Alto y musculoso, levantaba los barriles de cerveza y colgaba los jamones con relativa facilidad. Cuando no se acercaba al bar, Martín lo echaba de menos y apenas lo veía aparecer le cortaba unas lonchas de chorizo y algo de queso. Mamadou le agradecía el gesto, comiéndose las raciones que le preparaban con evidente placer. Aunque era musulmán, bebía alcohol y comía cerdo. Pensaba que a Dios no le quitaban el sueño esas cosas.

Pacho logró reclutar a Consuelo, cuyo abuelo se había librado por los pelos de ser fusilado por un grupo de anarquistas durante la Guerra Civil. Consuelo ahora le ayudaba a pegar carteles y regañaba a su hija Ana si la sorprendía hablando con los de Podemos, que habían despertado su curiosidad, pues nunca había visto a un negro en el pueblo.

-¿Quién nos asegura que ese senegalés no es un terrorista islámico? –advertía Consuelo-. Algún día podría sacar un cuchillo y lanzarse como un loco contra todo el mundo.

Ana no hacía caso a su madre y jugaba con Mamadou, riéndose cada vez que la perseguía hasta agarrarla por la cintura y subirla por los aires. «Viriato» también simpatizaba con el senegalés, lo cual enfurecía a Pacho, muy preocupado por la presencia de un musulmán en el pueblo.

-Esto es una invasión –vociferaba-. Si se queda él, vendrán otros y algún día habrá más africanos que españoles. No me gustaría ver una mezquita en Algar de las Peñas.

Fidel había intentado atraerse a Juan, el anarquista del pueblo, pero este había preferido mantener las distancias. Había algo en aquel grupo que le inspiraba desconfianza. No le parecían sinceros ni muy inteligentes. No aguantaba su jerga: empoderar, heteropatriarcado, macho alfa. Cuando oyó el lema «todas, todos y todes», perdió definitivamente la paciencia. Ni revolucionarios ni idealistas. Solo eran una pandilla de botarates.

El padre Juan habló con Martín, preocupado por la tensión que había introducido la política en el pueblo. Pacho había intentado reclutarlo para la causa, pero le había parado los pies, aclarándole que su obligación era ser imparcial. No podía alinearse con un partido político. Ese gesto le alejaría de algunos vecinos. Pacho asintió con una sonrisa de circunstancias, pero en su interior pensó que había topado con un cura rojo, algo que le corroboró Consuelo.

-Nunca me he fiado de él. Don Antonio, el párroco anterior, sí que era un cura de verdad.

-Un cura como los de antes.

-Exacto. Un cura como Dios manda.

-Durante la guerra, unos anarquistas mataron al párroco –comentó el cura a Martín-. Luego, vinieron los falangistas e hicieron una escabechina. ¿No hemos aprendido nada? Algunos vecinos ya han discutido a gritos y han dejado de saludarse.

-Aquí vivíamos en paz –respondió Martín-. El tonto de Pacho y esos de Podemos están liando las cosas. Se deberían marchar todos, menos el senegalés, que es muy simpático y servicial.

-¿Has pensado darle trabajo?

-Me gustaría, pero no puedo pagarle.

El día del mitin el pueblo se dividió. Unos vecinos acudieron a escuchar a Pacho con banderitas de España y banderines de Vox. Otros, bastantes menos, se acercaron a los de Podemos, con banderines morados y alguna bandera republicana. Entre ellos, Valeria, la actriz, conocida por sus ideas izquierdistas y su compromiso feminista. La pareja de la Guardia Civil que patrullaba por Algar de las Peñas acudió para intervenir si se caldeaban los ánimos. Un cielo lleno de nubes negras amenazaba tormenta.

Pacho se subió a una mesa y empezó su discurso:

-Todos me conocéis. Llevo pocos meses en el pueblo, pero ya siento que soy de aquí. Os he convocado porque creo que Algar de las Peñas necesita un alcalde y no una junta gestora. Martín puede seguir siendo el alcalde simbólico, pero hace falta un alcalde que asuma las responsabilidades asociadas al cargo. Yo no llevo suficientes años en el pueblo para optar al puesto, pero sí quiero promover la aparición de un candidato que se comprometa con el programa de Vox. No quiero que este pueblo caiga en manos del comunismo chavista de Podemos, ni del socialismo corrupto de PSOE. España se juega su porvenir. Es tiempo de reconquista.

Pacho hablaba con un megáfono, sosteniendo unas cuartillas que le permitían hilar su discurso. Fidel, situado a escasos metros, pero oculto por la iglesia, contaba con más medios. Con un micrófono conectado a unos potentes altavoces, comenzó su alocución, consciente de que sus palabras sepultarían las de su adversario político:

-Nosotros no somos una fuerza política más. Luchamos contra la clase dominante. Nos quieren tristes y grises, pero frente a su odio, nosotros alardeamos de sonrisas. Nos estamos jugando la democracia. Urge el compromiso antifascista. Somos el partido de la gente, el partido de los trabajadores. Venceremos. El miedo debe cambiar de bando. Frente a la justicia burguesa, justicia proletaria. Los de arriba deben experimentar en sus carnes el jarabe democrático de los de abajo.

Las palabras de Pacho se volvieron inaudibles. Su megáfono no podía competir con  los altavoces de la oposición. Encolerizado, bajó de la mesa que utilizaba como tribuna y se acercó hasta la plataforma levantada por los de Podemos.

-Se nota que utilizáis el dinero de Venezuela e Irán. Yo estoy aquí con un megáfono y vosotros me boicoteáis con un moderno equipo de sonido. Menudos comunistas estáis hechos.

-¡Cállate, facha! Si por ti fuera, todos nosotros estaríamos enterrados en una cuneta.

-¡Sois más rojos que Lenin y Fidel Castro! ¡Proetarras! ¡Bolivarianos!

Algunos vecinos apoyaban a Pacho; otros a Fidel y todos intercambiaban insultos e improperios. Un trueno providencial interrumpió la reyerta, que ya había despertado la preocupación de la Guardia Civil, preguntándose si no harían falta refuerzos. Minutos después, una lluvia torrencial azotaba el pueblo, provocando una desbandada generalizada.

Deus ex machina –comentó el cura al día siguiente.

-¿Cómo? –preguntó Martín-. Yo no sé mucho de latines.

-En el teatro griego y romano, una máquina introducía a un actor en el escenario en el papel de deidad para que resolviera un momento peliagudo de la trama. En este caso, Dios envió una tormenta. Los ánimos estaban muy caldeados.

-¿Qué pasará ahora?

-Hasta las próximas elecciones, nada. Nos quedan dos años de relativa tranquilidad. Después volverán a montar el circo. Por cierto, Mamadou no se ha marchado con sus amigos. ¿Va a trabajar para ti?

-Hemos llegado a un acuerdo. No puedo pagarle un sueldo, pero le he ofrecido techo y comida. Y le he cedido un terreno para plantar una huerta.

-Y las propinas, ¿no?

-Claro.

-¿Y sus amigos?

-¿Los de Podemos? Se subieron al autobús y dejaron el pueblo. Parecían muy cabreados.

Mamadou jugaba en la calle con Ana y «Viriato», dando carreras arriba y abajo. Las risas se mezclaban con los ladridos.

-¿Qué hace aquí «Viriato»? –preguntó el cura-. ¿Y Pacho?

-Me ha pedido que lo cuide unos días. Se ha marchado a Madrid. Me dijo que tenía varios asuntos pendientes. Por la forma en que habló, tal vez no volvamos a verle el pelo. Dijo que estaba muy harto, que la gente parecía dormida, sin darse cuenta de lo que se venía encima, que a partir de ahora pensaría más en sí mismo.

El padre Juan sonrió. La providencia seguía actuando. Primero, una tormenta, y ahora, la calma. Cuando un gorrión se posó en el suelo a pocos metros de «Viriato» y este, hipnotizado por su belleza, se limitó a mirarlo, inhibiendo su instinto cazador, consideró que realmente Dios se encontraba allí. Ana y Mamadou observaron la escena, sonriendo. Poco después, el pájaro alzó el vuelo y los gritos, los ladridos y las carreras se reanudaron.

-Una perfecta mañana de verano –dijo el sacerdote.

Martín asintió, rascándose la nuca, aliviado por no haber perdido su condición de alcalde honorífico. Algar de las Peñas tal vez era el mejor rincón de España y quizás él había contribuido a que fuera así.