De si todavía es posible la aventura

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Mi amigo Miguel recuerda a Mateo Alemán. Se le ha hecho casi obsesivo. Aquel fantasma machaca sobre la inercia de nuestras vidas, el prurito de la fama, la ya escasa presencia del amor y el gran desasosiego.

La lotería de las horas, que a veces uno cree malhado y resulta beneficio, me ha puesto ante la circunstancia de hacer maletas y partir. Cendrars y MacOrlan alistarían kakis, botines, sobaqueras, dagas y se lanzarían por los caminos del norte de África o donde fuere. Pero aunque todavía hay desiertos y tártaros y demás dispersos por los territorios: el Otro avasallando al Nosotros (dicen), ya difícil imaginar una fortaleza en medio del vacío, donde todo se espera y nada sucede. Esa parodia de guerra se ha hecho íntima: contemplarnos dentro, agasajarnos con champaña y mentiras y mirar por las ventanas afuera esperando sin apariciones, sin misterio. ¿Nos tornamos aburridos o simplemente viejos?

Ahí el enemigo. No en los muyajedines de Túnez, en los califatistas de Siria sino en nosotros, en la modorra de los días, auspiciada, compartida y entusiasmada por las respectivas parejas a quienes también el tiempo ha azotado.

Observo a los zorros rojos que corretean leves con la cabeza gacha, puntiagudo el hocico marcando la meta. Lloran como niños en los pastizales y corretean de vuelta con conejos y tembleques ratones que terminaron saltos y carreras de manera terrible y precoz. La enseñanza quizá es lo efímero, porque si el cazador no come tampoco vive. Y he visto flacunchos zorros, tornados negros muchas veces, que apuestan apenas por vivir y aguardan la noche para morir sin esconderse. A esos los devoran coyotes, u osos negros si bajan de los bosques. O el gran búho gris que te mira sin saber tú que te está mirando.

¿A los 58 lanzarme al avión es aventura? Habrá que decorarla así, total somos acólitos de Robert Louis Stevenson y lectores de Robert Kaplan. Aventura marcada por la billetera, sin embargo, lo que ya le quita la esencia salvaje. Quisiera, pero no puedo (según reza la cueca), adentrarme en el Takamaklan, el desierto más misterioso del mundo y entre la polvareda encontrar las ciudades perdidas de Alejandro. Habrá que conformarse con Fez, Rabat, Tánger, con los incondicionales amigos que son a la vez notables escribanos, y también escritores. Bueno, por ahí, nos entra la mosca de Conrad y nos ponemos a remar en las turbias aguas del Congo, el río más temible del mundo, el más triste y asesino.

Comenzar decente en la ciudad vieja de Porto. De algún modo eludir la gigantesca sombra de Pessoa, no sea que al maestro no le guste la adicción al vicio de la carne en descontrol y se ponga cansino y beato. Mejor ocultarse, entre las callejas arabescas bajo la profunda voz del fado y la sangre vinícola del Duero.

Supongo que de allí, evitando Francia y con un alto en las Españas para abrevar, el tren irá al este. El itinerario pasa por París, Berlín y Varsovia. Bastarían las tres para colmar expectativas. Pero el destino es Kiev, con sus edificios de cucuruchos y helado. Como base para buscar el Dniester y el Dnieper, y los brutales campos entre medio. Qué habrá hoy, desechos metales y químicos, pero yo espero escuchar en el crepúsculo a los trescientos mil cosacos que Taras Bulba ha convocado para asolar la frontera polaca. Y un pasaje, ya premeditado, desde Vinnitsia hasta Zamosc, en Polonia, pero no por Belzec sino por la majestuosidad de su plaza. Luego al Lublín de los Wisnowieski y de Bashevis Singer. Por último al bosque penumbroso de Bialowieza, a los arcanos del mundo y a monstruos cornudos que se pasean en el vaho harinoso de la niebla.

Es todavía aventura. Acompañan un café, una cerveza, una mujer, un beso, una sábana, un sexo. Pero por sobre todas las cosas cabalga la historia, a pelo, entre los atamanes del siglo XVII y los del XX. Esto es tierra de nadie y de todos, y sus nombres cambian como estaciones de lluvia. Vamos.