Sisinia Anze Terán

–Pero, papá, tú estás…

–¡Shhhh…! Ya te explicaré, hijo. Ahora levántate y acompáñame –ordenó extendiéndole la mano.

El niño se puso de pie y, aprensivo, tomó la mano de Roberto. La sintió helada. Caminaron juntos hacia la puertecilla del pasillo y ésta se abrió lentamente con un crujido suave.  Dentro, en medio de la oscuridad y el olor a madera amojosada, se descubría una escalera que subía al ático. Ascendieron lentamente, cruzando entre telarañas y polvo hasta llegar a un amplio desván débilmente iluminado por la luz plateada que entraba por una ventana circular en lo alto de la pared del frente. Era una habitación amplia, un ambiente lleno de muebles anticuados, grandes, pesados e incómodos, propios de una época periclitada. Había desperdigados por el suelo viejos y desvencijados marcos de cuadros, cajas cubiertas de polvo, pilones de periódicos amarillentos y diversos objetos regados aquí y allá. Saltó a la vista un raído ataúd, con manillas de bronce cuyo brillo resplandecía en la oscuridad como unos ojos perversos. Había varias piezas de féretros maltratados por los años que olían a malignos secretos. En un rincón, ocultos entre difusas sombras, se escondían distintos implementos propios de los servicios funerarios. Tito, expectante, levantó la cabeza para mirar a su papá. Aquella cosa que se hacía pasar por Roberto apuntó con el dedo índice hacia un piano de pared, oculto de los rayos de luna. Lanzando una horrible carcajada y antes de desvanecerse en la oscuridad, Roberto se desfiguró y transformó en un horrendo hombre largo, esquelético y encorvado, provocando que el pequeño Tito cayera desmayado del horror.