El INE confirmó con certeza numérica lo que sabíamos: la tasa de natalidad es baja y la sociedad envejece aceleradamente. Las consecuencias sociales serán graves e inminentes de difícil o imposible solución.
No es nuevo. Muchos países lidian con estos problemas. Habrá que aplazar la jubilación, incrementar nuestra productividad famélica (la IA puede ayudar) y, aunque produzca escozor a muchos, reconocer la necesidad de la inmigración. Porque la variable relativa a la tasa de natalidad –hay que decirlo– ha resultado inmune a todas las políticas públicas implementadas en el mundo. ¿Por qué tendría que ser aquí diferente?
No me malentienda. Coincido con que hay que bajar los costes (económicos, laborales, etc.) de la decisión procreativa. Pero no porque así aumentará la natalidad. No ocurrirá, esta es la nueva realidad. Sino porque es justo que la sociedad asuma algunos de esos costes para facilitar la vida de quienes deciden procrear.
Pero hay quienes van más allá en sus análisis y propuestas. La tasa sería síntoma de males o patologías sociales como egoísmo, hedonismo, depresión, crisis moral, del compromiso, del espíritu, etc. ¿Es así? Por supuesto las decisiones procreativas tienen lugar en contextos sociales. Pero ello no implica que cuando estos no favorecen la natalidad estén necesariamente sujetos a patologías que hay que tratar. Solo lo podemos suponer si asumimos como punto de partida que la procreación está bien y la no procreación mal. Pero ¿por qué asumirlo? ¿porque es natural? ¿porque así lo hemos hecho siempre?
La mayoría de la gente que tiene hijos hoy no lo hace por razones altruistas (hay excepciones, cuando por ejemplo se quiere así incrementar el bienestar de un tercero, como la pareja): no se tiene hijos para contribuir a la producción (como se incitaba en los países socialistas), o para aportar sangre a la patria o curas a la iglesia. Tampoco en razón del bienestar que disfrutarán esos hijos prospectivos (a veces no se los tiene por el bienestar degradado que tendrían; es la “tesis de la asimetría”). Cierto, hay quienes los tienen por deber, por ejemplo si se toman en serio el génesis. Pero en general tenemos hijos por nosotros mismos, porque consideramos que así favorecemos nuestros intereses; quizás darán sentido a nuestra vida, la harán más plena, transcendente, afianzará una relación, u otra razón por el estilo.
La decisión de tener hijos es así tan egoísta como la de no tenerlos. Ambas las tomamos en vista de nuestros intereses. Y si decidimos no hacerlo es porque consideramos que la natalidad no los avanza tanto como su ausencia (no hay compromisos: siendo sortal no se puede, digamos, tener un cuarto de hijo). ¿Por qué tantos consideran que la procreación, sea in toto o múltiple, no avanza sus intereses? Hay muchas causas. Una de ellas, a celebrar, es el valor creciente de la autonomía en la realización de propia biografía.
Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez