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Dormir

Rodrigo Villegas Rodriguez

Duermo mal, como casi todas las noches. En la vigilia, en la semioscuridad, recuerdo y pienso en el tiempo, en el porvenir. En el pasado, en lo que queda, en lo que ya no hay. Porque la noche, el vacío, la soledad, te permite eso: recordar, hacer de la memoria una cueva, un edificio enorme y abandonado por el que recorres cada pasillo sin encontrar a quien buscas, que, capaz, sea a ti mismo.

Al menos en eso me hace pensar El mal dormir, de David Jiménez Torres (Libros del Asteroide, 2022), un libro que es un ensayo muy completo acerca del insomnio, de la industria del sueño, del capital que significa cerrar los ojos un par de horas y regresar al mundo, a lo fáctico, dejar el sueño atrás, como un cachorro que conoces en la calle pero que no puedes, aunque quieras, llevarte a tu casa.

Es el primer libro de no ficción que leo en el año. Una de las promesas que me hice para 2023 fue la de salir de mi zona de confort lectora, que está muy acostumbrada a las novelas y libros de cuentos. Así que uno de mis propósitos, además de hacer más ejercicio, de comer más sano, de encontrar un trabajo “normal”, de lograr dormir mejor, de abandonar el celular y las redes sociales, es leer más ensayo, poesía, crónica… y lo que aparezca por ahí.

Eso lo pienso y lo re pienso en la noche, cuando he apagado todas las luces, las que me corresponden. Por mi ventana ingresa un halo que llega hasta mi cama, el brillo del foco del patio, el amarillo casi naranja del poste de luz de la calle. Sí, en eso pienso, en 2023, en más noches así, contaminado por el descanso que no se aproxima, que se aleja, como un abuelo que decide salir de casa, que, antes del fin, prefiere recorrer lo poco que no vio. O, también, volver a aquellas tierras que lo vieron caminar feliz.

Al menos me consuelo al pensar que hay muchos como yo, así como se cuenta en El mal dormir, ese magnífico ensayo acerca del sueño, de su historia, de sus referencias literarias y poéticas, que somos un clan, una legión, un grupo dedicado a esto, a esperar al sueño, de implorar, algunas noches, por él. De, aunque entendemos que no llegará, que la espera es vana, aguardar por el sueño como si de un amor esquivo se tratara.

Eso sí, el insomnio, cuando se puede, te permite hacer cosas, aprovechar ese tiempo. Lo que más hago en ese espacio de vida es leer, pero también me dedico a ver alguna serie, un par de capítulos. Ahora estoy con La casa de los dibujos, esa animación maravillosa y destructiva que vi hace unos diez años por MTV y ahora encuentro en una plataforma. Pero, como no puedo reír muy alto para no despertar a papá, elijo Ataque a los titanes, animé que muchos amigos me recomendaron y que recién puedo ver bien, con calma.

Pero siempre, siempre, inevitablemente, regreso a la lectura, que es la aliada más confiable en la noche, en la oscuridad. Desde el celular encuentro un artículo de la gran Leila Guerriero en la que, también, habla de su insomnio. Y entiendo que todo o casi todo está conectado.

Entonces duermo, lo consigo. Y despierto con las ganas de escribir algo, lo que sea. Y sale esto.

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