¿De dónde venimos los cholos?

0
3557
 De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Para inmediaciones

En un viaje a Tacna, Perú, que hice hace unas semanas con mi papá, encontré un libro – entre tantos que hay por allá; ya les contaré – que me cautivó a primera vista. Usualmente llego a uno por el nombre del autor, lo hojeo, leo algunos párrafos y, si las oraciones que alcanzo a leer me convencen, pues saco los pocos billetes que llevo en mi bolsillo o billetera casi siempre vacía y, después de negociar una rebaja con la o el casero de turno, me lo llevo. Pero esta vez fue diferente: en una tienda encontré un Seix Barral – editorial española que imprime libros caracterizados por su tapa blanca, alguna imagen abajo, el título y el nombre del autor en letras rojas arriba a la izquierda y el título de la obra en negritas abajo, y el logotipo de un hombre con una rodilla en el piso y la otra flexionada que sujeta una flecha en una mano y una arco en la otra, arriba, bien arriba – piratita que decía así: De dónde venimos los cholos. Gran título. Muy atractivo, ¿no? Y la imagen era aún más potente: una perra “mestiza”, sarnosa, parada y debajo de ella varios cachorros que beben de las tetas de su madre con pasión, casi peleando por el alimento.

Como allí todo se maneja en soles – cada sol equivale a dos bolivianos – me lo llevé por 10 (estaba a 15; después de conversar un poco acerca de mi condición de “joven con poca plata”con la vendedora, me “hizo precio”). Ya con el texto dentro de mi morral y con mi padre al lado – me había esperado pacientemente en la puerta del local – continuamos con el recorrido turístico que habíamos ido a hacer en tierra peruana. Unos minutos después, luego de caminar alrededor de seis horas por varias avenidas en busca de algo que no sabíamos qué era pero que deseábamos encontrar, nos sentamos en una de las incontables bancas de la larguísima avenida Bolognesi – el largo equivale a por lo menos tres Prados paceños –. Allí saqué el libro, rompí el nailon con el que venía cubierto y allí, justo ahí, vi recién el nombre del autor: Marco Avilés.

Recordé apenas su apellido, se me hacía familiar. Claro, era un periodista peruano, uno de los más importantes de Sudamérica junto a Salcedo Ramos, Caparrós, Villoro, Guerriero y otros/as. Lo visualicé aún más cuando – la memoria suele jugar con uno a su antojo –, en la pasada Feria del libro de La Paz, vi un título parecido pero con un precio muy alto – no lo compré – en un stand: Yo no soy tu cholo.

Esperé hasta llegar a Bolivia para cerciorarme de ello. Lo googleé. No tenía señal en Perú, obviamente. Y sí, era el mismo. Marco Avilés. Autorazo.

Lo leí dos semanas después de adquirirlo y hacerlo migrar. Me traje unos cuantos más, la mayoría piratas – en Tacna, no sé cómo será en los demás departamentos, a lo largo de tres cuadras largas en la avenida Bolognesi, hay tiendas gigantes de libros piratas (sobresalen, como es de esperarse, Vargas Llosa y otros de autores chilenos; Tacna está a una hora de Arica) lado a lado. Y al frente también. Solo los separan las vías de subida y de bajada de los automóviles y el prado que está en medio de ellos – pero decidí comenzar por ese, el del título “gracioso”, el de la imagen contundente. Y el contenido es superior.

Son crónicas. Historias que Avilés, en su calidad de narrador y periodista, tejió como si fueran cuentos, porque lo parecen por la excentricidad de los temas que allí abundan. Bueno, alguna vez García Márquez dijo o escribió que una crónica es un cuento verdadero. El maestro colombiano es un referente del género.

¿De qué van las crónicas y cuál es su relación con el título y la perra pelona que amamanta a sus criaturas? Transcribo una parte de la contraportada, lugar donde casi siempre hay un texto que te dice por qué debes leer el libro (¿…?): “Marco Avilés recorre montañas y selvas de un Perú de posguerra para averiguar por qué las personas que viven en esos lugares jamás se marcharon durante los años más violentos. ¿Qué los retuvo? ¿Qué los retiene ahora? (…) De dónde venimos los cholos es un libro sobre los inmigrantes escrito en una época en que los políticos encuentran los argumentos para expulsar de sus países a los extranjeros, a los latinos, a los diferentes. ¿Ser blanco vuelve a ser una bandera de supuesto prestigio? En el Perú, las ciudades han librado por siglos una batalla territorial e ideológica contra los cholos, esa masa que desciende de las montañas huyendo de la pobreza y que amenaza la pureza de la cultura oficial. Marco Avilés es un escritor cholo e inmigrante que decide emprender el camino de retorno a ese sector proscrito de su país de donde vienen los cholos. Unas veces llegará a pueblos y aldeas con coordenadas fijas. Otras veces se perderá en su propia biografía”.

Una excelente sinopsis de lo que va el libro. Avilés se interna en lo más profundo de Perú, las tierras olvidadas por el hombre que solo ve en Lima – así como lo hacemos la mayoría de nosotros con nuestras capitales o las ciudades más importantes de nuestro país – el progreso, la vida nueva, la vida buena, y olvida y, lo peor, reniega de sus raíces. Avilés pasa de Abancay a Chumbivilcas, de Iquitos a Carancas, de Churubamba a El Dorado, para contarnos acerca de aquellas personas que a pesar de conocer los privilegios de la “civilización” prefieren continuar con lo que tienen en sus parcelas o casas pequeñas donde viven con sus familias numerosas. Bueno, no es que todos “prefieren” a su tierra natal, sino que no les queda otra. La vida fuera es muy cara y peligrosa. Quizá más peligrosa que la misma selva.

Tal vez la máxima virtud del libro es que, así como un buen ensayo, donde la voz del narrador se nota, se siente y no se aparta, sino que la vive y le pone el sello de su experiencia – el libro pertenece a la colección de Ensayos de la editorial española –, el tono de Avilés es muy propio, cada situación le lleva a cuestionarse acerca de lo que observa, huele, come o escucha y no se conforma con solo tomar notas y pasarla a la computadora para elaborar un reportaje más, sino infiltrarse en la vida habitual de los personajes de los cuales cuenta sus historias. Por la fluidez con la que recibe las palabras de los que le rodean y conforman el mundo que va trazando para que el lector se empape de lo narrado, parecería que nunca encendió la grabadora, ese artefacto del que Gabo renegaba y despotricaba como el arma con el que apuntamos a las personas para que nos hablen y por las cuales no conseguimos que nos cuenten con toda sinceridad lo que les preocupa o lo que les alegra.

Avilés describe pasajes de su vida así:

“Soy cholo. Con cierta luz, tiro para blanco, pero soy cholo al fin y al cabo. Nací en los Andes y viví allí hasta los dos años. Mis abuelos, mis padres y mis hermanas mayores hablaban quechua con fluidez. Jamás conté esto en mi escuela, pues cualquiera que viniera de los Andes se convertía en una víctima potencial. Los cholos blanquiñosos nos camuflábamos. Los cholos oscuros sufrían. Serrano de mierda – les decían –. Alpaca conchetumadre. Báñate, indio apestoso. Hueles a queso. Comequeso. Vicuña. Vicuñita. Me da pena tu vida, serrano. Eso no se quita con nada. Yo tengo malas notas pero puedo estudiar. Tú eres un serrano. Se – rra – no. ¿Me entiendes? Cómo vas a cambiar eso, ah, huevón. Añañaú. ¿Qué? ¿Te pones a llorar como mariquita? ¿O sea que eres serrano y encima cabro? Puta, yo que tú me suicido”.

¿Suena algo familiar, no? Perú y Bolivia son hermanos. Compartimos muchísima historia. Fuimos un solo Imperio. Compartimos la comida, el fuego, las danzas, el amor y el lenguaje. Ahora, cientos de años más tarde, nos vemos separados. Ellos han tenido un avance mayor al nuestro. Pero las raíces no se cortan, permanecen bajo tierra, invisibles. Quizá los insultos no son igualitos, pero, a ver, cambia serrano por indio, cholo por campesino, comequeso por comecharque, vicuña por llama. Así como conformamos una sociedad poderosa, también fuimos víctimas de la humillación, la violencia y el despojo. En cierta medida los seguimos siendo.

Mucho de ello se cuenta en la segunda crónica, la primera “oficial” –en la primera, que denomina Abancay, cuenta acerca de la migración de su familia de aquel poblado a Lima, quizá lo mejor del libro –: el Takanakuy, una especie de ritual que se lleva a cabo en Navidad en Chumbivilcas, una localidad indígena, donde hombres y mujeres se parten la cara para enmendar una ofensa o algún desagravio sucedido a lo largo del año que se va. Uno a uno, o cinco contra cinco, como se prefiera, se enzarzan en batalla de huaracazos y patadas, donde el vencedor, al final de la sangre y los moretones, le da la mano al perdedor y le indica que la cuenta se ha saldado. Incluso se convierten en amigos con el tiempo, y lo hacen de la mejor manera: bebiendo, chupando como se chupa cuando se quiere olvidar lo que uno es. Y no con cerveza, que apenas alcanza para algunos privilegiados, sino con chicha de maíz, la cerveza de los incas.

Nosotros tenemos nuestro Tinku, claro, con algunas características similares y otras no tanto, pero con un fin parecido: sacarse y sacar la mierda como un ritual de transfiguración de corta duración, una limpieza, subir un peldaño en la batalla de la vida diaria. Aunque sea solo algo efímero: “Parece que el Takanakuy (así como nuestro Tinku)no es suficiente, que acaso es demasiado civilizado para apaciguar odios más profundos”.

Como una referencia, Chuck Palahniuk, en su famoso libro El club de la lucha – como lo dice el nombre, un club donde hombres se agarran a golpes como parte de una rutina desestresante y glorificadora –, cuenta, en la introducción, lo siguiente:“En las montañas de Bolivia, un sitio donde el libro no se ha publicado todavía, (…) todos los años la gente más pobre se reúne en las aldeas de montaña de los Andes para celebrar el festival del Tinku.

Allí, los campesinos se parten la cara a golpes. Borrachos y ensangrentados, se pelean a puñetazo limpio, mientras cantan: ‘Somos hombres, Somos hombres, Somos hombres…’.

Los hombres se pelean con los hombres. A veces, las mujeres se pelean entre ellas. Se pelean igual a como lo vienen haciendo desde hace siglos. En su mundo, con pocos ingresos o riquezas, pocas posesiones y ninguna educación ni oportunidades, es un festival que esperan con ansia todo el año.

Luego, cuando están agotados, los hombres y las mujeres se van a la iglesia.

Y se casan.

Estar cansado no es lo mismo que ser rico, pero la mayoría de las veces es lo más parecido que hay”.

Las demás crónicas de Avilés tratan en el fondo de lo mismo: de la supervivencia de los menos favorecidos a través de costumbres y divertimentos. También  de golpes, sangre y resignación:Un grupo de mujeres de pollera que se dedican a jugar fútbol todas las tardes en una cancha de tierra en el poblado de Churubamba; pescadores que esperan la temporada de paiches para pescarlos y venderlos, otros para protegerlos de la extinción; agricultores que siembran una incontable variedad de papas especiales para vender en la ciudad; un meteorito que cae cerca de una laguna en el poblado de Carancas y que revoluciona la vida de sus habitantes; la historia de un chef reconocido que ha revolucionado la cocina mundial con la utilización de animales y hortalizas propias de las regiones menos exploradas por las personas comunes; unos “salvajes” que escaparon de su casa en la selva cuando la vieron invadida por las maquinarias que llevarían el “progreso” a aquella parte de Perú.

Símbolos. Historias que funcionan como reflejos de una sociedad apurada por prosperar, por deshacerse de lo antiguo, de lo pasado. Símbolos de los que es y no fue, que sigue siendo pero que no queremos ver. O lo peor, que nuestro gobernantes no nos quieren mostrar.

“La lógica no estaba a su favor. Los incas tenían un ejército de cientos de miles de hombres entrenados en el uso de hondas y porras. Ciento ochenta aventureros españoles los derrotaron usando armas de fuego y el poder de la conspiración. ¿Es el fútbol un microscopio para observar en detalle las diferencias sociales? ¿Es el mejor deporte para comprender el mundo? ¿Pueden las distancias (tecnológicas, físicas y sociales) traducirse en el marcador de un partido? Cualquier comparación es tan peligrosa como anticipar el resultado de su juego. Once faldas enfrentarían a once faldas. Por ahora, esa parecía la única verdad”.

Así como el fútbol puede simbolizar la vida misma, los textos de Avilés van de historias particulares hacia lo general. Un perro pequeño, al que han bautizado Alan García, que corre detrás de su amo agricultor; una charla de un taxista con el cronista que termina en “¿Y los políticos? Igualito que siempre – responde el conductor –: robando”, otra donde un entrevistado, después de contar la vez que le robaron apenas una frazada, le dice: “A veces es mejor no tener nada (…). Los ladrones te roban cuando tienes algo para robar. La pobreza como escudo de defensa”.

¿Pero, al final, qué es un cholo? “Cholo significa mezclado, no blanco. Es un insulto en potencia. Cholo (indio, en Bolivia) de mierda, por ejemplo. (…) Cholo es un término ambiguo, salvaje, cargado de energía.”, define Avilés a esa palabra que muta dependiendo el lugar, pero que en el fondo contiene la misma carga de odio: el insulto.

De dónde venimos los cholos(Seix Barral, 2016) es un libro importante por el tema y muy rico por el fondo, por la calidad de los textos grandiosamente narrados. Un acercamiento a aquello que creemos olvidado, superado, así como los pueblos de los que poca gente ha escuchado y menos visitado, pero que continúan allí, con el mismo problema, con la misma calidad de vida. Avilés construyó un libro excéntrico y necesario para estos tiempos y para los que vienen.

Y yo lo tengo en piratita. Quizá consecuente con el mismo libro, no lo sé. Me conformo con creer que Avilés firmaría mi libro como lo haría con un original. Incomprobable. Pero al final de todo también soy un cholo/indio/negro/mestizo/etc. Compartimos el mismo pasado. Así como Bolivia y Perú. Así como, si lo pienso un poco más, Sudamérica entera. Raíces de un mismo árbol. Así como en la imagen de portada del libro: cachorros de la misma perra.


Por Rodrigo Villegas Rodríguez, escritor en (desin) formación y acariciador de perros callejeros. Tiene un gato.