El «boligauchismo» y la necesidad de sentirse alegre

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El “boligaucho”, término peyorativo con que durante todo el tiempo del Mundial de Catar muchas personas han criticado la afición de muchos bolivianos por la selección albiceleste, es, creo, un tipo digno de análisis, ya que hace a la conformación social boliviana y sus prejuicios y complejos psicológicos.

Para comenzar a analizar la cuestión, quisiera mencionar la simpatía que sienten los tarijeños por los rioplatenses y muchas cosas que tienen que ver con su país. Esta adhesión puede ser análoga a la identificación que sienten muchos cruceños y pandinos con el Brasil, y otros muchos cruceños con la remota Croacia. Estas preferencias internacionales se deben a vínculos históricos que impregnaron con su estela casi indeleble las sensibilidades sociales del presente. Y además ponen en evidencia las condiciones artificiales sobre las cuales se erigieron los endebles cimientos de la nacionalidad boliviana, desde ya los lejanos tiempos de la colonia española. Para mal o bien, es un secreto a voces (o una realidad silenciada por la corrección política) que muchos tarijeños y cruceños preferirían formar parte de la Argentina o el Brasil, países latinoamericanos que, aunque con problemas profundos, ya no pertenecen al tercer mundo. Probablemente cosa parecida sucede con muchos paceños y el Perú, país que, aunque también con varios problemas internos, está mucho más desarrollado que nuestra querida Bolivia.

Hace un mes estaba reunido con un escritor bonaerense, Diego Peralta Bahl, quien visitó nuestro país para conocerlo y reunirse con escritores. Cuando nos tomábamos el café, me comentó que allá, en la Argentina, un hincha jamás se pondría una camiseta de fútbol que no sea la de la AFA y que, por consecuencia, ver tantos bolivianos —en Calacoto, en El Prado, en la Recoleta sucrense— con la albiceleste de Messi le había producido una fuerte impresión. Yo le dije que eso se debe quizás al perpetuo lamento boliviano, es decir, al estado de tristeza en el que se vive por la crisis que casi diariamente azota al país privado de mar, gangrenado por la corrupción de la justicia y asolado ahora también por conflictos políticos entre regiones. Y es que un país que vive así, en tal estadio de sitio, afligido por no saberse triunfante, debe hallar escapes, válvulas de alegría en la alegría de lo que puede estar próximo a él, ya sea física o sentimentalmente (el boligauchismo y el croaceñismo son ejemplos palmarios de esto).

Ahora bien, la siguiente pregunta es: ¿Por qué los argentinos producen en muchos un cierto tipo de rechazo? Porque ciertamente son altivos, presuntuosos, pero no sin razón: su nación es, con todos los problemas que atraviesa, más sólida que muchas de Sudamérica. Tiene una identidad muy fuerte y valores de los que sentirse orgullosa: la arquitectura y el urbanismo europeos, la carne vacuna, los alfajores, el tango, el teatro, el fenotipo italiano, las librerías, Borges, Bioy Casares, Piglia y Cortázar, Messi, Di Stefano y Maradona, el mate, etcétera. Estos elementos en cualquier sociedad son cohesionadores y generadores de identidad; forjan orgullo nacional y sentido de futuro.

Volviendo al asunto boliviano, tenemos que muchos de los bolivianos que se identificaron con la selección argentina y la apoyaron, lo hicieron —muchas veces inconscientemente— para mitigar la amargura que le causan los medios de información, sus autoridades políticas y los sectores radicales de la sociedad. (A ello, se debe agregar que el boliviano infravalora —o desconoce— lo que realmente podría valorar. No hablo de lugares comunes como los recursos naturales, la gastronomía, las danzas folclóricas o las tradiciones plebeyas, sino, por ejemplo, de la cantidad de pensamiento e intelectuales que posee, la cual, en comparación con la de la región, es muy notable. “Este es Franz Tamayo… ¡Su gloria es mi propia gloria!”).

En lo personal, yo apoyé a la albiceleste porque lo vengo haciendo desde Corea-Japón 2002. Quizás haya en este mi apoyo algo de los complejos psicológicos que describí. Sin embargo, trato de ignorar las críticas destructivas para que mi felicidad por ver al 10 rosarino levantar la copa dorada, que la fue ganando con su zurda disciplinada, no se reduzca un ápice. Celebrar como propia la excelencia allí donde se da, sea quien fuera el que la demuestra, adquirir admiraciones cosmopolitas, aplaudir el triunfo ajeno y traicionar a nuestra tribu, creo yo, no está mal.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario