Donald Rumsfeld y una receta para causar trifulcas

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Fallecido hace poco, Donald Rumsfeld fue secretario de Defensa de George Bush hijo y connotado halcón en la segunda Guerra de Irak. Antes, fue rival de Kissinger desde el tiempo de los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford.

Las memorias de Rumsfeld (Known and Unknown – Conocido y desconocido), publicadas hace ya una década, servirían de pista a los gobernantes de países pequeños que atan su destino a uno más poderoso; en este caso, a Estados Unidos, pero seguro que igual vale para Rusia (lo prueban las segunda dosis de la vacuna Sputnik V incumplidas, no digamos a Bolivia, sino a la Argentina) o China.

En esas memorias, Rumsfeld revela con candor que usualmente funcionarios de algún país menor suponen que un personaje público (como él) puede resolver las ansiedades de esa nación y le formulan por eso pedidos (ruegos) consecuentes. Puesto en mis términos, Rumsfeld confiesa algo así como que los intereses de una potencia son tan lejanos de materias internacionales secundarias que poco distinto puede o le interesa hacer en ese rubro, Potus (President of the United States) incluido. Y eso escribió Rumsfeld, promotor de la mayor incursión militar del Siglo XXI hasta ahora, dirigida a redibujar una región del mundo no reputada por su paz y estabilidad.

De ahí que también sugiero ver el documental The Unkown Known (Lo desconocido conocido, juego de palabras usado por Rumsfeld en una de sus famosas conferencias de prensa a raíz de las “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein) dedicado a Rumsfeld en 2013 por el cineasta liberal Errol Morris.

Desaconsejo ver ese documental a los que solo frecuentan libros, películas, periódicos o webs que refuercen sus prejuicios. Es una entrevista sobre la ruta pública de Rumsfeld, un neocon, pero desde las preguntas de un cineasta de “izquierda”. Entre nosotros, desde ya, ningún personaje largamente poderoso como Rumsfeld se arriesgaría ni por si acaso al escrutinio de un intelectual adverso.

En ese documental, Rumsfeld repasa la paradoja de dos de sus favoritas máximas. La primera es la que dice: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra.” La otra es casi la contraria: “La creencia en la inevitabilidad del conflicto puede tornarse en una de sus principales causas”. Esta última idea resume en general objeciones que comparto a toda doctrina que, seducida por la evidencia del conflicto, acaba en mero belicismo por simplificar esa realidad. Son posturas abrazadas por quienes ignoran, por ejemplo, la advertencia de Gramsci -para acudir a un ícono del santoral en boga- de que toda analogía entre la política y la guerra debe hacerse “con un grano de sal.”

Rumsfeld es inducido por el director Morris a desgranar aquellas dos máximas. Si se cree que el conflicto es inevitable, es lógico prepararse para la guerra, pero eso mismo puede ocasionarla. Con una boutade (una frase de efecto, digamos), Rumsfeld arguye que esa contradicción se parece a la que proviene de otro adagio que él enuncia con autocomplacencia: “toda generalización es falsa… incluyendo esta.” El director Errol Morris le replica que así puede justificarse todo y también lo opuesto.

La creencia en la inevitabilidad del conflicto y en que este solo puede o exacerbarse u ocultarse con hipocresía resta pues potencialidades a la política, incluso en su faceta creativa. El documental sobre Rumsfeld alumbra esos dilemas. También me hizo pensar en el reduccionismo de quienes (con estudiado gesto de ¡eureka!) dejan atrás a Clausewitz y su frase “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, festejando el ingenio de Foucault de que más bien “es la política la continuación de la guerra por otros medios.” Esos que parten siempre y mecánicamente de una visión belicosa de la política, causando las trifulcas que buscan prevenir (o reprimir), como en las profecías autocumplidas.

Lástima que no veremos un documental de la historia psicológica del poder en Bolivia desde 2016, pasando por 2019-2020 y por lo que resulte de esa trama en adelante. No sea que, para acabar con otra sentencia, haya quien se suicide por miedo a morir.

Gonzalo Mendieta Romero  es abogado