Dos elecciones

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José Ismael Villarroel Alarcón

En el transcurso de las próximas semanas, dos elecciones presidenciales concentrarán la atención nacional y global. En Bolivia, la contienda se resolverá, bien en primera vuelta a favor del MAS o bien en una segunda vuelta en la que Comunidad Ciudadana aglutine el voto antimasista disperso. En Estados Unidos, de larga tradición bipartidista, se baten el republicano Donald Trump contra el demócrata Joe Biden, con encuestas que al momento ponen en amplia desventaja al actual mandatario, aunque nada pueda darse por hecho tras su sorpresiva victoria en las elecciones del 2016. Si bien dichos procesos están marcados por contextos histórico-sociales bastante disímiles, existen elementos comunes que invitan a la reflexión.

Tanto al norte como al sur del ecuador, las campañas se han caracterizado por denunciar el peligro existencial que la victoria del rival significaría para cada país. No obstante, el contenido sustantivo de los planes de gobierno ha quedado en un segundo plano, concentrándose el debate en elementos ideológicos, identitarios e incluso en el carácter personal de los candidatos.
Así, la defensa de la democracia, ante liderazgos y prácticas autoritarias, ocupa un lugar privilegiado en el discurso electoral.

Ciertamente, el intento del expresidente Morales de mantenerse a toda costa en el poder, incluso en desconocimiento de la Constitución, el referéndum de 2016 y las elecciones del año pasado, proyecta todavía una sombra oscura sobre la vida política boliviana. Curiosamente, Trump también ha mencionado la posibilidad de un fraude en su contra y amenaza veladamente con desconocer un resultado desfavorable, aunque no existan bases para estas aseveraciones, que por lo demás no se toman demasiado en serio. Más problemáticas son las medidas de diversa índole (reformulación de distritos electorales, eliminación de centros de votación, restricciones al voto por correo) con las que los republicanos logran limitar veladamente el voto de grupos minoritarios, en particular afroamericanos; los demócratas no están libres de culpa, al venir desarrollando acciones similares para excluir votos a favor del Green Party.
Al margen de lo anterior, la dicotomía izquierda-derecha continua siendo tierra fértil para el cultivo de discursos del miedo.

El MAS ha explotado durante los últimos años el mantra de evitar a toda costa que “vuelva la derecha”, asociándola al pasado y al racismo; mientras que la otrora oposición ha tenido su caballito de batalla en la identificación de izquierda con corrupción y autoritarismo. Lo propio sucede allá en el norte, donde los republicanos advierten que una victoria de Biden llevaría el gobierno a manos de la izquierda radical y la “dictadura” de la corrección política, poniendo en peligro los valores esenciales que hicieron al país excepcional.

La personalidad de los candidatos también está en el centro del debate, con una aparente contraposición entre líderes carismáticos y fuertes frente a tecnócratas. Por un lado discurren Trump y Morales –aunque el exmandatario no se encuentre en la papeleta, la elección versa en gran medida sobre la aprobación o rechazo a su figura– cuestionados por su talente autoritario y hasta su condición moral.

Frente a ellos, los candidatos estables y normalitos, aunque ello tampoco garantice su idoneidad. La imagen de abuelito inofensivo de Biden, oculta su complacencia con las grandes corporaciones y su historial como legislador, en la que destacan negativamente su voto favorable a la guerra en Irak o la autoría de la legislación penal que llevó a la cárcel a miles de afroamericanos por faltas menores relacionadas con el consumo de drogas.

Lo realmente penoso y común a ambos procesos políticos está en la carencia de proyectos novedosos de país. En la plataforma demócrata, las propuestas de la izquierda progresista (entre ellas el Green New Deal, plan de salud universal, salario mínimo, retirada de tropas norteamericanas apostadas alrededor del mundo), a la que solía representar Bernie Sanders, han quedado completamente de lado. A Biden no le escuece decir públicamente que “nada va a cambiar fundamentalmente”, después de todo, lo importante es sacar a Trump de la Casa Blanca. En cuanto a nuestro país, solo basta remitirnos a los debates de las semanas pasadas, para evidenciar la escasez de ideas.

Todo lo anterior evidencia que las prácticas antidemocráticas y demagógicas no son privilegio de los países en desarrollo, tampoco de izquierdas o derechas.

Asimismo, evidencia el reto en la formación de nuevas alternativas y liderazgos políticos, apegados a los valores democráticos, que puedan ofrecer opciones reales de cambio a los electores, de manera que estos no se encuentren cautivos de un partido político o de eslóganes vacíos de contenido.

José Ismael Villarroel Alarcón
Mg. en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales